Historia al azar: la experiencia del amor
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Laguna Estigia » Capítulo 4 (Primera Parte)
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Laguna Estigia (R13)
Por Parvati
Escrita el Domingo 1 de Agosto de 2004, 17:38
Actualizada el Martes 29 de Junio de 2010, 10:54
[ Más información ]

Capítulo 4 (Primera Parte)

Nota: La contestación de los reviews está... con los reviews xD Jo! Este sistema de ficts y reviews es fascinante... O.O *Cof* *Cof* Olviden la ironía de la frase XD

~*~

Título: Laguna Estigia

Autora: Parvati-Blossom

Resumen: Reto N° 7 de La Orden de las Mortífagas. Harry es el más destacado mortífago al servicio del Lord. Neville es el que se espera que venza a Voldemort y su protegido.

Rating: PG13

Género: Drama/Dark/Angst... o.O Tal vez algo de acción...

Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a J.K.Rowling, soy simplemente una admiradora del universo de Harry Potter... ¿Contentos? T.T

Advertencia: Tortura de personaje y les aviso que es estremecedora *se ve a Parv sonreír satisfecha*

~*~

I am the son and the heir of a shyness that is criminally vulgar.

I am the son and heir of nothing in particular.


~*~

Capítulo 4


Londres, 5 de Agosto de 2004
Horario: diez y cuarenta y cinco de la mañana.



Los suaves rayos del sol iluminaban con alegría aquel día, para muchos tétrico e interminable. Daba energías para levantarse con viveza e incentivaba los planes formulados para el día, a pesar del clima caótico que se respiraba en aquel tiempo.

No obstante, había dos personas que no compartían la calidez del hermoso día de verano, encerradas tras los muros de la Fortaleza y con luces artificiales como guía.


- Mi Lord.


Harry se levantó luego de la profunda reverencia, sintiendo los ojos escarlatas de Voldemort analizarle detalladamente al entrar en su despacho, al haber sido llamado minutos antes. Vio en ellos un brillo de sospecha y desconfianza, pero el joven Potter permaneció con el rostro inexpresivo y aguardando las indicaciones de su Señor. Había previsto que Él se enteraría de lo sucedido aquella misma noche... Aquel descontrol que había sufrido... Los elfos chismosos tendrían algo que ver, más las alarmas colocadas en la torre... Habría sentido la descarga de poder liberada.

Además, el orgullo que Filldeserp siempre solía demostrar en su postura y en el brillo de sus ojos escaseaba de sobremanera aquella mañana. La seguridad y la neutralidad de su expresión fallaba, aunque muy pocos llegarían a darse cuenta del minucioso cambio. Entre ellos estaba Voldemort, quien seguramente no estaría muy satisfecho con toda la situación.

Filldeserp suponía que era un efecto del alcohol que había tomado la noche anterior. Le había desequilibrado en totalidad. Tal vez no había sido la mejor manera de obrar, pero... Había sido la única forma de evadir el conflicto. Aún no entendía cómo había podido soñar con un recuerdo y por más que se justificara diciendo que había sido independiente de su decisión, había sido un fallo. Un fallo que de alguna forma retorcida le había desmoralizado.

Sus escudos no eran tan impenetrables como presumía...


- ¿Qué sucedió anoche, Filldeserp? – Preguntó Voldemort, entrecerrando los ojos. Harry no respondió. No había respuesta para eso, y además... sabía que su Señor ya estaba al tanto de todas las circunstancias. – Tal vez estabas demasiado acostumbrado a las misiones pasivas y perdiste la práctica y el ritmo... – Acusación en su voz.
- No es eso, mi Lord, yo...
- Creo – Le interrumpió Voldemort, anticipando la excusa que Harry iba a exponer. – que te había enseñado muy bien a controlarte en toda clase de situaciones que se te pudieran presentar, Filldeserp. ¿O acaso esos patéticos aurores te afectaron?


Harry le mantuvo la mirada con determinación, intentando no revelar la verdad oculta tras ellos. Sólo él y el Dark Lord estaban presentes en el despacho, y Harry lo agradecía. Sabía que aquella falla tendría serias consecuencias y no quería ser humillado enfrente de ellos, los inútiles mortífagos... Aún podía recobrarse, corregir el error...

Los aurores no le habían afectado. Nada en el ataque le había afectado. ¡No había una causa para aquel descontrol y eso era lo peor! No sabía de dónde provenía, no podía eliminarle...


- No puedo permitir que mi heredero tenga debilidades, mucho menos emocionales... – Voldemort sacó la varita del bolsillo de su túnica en actitud amenazante y le observó fijamente. – Debes volver a aprender las Leyes, Harry. Me encargaré personalmente de ello.


Sin más, la varita se transmutó en un látigo de cuero crudo, que tantas veces Harry había visto utilizar en las torturas... él recientemente lo había empleado y sabía el efecto intenso que tenía sobre sus víctimas. Ante esto, todo su cuerpo estaba a la expectativa, sabiendo lo que vendría y creyendo que podría afrontarlo. Era necesario... Tom tenía razón... Su organismo no debía permitir esa vulnerabilidad; tenía que rechazarla y exterminarla. Tenía que aprender. ¡Todo eso había resultado ser básico!

Voldemort agitó el látigo, rajando el tenso silencio que se había conformado. Los músculos de Harry se contrajeron en anticipación ante el sonido. Vio el brillo maniático de aquellos luceros escarlatas que pertenecían al Innombrable... Todo aquello quería causar en él nerviosismo, pero años anteriores había estado en situaciones parecidas... En misiones mucho peores que esa. Los beneficios eran obvios: su rostro estaba impasible y ningún pensamiento atravesaba su mente.

De la nada, unas cadenas metálicas aprisionaron sus muñecas blanquecinas y sintió su piel quemarse al contacto del metal dúctil, maleable y tenaz. Cuanto más intentaba resistirse a aquel dolor, mayor era su intensidad... Por más que intentara una y otra vez desprenderse de aquellas esposas, nada aminoraba la tortura... Estaba ligado a esa tortura y no podría huir. Y el ardor le recordaba su propio desamparo en el pasado; no había lugar para la impotencia y el lamento.

Sorpresivamente, su cuerpo se convulsionó cuando un extremo dolor invadió sus pies. Apretó los labios con fuerza y se mordió la lengua para no gritar cuando se dio cuenta de lo que sucedía; espeluznantes clavos habían perforado sus pies, el soporte de su equilibrio. Nunca pensó que aquella técnica de escarmiento pudiera causar tanto caos, tanto sufrimiento... La sensación de ser penetrado lentamente, de perder toda clase de sustento y sentirse desfallecer... Sin poder evitarlo.

Todo se tornó oscuridad a su alrededor. Lo único que sentía era dolor... un profundo dolor en lo más profundo de su ser, no sólo físico. Olía el aroma de su sangre, que manchaba indiscriminadamente sus ropas, la piel de sus muñecas ardiendo... Esas fragancias mezcladas eran realmente nauseabundas. Voces incoherentes hablaban en su mente, decían cosas que no era capaz de entender, cosas demasiado lejanas para afectarle... Imágenes viajaban y mostraban otras realidades, paralelas a la existente. Todo era absurdo y agonizante.

Cuando había empezado a pensar que el escarmiento no podía empeorar, latigazos surcaron su pecho, desgarrando su elegante túnica en el acto. Mordió su lengua con mayor impulso, buscando fuerzas donde no tenía para no enflaquecer, y el gusto a sangre fresca irrumpió en su boca al instante.

Luego le siguieron impiadosos golpes a sus hombros y espalda, dejándole totalmente desprotegido y derrotado. Su piel se desgarró y sintió el infierno mismo habitar en su cuerpo. La daga recorría sus superficiales heridas, abriéndolas aún más y haciéndolas flamear. Frialdad y Calidez centradas en el mismo punto. Piel y Sangre.

Pero en ningún momento gritó; de su boca no salió ningún sonido que mostrara el sufrimiento que zarandeaba su cuerpo. No razonaba lo que sucedía, sólo sentía... un sentimiento puro y plañidero. La Nada y el Todo estaban fusionados en su mente en ese momento. Nada tenía sentido... Nada.

Extrañamente, la agonía que sacudía sus muñecas empezó a menguar, mientras que los clavos, que le atravesaban, retrocedieron con cautela. Lo único que continuaba eran los punzantes latigazos. Percibía la agitada y persistente respiración del Dark Lord sobre sí, que parecía estar utilizando todas sus energías en esa ofensiva, en provocarle tal dolor que nunca volviera a repetir ese error o cualquier otro. Podría decirse que le estaba Educando, que le estaba recordando qué posición ocupaba en su elite y las responsabilidades que eso conllevaba.

Se hizo una inquietante pausa. Los minutos pasaban, pero él no se percataba. Harry no tuvo la valentía para abrir los ojos, mucho menos para elevarlos del suelo. Su cabeza estaba gacha y todo él se estremecía sin cesar. No podía controlar las reacciones de su cuerpo, era inevitable.


- Rememora esto cada vez que estés desobedeciéndome, Filldeserp.


Escasas y amargas lágrimas brotaron de sus ojos, fuertemente cerrados. La única esencia real de su dolor, la única debilidad que demostró... Y que apenas Voldemort pudo divisar. Escupió la sangre de su boca y tosió unos segundos más. Fue lo único que Voldemort le permitió hacer antes del gran golpe final.

El golpe de la Realidad.


En un pestañeo, todo se desvaneció. Estaba en la misma sala, en el mismo momento... Sólo que en diferente situación.

Cayó al suelo, de rodillas, cuando perdió el equilibrio al dejar de percibir las cadenas imaginarias que le ataban y le mantenían de pie. Alzó sus ojos para fijarlos en los de Voldemort, quien le observaba impasible, aunque se notaba cierta sensación de insidia en él. Las ropas de Harry estaban intactas, su piel estaba tan pálida e íntegra como siempre y no había sangre ni en el suelo, ni en su cuerpo ni en las vestiduras de su Señor... Ningún signo de que hubiera habido tortura en ese despacho.

No tardó en comprender lo que había sucedido y se dio cuenta de que eso era aún peor que el daño físico que el Dark Lord podría haberle hecho; era la sensación de no saber qué era verdad y qué mentira, de volver a ser engañado y... el Caos. Esa sensación de vértigo que le invadía cada vez que se sentía perdido en una dimensión... Una dimensión que no existía.

Había sido todo un juego mental. Un juego donde toda la tortura que se había desarrollado no existía en la realidad y había sido manipulado por el Dark Lord. Seguramente toda la farsa había empezado cuando miró directamente a los ojos de Voldemort; allí éste aplicó las técnicas ilusorias causadas por el contacto visual... El dolor, la angustia y la desesperación fueron reales... pero no las heridas, ni las cadenas, ni los clavos ni los latigazos...

Voldemort caminó hacia él y se inclinó para que sus ojos estuvieran a la misma altura. Le tomó de la barbilla posesivamente, rebuscando en el brillo de su mirada algo insólito. Sonrió satisfactoriamente al no encontrarlo.

- Como verás, Harry... El poder de la hipnosis y la confusión son lucrativos en esta clase de torturas. – Dijo Voldemort.

Harry se estremeció por el efecto secundario de la tortura y cerró los ojos con fuerza, para suprimir futuras convulsiones.

- No sólo para aplicarlas, sino también para saber detectarlas y eliminarlas. Por muy buena Oclumancia que poseas... Tu mente es débil ante estas torturas por desconocer de sus características. – Hizo una pausa. – Tienes que mejorar, Harry. Esos recuerdos que tienes sobre tus épocas de Hogwarts son consecuencia de añoranzas tan profundas, que ni siquiera sabes que existen.

Los ojos verdes del joven se ensancharon, pasmados al escuchar sus palabras. ¿Cómo podía su Lord saber respecto a ese sueño, que había guardado bajo tantas barreras mentales...?

- Tu mente quedó totalmente vulnerable durante la tortura, así que pude revisar... – Explicó Voldemort, sospechando cuál era el pensamiento de Harry. – Espero que esta tortura te ayude a recapacitar y a suprimir toda clase de remordimientos, Filldeserp, o la repetiré cuantas veces sea necesario... Hasta llegar al punto de realizarla.

Harry asintió en silencio, con la mente dándole vueltas ante la información recibida y el aturdimiento de su organismo ante el escarmiento que había tenido que soportar. Lo último que llegó a ver antes de que su visión se nublara y perdiera totalmente el conocimiento de la realidad fue como los brazos de Voldemort le rodeaban paternalmente, no permitiéndole caer de bruces al suelo y sosteniéndole con firmeza.


***


Londres, 7 de Agosto de 2004
Horario: nueve y diez de la noche.



Ronald Weasley ingresó silenciosamente en el apartamento que compartía con su compañero de trabajo, Neville Longbottom. Prendió las luces y cerró la puerta con cautela, sin producir ningún sonido. Contempló la sala pensativamente mientras caminaba con tranquilidad por ella. Era sencilla y sin muchos lujos, a causa de las constantes mudanzas que se producían mensualmente. Había un gran ventanal en una de las paredes a su derecha, que poseía una perfecta vista a una de las avenidas principales de Londres, por donde miles de automóviles muggles pasaban diariamente.

Se sentó en un cómodo sillón carmesí y suspiró con nostalgia, al recordar una fecha que se avecinaba lánguidamente. 9 de Agosto... Un día que en cada año traía recuerdos, culpas, arrepentimientos y... silencios que no deberían efectuarse. Hacía siete años había cometido el único crimen de su vida; un crimen del cual nadie sabía que era culpable... Y seguiría siendo así, ya que de otra forma, si declarara, perdería la confianza y el cariño de Herm y de Neville, el soporte de la Orden y la libertad... Él nunca había querido hacerlo, pero... Se convirtió involuntariamente en otro Peter Pettigrew, en otro cobarde y traidor...

Pero en aquel momento, en el que se le preguntó por la vida o la muerte... Eligió la vida, condenando a otras dos con ese acto. Prefirió su propio pellejo antes de arriesgarse a perder todo por aquellos a los cuales quería. Había sido un error de adolescente... Pensó que por fin se valía por sí mismo, que lo que sucedía era mérito propio... Sin embargo, ahora que lo pensaba con detenimiento... Nunca fue por él. Nunca le amenazaron porque fuera Ronald Weasley. No, lo hicieron porque él había sido el mejor amigo de Harry Potter y era otra forma de... otra forma de sublevarlo. De hacerle caer y desesperanzarse.

Y definitivamente lo obtuvieron.


*-* Flash Back*-*

Londres, 8 de Agosto de 1997


Era una hermosa y tranquila tarde de verano, lástima que ellos no pudieran disfrutarla jugando al Quidditch al aire libre, con aquella fresca brisa azotándolos en los rostros. Encerrados en el cuartel general de la Orden, ni siquiera podían ir a pasear al Callejón Diagon, porque se encontraban en tiempos de brutal guerra, donde nunca se sabía cuándo ni dónde sería el próximo ataque... Había pánico a salir y a no volver nunca más. Cada adiós que se pronunciaba escondía tras de sí el miedo de que fuera la última ocasión que pudieras decirles a tus seres queridos cuánto los amabas. Muchos preferían no hacerlo, sin saber lo que perdían con ello.

En esos momentos, él se hallaba en su habitación compartida con Harry, desde hacía ya tres años. No podía creer la rapidez con la cual los años habían transcurrido. Ahora tenía diecisiete años y cursaría su último año en Hogwarts, para luego dedicarse a su profesión de auror. Cuánto habían cambiado las cosas... Creía haber madurado y progresado. Pensaba que tenía un futuro y que había encontrado por fin su lugar.

Mientras veía a Harry, tendido sobre su cama, leyendo un libro de Defensa Contra las Artes Oscuras que había comprado vía lechuza días anteriores, entró Herm en la habitación, sin ni siquiera preocuparse en llamar antes. Su rostro brillaba en felicidad y expectativa, con tres gruesas cartas en su mano derecha, la cual sacudía en el aire.


- ¡Llegaron los resultados de los exámenes! – Exclamó, como si dijera que Voldemort había sido destruido finalmente.
- ¡Qué emoción! – Dijo Ron sarcásticamente. Sin embargo, Harry cerró su libro al instante y se enderezó con interés.


Cuántas cosas habían cambiado...

Hermione repartió las cartas a sus correspondientes destinatarios y se sentó en la cama de Harry, al lado de él, para abrir su propio sobre. Al leer su contenido, una sonrisa de pura alegría y orgullo se formó en su bello rostro y no pudo evitar abrazar a Harry entre su emoción. Él rió suavemente ante su reacción y rompió el abrazo segundos después, para terminar de leer su correspondencia.

- Aprobé todas las materias. – Dijo Ron, aunque su rostro estaba demostrando cierta decepción. – Defensa y Encantamientos con Extraordinario, pero nuevamente he bajado el nivel en Pociones y Transformaciones. Tendré que esforzarme mucho para conseguir sitio en la Academia...
- Te ayudaré. – Se ofreció Hermione bondadosamente.
- Seguro que has sacado todo Extraordinario... – Murmuró Ron, con amarga burla. Ella negó con la cabeza.
- En Herbología he sacado un Aceptable... Lo mismo me ha sucedido con Astronomía... – Ron le miró auténticamente sorprendido.
- ¡Imposible! ¿A ti qué tal te ha ido, Harry? – Preguntó, desviando por primera vez su atención a su amigo, que había vuelto a agarrar el libro de Defensa.


Harry sonrió con entera suficiencia y satisfacción, señalándole a Hermione y a Ron la carta para que ellos mismos la leyeran. La joven fue más rápida que el pelirrojo y fue la primera en leerla, sin poder creer lo que veía. Su estupefacción fue correspondida por Ron, quien se quedó mirando a Harry boquiabierto.

- ¡¿Extraordinario en todo?! – Soltó Ron, lleno de envidia e incredulidad.
- Ajá. – Dijo Harry, como si fuera lo de menos.
- ¡Es grandioso, Harry! – Se apuró a decir Hermione, antes que Ron soltara algún otro comentario.


Granger volteó la carta tras ver que seguía. No se trataba de ninguna calificación extraviada ni ningún comentario de los directivos del colegio respecto a la perfección del alumno de Gryffindor, sino más bien le anunciaban su ascenso a Premio Anual, otorgado por los méritos académicos y morales a lo largo de sus seis años en Hogwarts y sus resultados en los últimos exámenes. Hermione no pudo evitar desilusionarse, al sentir que su deseo por tal mérito fue usurpado, y encima por uno de sus mejores amigos. No obstante, se alegraba por Harry: realmente lo merecía. No era tonta para no haber notado el esfuerzo y la atención que su amigo había comenzado a dedicarle a los estudios.

Por otra parte, seguramente Ron diría que no sólo había sido por eso, sino también porque él era Harry Potter y que contra él nunca nadie podría competir... Era el favorito de Dumbledore y el héroe idolatrado de la Comunidad Mágica...


- ¡Eres Premio Anual, Harry! Eso es excelente, te felicito. – Sonrió ella, algo forzosamente... Pero lo hizo. En cambio, los ojos de Ron demostraban su furia ante tal acontecimiento.
- Gracias, Hermione. – Contestó Harry, sin darle mucha importancia.


Continuaron hablando un rato más, aunque el trato fue frío y distante comparado con lo que había sido años anteriores su amistad. Desde hacía meses que Harry no les prestaba demasiada atención, y Ron había comenzado a apreciar otras amistades en vez de la del Niño que Vivió. Hermione no estaba segura qué había sido lo que había ocasionado tal acontecimiento, simplemente... ocurrió. Las lejanías habían deteriorado al trío, que en ese verano se había visto obligado a volver a verse las caras a todas horas. Hermione intentaba recomponer la amistad entre los tres, pero siendo ella la única que parecía querer que eso sucediera... Sus esfuerzos eran en vano.

Esa noche cenaron con el resto de los miembros de la Orden del Fénix, a la cual pertenecían desde finales del curso pasado. Si bien no acudían a todas las reuniones ni estaban al tanto de todos los conocimientos que los miembros adultos de la misma manejaban, por lo menos estaban al tanto de la situación. Cabía decir que ante esto, Ron y Hermione estaban emocionados y agradecidos, pero Harry se mostraba indiferente para la extrañeza de todos y sospechas de algunos.

Así que Ron se halló solo aquella noche, acostado sobre su cama y contemplando el techo absortadamente. Harry debía estar vagando por los corredores de la casa, como solía hacer todas las noches hasta que decidía irse a dormir. Al fin de cuentas, la casa le pertenecía por ley desde que Sirius había muerto. No sólo la casa, sino una gran parte de la fortuna de los Black.

Fue entonces cuando algo insólito ocurrió. Una lechuza entró por la ventana, situada en lo alto de la habitación, y se dirigió hacia él. Ron la observó desconfiadamente, ya que nunca la había visto en el pasado. Era de pelaje completamente negro y ojos del mismo color. Traía una postal consigo. Lo raro de toda la situación era que la Orden solía revisar todo el correo entrante a los Cuarteles y se los daba en mano... Uhm... ¿Qué peligro podría llegar a haber? De seguro era alguna carta de Neville...

Tomó la postal y de inmediato, la lechuza emprendió vuelo y salió de la sala. Ron no pudo sentirse más confundido en ese momento. Observó la postal detalladamente, la abrió con cuidado, hasta encontrarse con un pergamino en blanco. Lo agarró y examinó detenidamente, pero no había nada escrito en él. Sacó la varita de su bolsillo y aplicó algunos hechizos reveladores de tinta invisible, pero tampoco funcionó. Por unos segundos, desconfió... Pero asombrado de sobremanera, decidió que era meramente un papel insignificante y lo quemó con un toque de varita, sin saber que eso era lo peor que podía hacer.

Se recostó nuevamente en la cama y sin más, se durmió.


***

Caminaba por los acostumbrados pasillos de Hogwarts, con la vista fija en el frente. La gente que pasaba a su lado ni siquiera le observaba y mucho menos le dirigía la palabra. Continuó su camino hasta llegar al Gran Comedor. Chocó con varias personas, aunque ninguna hizo ningún gesto de disculpa o enojo, sencillamente se reincorporaban del choque y seguían. Sin Mirarle. Como sino existiera...

Corrió hacia la mesa de Gryffindor, donde divisó a Hermione y Neville almorzando felizmente, comentando algo sobre un próximo examen de Defensa. Intentó hablarles, pero de su boca no salió ningún sonido. Probó varias veces, obteniendo el mismo resultado: mutismo. Entonces, decidió llamar la atención de Neville, golpeándolo suavemente en el hombro. Si no podía emitir ruido, el tacto debería funcionar... Sin embargo su amigo ni se inmutó. Movió su mano enfrente de los ojos de Hermione, pero ella le ignoró... o no le vio.

Retrocedió unos pasos, sintiendo la desesperación nacer en el fondo de su alma. Era invisible e incorpóreo para los demás... No le escuchaban, ni le sentían. Era Nadie. Nadie en aquel mundo. Ninguna persona parecía estar preocupada por su ausencia...

Comenzó a correr hacia la salida, impulsado por su percepción. Esquivó a las personas, porque al no distinguirle, todos tropezaban con él, pero el golpe no les afectaba. En cambio, a él sí. Llegó a los terrenos, donde las voces y risas alegres no menguaron, sino que aumentaron su intensidad. Corrió y corrió, hasta llegar a orillas del lago. Se arrimó a éste, pensando que tal vez podría ver su reflejo allí. No obstante, el agua no reflejó nada diferente a lo de antes.

Se sintió desfallecer. No tenía sentido seguir allí... Si absolutamente nadie le advertía. Estaba perdido, solo y... Alterado. No podía creer lo que veía, lo que razonaba, lo que sucedía...

Dejó que su instinto le guiara, no tenía nada que perder... No sabía qué hacer, ni le interesaba saber para qué le conducía su cuerpo a la orilla opuesta. Sólo supo que la velocidad de sus pasos incrementó para sitiar al lago rápidamente.

Pero tan desatento iba que no vio el obstáculo que apareció en su camino. Una piedra grande y filosa, que le hizo caer de repente al suelo, dándose un buen golpe que le aturdió por completo. Sintió un ardor en su mejilla derecha y se llevó la mano allí; las yemas de sus dedos se mancharon de sangre fresca.

Inconscientemente desvió sus ojos a la superficie del lago, donde su reflejo se asomó sorprendentemente. No era una imagen muy esperanzadora. Su rostro parecía estar más ojeroso y afligido, sus ojos azules profundos estaban más tristes y sus pecas no lucían tan simpáticas como solían ser. Su cabello caía sobre su cara sin gracia... sin vida.

Una sombra lo cubrió. A través del reflejo en el agua, vio como un ser desconocido estaba detrás de él. Éste sacó una daga de su túnica y tomó impulso para atravesarle con ella. Ron intentó voltearse y defenderse, pero su cuerpo no captó la orden de su agobiado cerebro. Sólo atinó a cerrar los ojos y esperar hasta que el puñal le dañara, en un gesto cobarde y desolador.

Sin embargo el golpe letal nunca llegó. Aguardó en vano, hasta que tuvo la valentía suficiente como para abrir los ojos y ver qué pasaba. Se halló en un escenario desemejante, donde las tinieblas abundaban y le rodeaban, sin dejarle escapatoria posible. Ahora más que nunca percibió la soledad, el dolor, la angustia... La desesperanza... Dentro y fuera de su corazón... La prisión que la Oscuridad ejercía sobre él. A penas podía moverse; sentía que se sofocaba porque el oxígeno que le brindaba la vida naturalmente escaseaba en aquel lugar.

Fue entonces que una voz maléfica resonó en su mente.


- Tú eres el siguiente, Ronald Weasley. Elige qué quieres: vivir o morir. Vivir requiere de sacrificios... Sólo te pediré que cumplas un mandato mío y perdonaré tu impertinencia. De otra forma, la muerte te perseguirá...



Despertó, completamente asustado y desatinado. Su respiración estaba bastante agitada y un frío sudor cubría su frente. Hacía mucho tiempo que no tenía esa clase de pesadillas donde, cuando se levantaba, estaba temblando involuntariamente. Además, nunca se había sentido tan confundido y desorientado...

Observó a su alrededor para verificar que se encontraba en la habitación de los Cuarteles. Del lado opuesto se hallaba Harry, descansando plácidamente, sin ninguna pesadilla acosándolo al parecer. Ahora entendía cómo se sentía su amigo cada vez que sueños que aparentaban ser tan reales le atacaban. No había equilibrio entre la realidad y la fantasía.

Igualmente, sabía que todo había sido producto de su imaginación. Seguramente era un deseo de su inconciente, de querer ser parte de la acción y no un personaje secundario.

Se incorporó lentamente de la cama y se dirigió al baño, para enjuagarse la cara e intentar revivir su espíritu. Resultó en vano y, al alzar la vista hacia el espejo, vio allí su imagen. Tuvo que aferrarse al mueble más cercano para no caer al suelo de la terrible impresión que le dio.

Había un corte profundo en su mejilla derecha...

¿Había...? ¿Había sido real... o mientras dormía, se había cortado inconscientemente con algún objeto?


***


Londres, 9 de Agosto de 1997

- Ey, Ron, ¿cómo te hiciste ese corte? Tiene un aspecto bastante feo... ¿Ron, me estás escuchando...?

Estaban desayunando junto algunos miembros de la Orden. Hermione le observaba con leve preocupación, pero él no despegaba su mirada de su plato de comida, absorto en sus pensamientos. Estaba más pálido que de costumbre y lucía desanimado mientras revolvía su desayuno, sin probar bocado. El corte en la mejilla había cicatrizado con auténtica rapidez, aunque ese sector de su piel estuviera más oscuro.

No lograba quitarse de la mente el maldito sueño. Las últimas palabras que le habían dado por concluido resonaban aún en su mente, una y otra vez... Como exigiéndole que se decidiera e hiciera lo que aún no se le había pedido. Su estómago estaba contraído en el miedo y la culpabilidad. No sabía a qué se debía el último, pero...

- Buen día.

Harry entró en ese momento a la cocina. Todos los presentes le sonrieron y contestaron su saludo, a la vez que la señora Weasley le entregaba su desayuno, que Harry agradeció con una inclinación de la cabeza. Se sentó enfrente de Ron y éste vio que lucía muchísimo mejor que días anteriores. Parecía más feliz... O complacido, tal vez...

Le irritaba mucho como todos parecían respetar a Harry y como el mundo se detenía cuando aparecía. Si antes había logrado que Hermione se preocupara por él, ahora lo daba por perdido. Todos felicitaban a Harry constantemente por haber conseguido ser Premio Anual, sobre todo Remus. Les parecía sorprendente como el muchacho parecía haberse repuesto de la muerte de su padrino y mejoraba cada día más sus habilidades. Todo eso le parecía muy suspicaz a Ron, quien intentaba mantenerse lo más distante posible del asunto.

A su lado, Remus y Tonks conversaban sobre temas del ministerio, mientras que en la punta de la mesa, Mundungus intercambiaba opiniones con Arthur sobre los calderos confeccionados en la actualidad. Hermione ahora escuchaba con atención una explicación que Harry le estaba brindando sobre uno de los puntos de sus deberes de Historia de la Magia. A Ron le pareció sorprendente como Hermione había olvidado de repente su curiosidad respecto a la herida en la mejilla. Casi le parecía estar reviviendo el sueño, al ver que ni Harry ni Hermione le prestaban atención.

En ese preciso instante, los ojos esmeraldas de Potter se desviaron en su dirección y le miraron durante escasos instantes, inspirando cierta arrogancia. Ron frunció el entrecejo; le daba la impresión con esa ojeada de que Harry sabía algo que él no. Una ligera sospecha se formó en su mente. ¿Estaría relacionado con el sueño...? ¿Por qué Potter estaba tan complacido esa mañana?

Le gustaría que todo fuera como antes... Que Harry fuera su mejor amigo, aquel con el que pudiera pasar agradables momentos y se divirtiera, con quien podría contar cada vez que tuviera algún conflicto y siempre de alguna forma... todo se volviera a iluminar. Pero esos tiempos formaban parte de un pasado atascado en el tiempo. Ya no podía confiar en Harry, porque ya no era el mismo de antes. Ahora parecía ser una versión de Hermione masculino, todo el tiempo leyendo y hablando tan políticamente. Y aún peor. Frío y reservado. Hasta tal vez, cuando estaba de malhumor, irónico. Y ese Harry ya no era compatible con Ron.

Diablos. Tampoco podía escribirle a Neville... La Orden a duras penas le dejaba comunicarse con él, por la posibilidad de que el correo fuera interceptado. Suspiró. Tampoco quería hablar de su sueño con Hermione, pero necesitaba a alguien... Alguien con el cual descargar sus sospechas. Observó los rostros de los miembros de la Orden. No. Ellos no eran lo que requería.

- ¿Has terminado de desayunar, Ron?
- ¿Ah? – Volvió a la realidad. Hermione le hablaba desde la puerta de la cocina. A su lado estaba Harry.
- Con Harry, nos vamos a la biblioteca. ¿Nos vemos allí?

Sin darle tiempo a responder, el dúo salió de la sala, desinteresado en lo que él tuviera que decirles.

***

Maldijo a Snape por décima quinta vez en tres minutos. No lograba concentrarse y el condenado profesor de pociones les había enviado toneladas de deberes, que contenían complejos ejercicios que en aquel momento de confusión se le hacían imposibles de resolver. Necesitaba terminar pronto con esa parte de los deberes o sino se pasaría el resto del verano haciéndolos.

Hermione parecía estar ocupada con sus propios problemas en los deberes de Herbología y Harry se encontraba a pocos metros de él, leyendo tranquilamente un libro de Transformaciones avanzadas. Podría haber acudido a él, preguntarle sus dudas y todo estaría resuelto. Pero su orgullo podía más y no quería que los demás dijeran que el joven Potter sabía y podía más que él. ¡Eso no era cierto!

Golpeó con fuerza el libro de pociones con el puño de su mano izquierda. Su frustración era inmensa y odiaba sentirse ignorante e inhábil. Respiró hondo, procurando controlar su temperamento... Sin conseguirlo una vez más. No importaba cuantas veces la gente le advirtiera: su inclinación por reaccionar antes de pensar seguía siendo indomable y no había nada que pudiera hacer.

Cerró los ojos y en pocos segundos, sin proponérselo, ingresó en un estado de ensoñación. Entre todo el lío de ideas y pensamientos, sólo una frase era la líder: Nada Importaba Ya. Toda emoción se dispersó de su alma cuando logró que la realidad perdiera sentido y dejó de sentir su cuerpo por alguna extraña razón. Liberó toda clase de tensión y malhumor. Simplemente, se dejó llevar y dominar por aquella estupefacta paz.

Su respiración se armonizó con los aromas paradójicos del ambiente. Sonidos insólitos zumbaron en sus oídos mientras una brisa fresca parecía suspirar sobre su rostro.


- Tienes diez horas para decidirte, Weasley.


Ron, al estar tan fuera de la realidad, le costó comprender a lo que la ignota voz se refería. Pero pronto lo descifró. Sin embargo, no sabía de dónde provenían esas palabras. ¿Estaban grabadas en su mente o alguien, cerca de él, las estaba pronunciando? No sabía, no encontraba el orden a las circunstancias.

- Si aceptas, dirígete hoy a la medianoche a Regent’s Park, con tu varita y obviamente, sin avisarle a nadie. Sino aceptas, simplemente prepárate, porque tus días estarán contados.


La sensación de ensueño desapareció en ese momento. Pestañeó varias veces, hasta reconocer la biblioteca de los Cuarteles; el libro de pociones estaba abierto enfrente de él, pero lo omitió por completo. El pánico le irrumpía y escuchaba su propia respiración, siendo dificultosamente elaborada. Se puso de pie y observó sus manos, que temblaban ligeramente. Las horrorosas palabras silbaban en su mente como una sentencia.

Tenía que elegir. Blanco o negro. No había ninguna clase de gris en las opciones. Por fin, después de tanto tiempo... tenía el poder sobre su propio destino. No sabía si eso le alegraba ahora. ¿Por qué mejor no le avisaba a la Orden de lo que le estaba sucediendo? ¿Le creerían? ¿Qué pasaría? ¿Quién era el que le estaba intimidando?

Si la Orden había creído tantas veces en los sueños de Harry, ¿por qué no en él? No obstante... Repensó la idea. Él no era el Niño que Vivió. Él no tenía ninguna clase de conexión con Voldemort. Él no era un factor importante en la Guerra Mágica. ¿Por qué alguien debería amenazarle? ¿Cuánto podría llegar a valer su vida ante los ojos de la Orden? Tal vez el sueño había sido una ilusión de él y aquella voz era una secuela de su obsesión...

Si ni siquiera él mismo se creía, ¿cómo podría presentarse ante la Orden? Si todo llegaba a ser mentira, quedaría como un idiota ante los ojos de todos. Un adolescente que quería llamar la atención y que encima, ponía en riesgo la vida de tantos con esas fantasías...

Era un hecho. Debía acudir a Regent’s Park y comprobar cuál era la verdad. Y si el caso se daba, quién estaba detrás de su vida y por qué.

- Ron, ¿estás bien? – Preguntó Hermione. Miró a su alrededor para encontrarse con el entrecejo fruncido de Hermione y una sonrisa altiva de Harry.
- Sí, no sé porqué lo preguntas. – Mintió descaradamente mientras cerraba el libro de pociones y guardaba sus pergaminos. – Todo está perfectamente.

Hermione quiso replicar, pero Ron no le dio tiempo y salió de la biblioteca, desinteresado en lo que ella tuviera que decirle; exactamente la misma manera que habían usado Granger y Potter a la mañana.

***

Se aseguró de que su varita mágica estuviera perfectamente colocada en su cinturón. Volvió a verse en el espejo una vez más, para asesorarse de que todo estuviera en su respectivo lugar. Vestía ropas muggles para no llamar la atención, a pesar de que a medianoche estaba convencido de que nadie podría divisarle en aquel parque, al cual sólo había acudido una vez. No lo recordaba muy bien, ya que esa visita había sido cuando era un infante y... no había nada interesante que conmemorar.

Nunca más había vuelto a ir y tampoco era lo mejor en aquellos tiempos de guerra. Si se ponía a pensarlo con más detenimiento, no debería acudir a la cita. Era demasiado arriesgado. Sin embargo, esa era su oportunidad. Había utilizado las horas que habían restado entre su decisión y las doce de la noche para averiguar dónde estaba el parque, cómo podía llegar fácilmente y qué haría para que nadie se percatara de su ausencia. Sobre todo Harry, ya que él era el único que a esa hora podría indagarse dónde estaba al ver su cama desocupada.

¿Cuánta mala suerte podría tener? Potter no se preocuparía por él y si lo hacía, simplemente estropearía todo. Como medida de prevención, se ingenió con un par de hechizos para fingir que estaba durmiendo, cuando en realidad sólo estaba dejando una réplica de sí mismo en Grimmauld Place. Ya había cumplido los diecisiete años: podía hacer cuánta mala quisiera sin que el Ministerio le recriminara nada.

Salió de la habitación sigilosamente. Descendió las escaleras que, según su opinión, eran las más crujientes que había visto en su vida. Tuvo que estudiar en qué lugar exacto pisar para no producir más ruido del adecuado y eso era una misión imposible. No obstante, cuando finalmente llegó al hall, tuvo que rectificarse. Era aún más imposible que nadie le viera, cuando en la cocina se hallaban congregados miembros de la Orden del Fénix, en una reunión clandestina dedicada a asuntos que a ellos, como jóvenes, no les incumbía directamente. Escuchaba las diferentes voces discutiendo y se estremeció.

Si todo salía bien, volvería antes de que cualquiera de todos ellos se diera cuenta de su escapada. Pero, ¿y sino volvía a tiempo? ¿Qué sucedería entonces?

No quiso pensar en las consecuencias de sus actos y sacó del bolsillo de su pantalón la bolsita que contenía los polvos flu. Se encaminó hacia la chimenea y arrojó algunos al fuego. Suspiró con lentitud, procurando mentalizarse en lo que iba a hacer. Iba a abandonar la seguridad de la Orden, de Dumbledore... Sólo para averiguar el por qué y quién le estaba amenazando. ¿Cómo podía estar tan seguro que valía la pena arriesgarse de esa forma?

Sólo le quedaba una manera de saberlo y esa misma era ir, sin acobardarse, al encuentro. Ron murmuró su destino e instantáneamente desapareció de los Cuarteles de la Orden, sin percatarse que fríos ojos verdes habían estado contemplando cada movimiento suyo desde un rincón aislado de la habitación.


Regent's Park, situado al norte del West End, incluía una retícula urbana clasicista y grandes terrazas residenciales; estaba rodeado de elegantes edificios en el que se encontraba el Zoological Gardens (el Zoológico de Londres.) Abarcaba unas cuantas manzanas y Ron se sorprendió ante la magnitud de la visión. No esperaba encontrarse en un lugar tan grande y particular, que no se asimilaba para nada a su imagen mental del mismo.

Para llegar al lugar había tenido que hacer escala en el Caldero Chorreante, donde había tenido que moverse con mucha precaución, ya que no era actualmente el mejor lugar para estar a las noches. Sin embargo, no había podido evitarlo. Era el único lugar que conocía que estaba conectado con la Red Flu. De allí tomó el Autobús Noctámbulo, que le condujo inmediatamente.


Recién en ese momento se cuestionó cómo iba a encontrar a su acechador en semejante lugar, además teniendo en cuenta que no tenía ninguna pista de su apariencia física. Miró su reloj de muñeca y descubrió que se había presentado minutos antes de lo acordado. No sabía si eso le daba ventaja alguna.

Caminó para adentrarse en el parque. Se detuvo frente a un alto farol que iluminaba la zona. Grandes árboles le rodeaban a los lados. De haber sido de día, hubiera agradecido la agradable sombra que ellos podrían haberle brindado, no obstante sólo le produjeron cierto temor. Era como estar cercado y oscurecido.

Volviendo al tema de importancia... ¿cómo encontraría a su acechador?

- No es tu misión encontrarme, sino la mía. – Contestó una voz masculina detrás de él.


Ron se giró ciento ochenta grados para encontrarse con un individuo encapuchado. Su rostro no estaba dentro de su campo de visión. Pero analizando la postura de su cuerpo, Ron pudo adivinar la arrogancia y seguridad que demostraba. Podría haberse burlado, sin embargo, estando él en desventaja, le causó una terrible vacilación. Sin saber a qué, sintió miedo y debilidad.


- Son los débiles como tú los que me dan asco, pero que son extremadamente útiles en situaciones como éstas.


El pelirrojo no tuvo tiempo para enojarse ante aquella subestimación. El hombre caminó los pasos que le separaban de Ron y éste finalmente pudo apreciar sus facciones, sólo para seguirle causando terror ante lo que vio: un pálido rostro, cubierto de frialdad, con poderosos ojos escarlatas. Esos ojos que nunca había visto, pero de los que sí había escuchado hablar. Y ninguno de esos comentarios había sido mentira.

Eran ojos que consumían todo clase de valentía o rebelión que podrías haber logrado tener; ojos que reflejaban una hambrienta ambición, un deseo interminable de venganza y corrupción. Brillaban de poder, de auténtico poder, que nunca antes había observado en nadie. Ni siquiera los simpáticos ojos azules de Dumbledore podrían haber inspirado tanto en ese pequeñísimo instante...

Sintió pánico. Puro pánico. Retrocedió unos pasos, sin querer darle crédito a lo que veían sus ojos. Sin querer pensar que había cometido la más grande de las locuras al dirigirse directamente al Dark Lord, pensando que podría él solo contra él. Una sonrisa burlona se expandió por el rostro de Voldemort, al apreciar la vulnerabilidad de su víctima.


- ¿Cuál es tu elección, Weasley?


¿Por qué él? ¿Por qué el Dark Lord estaba precisamente detrás de él? ¡Él no había hecho nada que hubiera afectado directamente a sus planes! Aunque sea, no más de lo que Potter había hecho, o algún auror del ministerio... ¿Por qué él?

- No creo que estés en la situación más beneficiosa para preguntar, ¿no, Weasley?


No podía creerle a sus oídos tampoco. Era un idiota. Había sido un completo idiota. Iba a morir y no había vuelta atrás. Iba A Morir.

- No necesariamente tienes que morir.


Sus ojos celestes se abrieron en asombro. ¿El Innombrable le estaba...? ¿Le estaba leyendo la mente, sin ni siquiera tener contacto visual...?

- Con la mente tan frágil como la que tienes, no deberías extrañarte. Ahora, responde. – Sus ojos rojos destellaron en maldad. Ron cerró los suyos con fuerza, para reunir todas las energías necesarias para lo que iba a decir.
- ¿Qué debo hacer en caso de querer vivir?
- Eso sólo lo sabrás si es lo que eliges. – No se extrañó ante la respuesta. ¿Qué más podía esperar del mago tenebroso más poderoso de la historia?


¿Valía la pena morir en aquel lugar? ¿Valía la pena haber desperdiciado diecisiete años en una causa que nunca llegaría a cumplir? ¿Valía la pena morir, cuando se le estaba dando otra oportunidad? Otra oportunidad que costaría mucho, pero... No más que su propia existencia, ¿verdad?

- Vivir.


En aquel momento, no supo lo que aquella insignificante palabra simbolizaba. No supo cuánto pagaría por ella ni cuanta culpa debería llevar su alma a partir de ese día. No obstante, nunca sabría que sus actos serían la causa principal del encadenamiento de una de las tragedias más revolucionarias de la Comunidad Mágica. Nunca se creyó culpable de ese crimen. Nadie se creyó culpable de ese crimen. Pero sí había habido uno detrás de toda la Decisión.


***

Entró en la casa mencionada en el mapa, utilizando un encantamiento sobre la cerradura de la puerta principal. Su misión era sencilla: liquidar a los dos habitantes. Hasta podía dejarlos con vida, pero asegurándose de que nunca más vieran coherentemente la luz del sol. No pudo menos que sentirse sucio al seguir semejante orden. Por aquella mínima hora, se sintió un mortífago. Sin posibilidad de elegir qué hacer o cómo reaccionar. No podía contradecir al Dark Lord. No estaba dentro de su poder. Por lo menos no había tenido que besar la túnica de aquel desquiciado ser... Tan sólo cumplir ese mandato y sería libre.

Se dirigió con total sigilo al living de la casa. Todas las luces estaban apagadas y parecía que aquellos muggles estaban dormidos. No pudo menos que sentirse nervioso. Iba a asesinar a dos indefensos muggles. A dos personas que no tendrían medios para defenderse de él. Observó el frasco que el Dark Lord le había dado. Contenía un veneno mortal. Era instantáneo. Si lograba que no se percataran de su presencia, morirían sin saberlo... Durmiendo Eternamente.

Conjuró un lumos y con la poca luz que le otorgaba su varita, comenzó a subir los escalones que le transportarían al piso superior, donde de seguro estarían las habitaciones. Sus pasos eran inexactos, ya que todo su cuerpo temblaba. Se mordió el labio inferior para intentar concentrarse en sostener firmemente la varita.


- ¿Hermione? ¿Eres tú?


La voz de una mujer adulta. No obstante, eso no fue lo que shockeó a Ron. No... ¿La mujer le había llamado Hermione? ¿Cuántas Hermione podían existir en Londres?

Volteó a ver a la señora que en ese mismo instante, salía de su dormitorio en ropas de dormir, pensando que era su hija la que estaba andando por el pasillo. El rostro repleto de expectativa por parte de la mujer se nubló en confusión y temor al ver a un joven desconocido, apuntándole con una varita. La mujer le miró fijamente. Ella sabía que lo había visto anteriormente, pero no sabía dónde...

Y Ron también supo que la había visto antes. ¡Era la madre de Hermione! Tenía el mismo cabello de su amiga: castaño enmarañado. Aunque sus ojos eran negros y no almendrados como la muchacha promedio de Hogwarts.

Sintió el pánico surgir nuevamente en el fondo de su ser. Tenía que matar a los padres de Hermione. De su mejor amiga. Sólo porque él quería vivir. ¿Por qué? ¡Eso era injusto! Era... cruel... Vagas lágrimas nacieron de sus ojos. Lágrimas que recorrieron su rostro con suavidad.


- Señora Granger...
- ¿Quién eres?


Congregó todo su valor y realizó un Desmaius. La mujer cayó inconsciente al suelo.

Abrió la puerta por la cual la Señora Granger había salido anteriormente e ingresó en la habitación. Se encontró con un ambiente estremecedor. Un ambiente que tenía una fragancia familiar, con la que usualmente convivía. Se adivinaba que se trataba del dormitorio de una joven, por los colores vivaces que lo decoraban y el estilo de los muebles dispuestos. Además, al dirigirse a la biblioteca situada en un rincón de la misma, advirtió la presencia de una enorme variedad de libros muggles y mágicos. Definitivamente era la cámara de Hermione.

Caminó pesadamente hacia la cama y acarició la colcha con añoranza y tristeza. Hermione iba a odiarlo, le detestaría con todo su poder... Cada parte de su ser se estrujaba en arrepentimiento por lo que iba a hacer, pero nada de eso servía ya. Debía ejecutar el asesinato o nada más valdría la pena. Todo acabaría. Sabía que estaba siendo egoísta, pero...

Salió de allí rápidamente y entró en la siguiente habitación, ignorando el cuerpo que dormía en el suelo del pasillo. Estaba decidido y preparado. Lo que sucedería lo cargaría sobre sus hombros el resto de su vida, ya lo sabía.

Allí estaba el padre de Hermione, descansando pasivamente en la cama matrimonial, sin saber que su futuro asesino avanzaba hacia él y examinaba su estado. Ron se ubicó a su lado, suavemente le abrió la boca, lo inclinó hacia delante y apoyó la abertura del frasco del veneno sobre sus labios. Inspiró profundamente antes de jalar el frasco y taparle la nariz para obligarlo a beber todo el líquido, sin desperdiciar una sola gota.

El hombre tosió fuertemente una vez que el tóxico se incorporó a su organismo y Ron lo acostó nuevamente sobre la cama. Observó los síntomas del veneno, sin verlo realmente. Todo su mundo se nublaba. No pensaba coherentemente. No quería pensar en lo que había realizado. El Señor Granger comenzó a estremecerse vigorosamente, ante el súbito aumento de fiebre. Gimió entre sus agitados sueños y Ron pudo ver el dolor en sus facciones. No soportando la cruda realidad que se le presentaba, se retiró del dormitorio sin mirar atrás.

Ahora sólo le quedaba la señora Granger. Contempló su cuerpo, tendido en el suelo. No obstante, no daba más. No quería que el dolor de su alma se duplicara. No... Estaba carente de fuerzas. La mujer frente a él no merecía morir. No merecía el destino que le querían imponer. Cayó de rodillas al suelo mientras gruesas lágrimas bañaban su rostro.


- Eres débil. – Dijo alguien detrás de él. ¿Por qué siempre lo tenían que agarrar desprevenido? - ¿No te sientes con las fuerzas para hacer un simple Cruciatus? Ah...


Ron volteó a ver. ¿Quién más podría ser tan despiadada para decir esas palabras? Bellatrix Lestrange sonreía con cinismo y una locura desequilibrada. Listo. No había nada más que hacer... El papel principal pasaba ahora a ella.

- Bien, te mostraré. Tal vez así aprendes lo que es servir al Dark Lord. ¡Crucio!


La señora Granger gritó y gritó en dolor. Lloró desaforadamente, suplicó... Cada trozo de su alma quedó desparramado sobre el suelo de madera, al igual que su sangre y sus piadosas lágrimas. Lo sintió una, dos... hasta tres veces. O más. Ron ya no tenía conciencia de lo que sucedía...

Ese era el precio de su vida.


***

Irrumpió en su habitación del Cuartel General de la Orden del Fénix media hora más tarde de la masacre. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y su cuerpo no dejaba de temblar. Nadie se había dado cuenta de su ausencia, o eso parecía al no haber nadie esperándolo en el hall de entrada. No obstante, estaba equivocado. Sí había una persona que había advertido su huida y esa era justamente una de las que no quería que se enterara del asunto.

Al entrar a la habitación, se asustó de sobremanera cuando distinguió a Harry tendido sobre su cama, con ropas de dormir de verano, leyendo el mismo libro de defensa que el día anterior. Parecía muy concentrado en su lectura, sin embargo levantó la vista del libro cuando escuchó el rechinar de la puerta. Le miró con solemnidad, de tal forma que inspiraba saber más de lo que Ron pensaba.

- ¿Qué haces despierto? – Harry levantó una ceja ante la brusca pregunta de Ron.
- ¿No puedo? – Replicó. – Al fin de cuentas, es mi casa, ¿no? – Ron le miró con el entrecejo fruncido.
- ¿No deberías estar durmiendo?
- Tengo insomnio y además, estoy ansioso por terminar este libro. Es realmente muy bueno, deberías leerlo... – Ron le dirigió una elocuente mirada.
- Pareces Hermione.

Escuchar el nombre de su amiga salir de sus propios labios le causó un espasmo de dolor. La culpabilidad que le consumía... Harry pareció reparar en la mueca de dolor y fluctuación que se originó en el rostro del pelirrojo. Le observó con detenimiento y terminó levantando la otra ceja.

- ¿Sucede algo? – Preguntó en tono sugerente.
- No, ¿debería? – Ron esquivó la pregunta. Aunque sino se hubiese esforzado tanto en no hacerlo, Harry le hubiera sonreído con astucia.
- Tal vez el hecho de que no hayas estado en la habitación durante más de una hora sea alarmante, ¿verdad?

Ron abrió la boca para decir algo, pero no pudo responder nada coherente. Apretó los labios y esperó a que Harry terminara su acusación. Ante esto, el chico dorado de Dumbledore desvió su mirada a la ventana de la habitación y por unos minutos se mantuvo en silencio, cosa que irritó e impacientó infinitamente a Weasley. ¿Sabría realmente Potter lo que había sucedido o simplemente estaba actuando?

- ¿Dónde has estado? – Cuestionó Harry directamente, dejando su libro para centralizar su plena atención en la conversación. Ron hubiera deseado que siguiera leyendo y le ignorara como siempre.
- Vagando por la casa. Tú lo haces, ¿no? – Los ojos de Harry se entrecerraron ante su vaga respuesta.
- Si hubieras estado vagando por la casa, alguien te hubiera visto. – Acusó.

Sus palabras golpearon a Ron. Eso significaba que Harry había estado preguntando a los diferentes miembros de la Orden si sabían dónde se hallaba él... ¿Qué protección podría tener ante esto? ¿Quién podría mentir por él, para testificar que había estado en Grimmauld Place?

- No, es que estaba en una de las salas del ático. En esas que nadie entra, tú sabes... – Harry le miró con sospecha. No obstante, Ron intentó aparentar la mayor seguridad posible y añadió: - En todo caso, ¿por qué te inquieta dónde haya estado yo? – Los ojos verdes de Harry se oscurecieron ante su pregunta y suspiró.
- Tienes razón. Creo que no debo pensar que todos querrán ser héroes en esta guerra como yo, ¿verdad? – Con otro suspiro, Harry bajó su mirada a las sábanas de su cama. – Buenas noches.

Sin embargo, la sensación que tenía Ron de que Harry sabía más de lo que decía se ensanchó con sus palabras. Pero... ¿cómo podía saber Potter lo que él había efectuado esa noche?

***

Londres, 10 de Agosto de 1997.

- Hubo un ataque de mortífagos en las cercanías del Regent’s Park. – Informó Dumbledore, mirando alternativamente a Harry, Hermione y Ron, quienes no sabían porqué aquella noticia les concernía para formar parte de una reunión privada en la biblioteca de Grimmauld Place. Sin embargo, Hermione se ladeó al escuchar sus palabras.
- Sólo atacaron a una casa. – El director de Hogwarts suspiró con nostalgia. – Tu padre está muerto, Hermione, y tu madre está en grave estado. Ahora se encuentra en San Mungo...

Hermione palideció funestamente cuando la noticia devastadora surgió de los labios del profesor Dumbledore, sentado enfrente de ella. Sintió una parte de su alma desgarrarse dolorosamente y un inmenso vacío rellenó la amargura de su corazón. Silenciosas lágrimas nacieron de sus ojos almendrados, que en ese instante perdieron toda clase de brillo de felicidad y esperanza. No podía creerlo. No quería creerlo.

Perdió la estabilidad de su cuerpo y no tardó en percibir unas frías manos sostenerla para que no se golpeara contra el suelo. No, en realidad no las sintió. Su mente estaba en otro mundo, demasiado lejos para darse cuenta de lo que estaba viviendo.

- No puede ser... – Gimió.

Ese dolor era mucho más de lo que podía soportar. Era mucho más de lo que cualquier Cruciatus podría ocasionarle: iba más allá de cualquier herida física. Esto marcaba su corazón. Su pasado, su presente y su futuro.

- Herm... Herm...

Escuchó en la lejanía que una hipnótica voz la llamaba. Al abrir sus ojos de nuevo, vio unos luceros verdes mirarle fijamente. Él le tomó de la barbilla y le levantó la cabeza imperiosamente. Hermione no quería llorar; no enfrente de ellos. Debía ser fuerte... Debía ahogar esa... esa agonía sólo unos instantes. Ya podría llorar sola, podría desahogarse consigo misma. No podía fallarles a ellos. A Harry, a Ron, a la Orden... Debía ser fuerte...

- No sientas vergüenza de tu sufrimiento. – Murmuró Harry, mientras le acariciaba la mejilla cariñosamente y le retiraba las lágrimas. – Llora.

Como si esas palabras fueran la llave a su alma, sus sollozos aumentaron su intensidad y se aferró a Harry en un repentino arrebato de necesidad de consuelo. Le abrazó con desesperación, como temiendo que él también desapareciera, y se refugió en su pecho, para aislarse de la realidad. Se sentía tan vulnerable... No obstante, en brazos de Harry, estaba protegida. Estaba reflejada en sus ojos, en su invisible oscuridad... Él la entendía como nadie. Él sabía reconfrontarla. Él... Él era su mundo, lo único que le quedaba ya.

A Harry, al verla llorar, se le produjo un nudo en la garganta por la amargura. Podía tolerar el llanto de cualquier persona, menos el de Hermione. Ella era la única que alguna vez había llegado a cavar tan fondo en él para conocerlo íntegramente, era la única que tal vez siempre había estado de su lado, buscando su bienestar. No merecía algo así. Ella era la más inocente de las inocentes. No debería estar en esa guerra, donde las traiciones y mentiras eran frecuentes, donde los odios y furias abundaban... Ella era demasiado pura para eso.

Harry sabía lo que dolía perder a un padre... Lo había vivido agudamente con la muerte de Sirius. Con él, todo su mundo se había perdido y distorsionado. Con su muerte, todo dejó de tener sentido. Todo dejó de importar. Se olvidó de sus ideales y lealtades. Se olvidó del pasado... Simplemente por su deseo de un presente más beneficioso para su propia persona. Donde él mismo hiciera sus propias decisiones, correctas o no. No le temía a la muerte. No tenía nada que derrochar.

Nada, salvo Hermione. La abrazó más fuerte contra sí y pasó su mano por sus cabellos castaños. Por encima del hombro de ella, vio a Dumbledore observar tranquilamente la escena, mientras desenvolvía el envoltorio de un caramelo de limón y sintió el profundo odio que reservaba sólo para él renacer de lo más profundo de su espíritu. Sólo Dumbledore podía estar tan calmado en una situación como esa... No, no era calmado la palabra idónea para describirlo, sino indiferente... Como si no le interesara la muerte del padre de Hermione o lo destrozada que se hallaba la joven. Oh, claro... Ella no era parte fundamental de la guerra, ¿para qué agitarse?

Lo que el vejete no sabía era que ella formaba parte de esa Guerra. Pero tardaría años en descubrirlo, si su ceguera no le llevaba antes a la muerte. Se arrepentiría de todo lo que le estaba haciendo a Herm y a él... Se arrepentiría de no haber descifrado el magnífico potencial de la muchacha Granger y de haber medido más su propia actitud. Lo juró por su sangre.

Desvió su mirada a Ron, que permanecía como una piedra del otro lado de la mesa. Sin saber qué hacer. Dónde mirar. Qué decir. Y Harry adivinó que no se debía a lo triste de la situación que se escapaba de su comprensión, sino de un sentimiento mucho más oscuro y estridente. La Culpa.

Las piezas de un rompecabezas finalizaron la ubicación en la mente de Harry. Ahora la imagen representada se veía nítida. El asesino del padre de Hermione estaba a pocos metros de él. Lo sabía. Tal vez no tuviera datos veraces, no obstante su intuición se lo comunicaba. Los cabos sueltos de esos días por fin habían encontrado su lugar.

Miró a la débil figura entre sus brazos y su estómago se oprimió. No podía hacerle eso a Hermione. No podía acusar a Ron sin pruebas... Tampoco era el momento. Lo charlaría con él y... De allí vería cómo accionaría. Estaba dividido entre la lealtad que le debía a Hermione y la antigua que había poseído con Ron. Tal vez no era lo mejor que la muchacha supiera del homicida de su padre... Sería una verdad demasiado dura para ella.

El tiempo le diría.

***

- ¿Querías hablar conmigo? – Preguntó Ron, entrando nuevamente en la habitación que compartía con Harry, horas más tarde de la charla que habían tenido con Dumbledore.

Allí estaba su compañero, aguardando ansiosamente su llegada. O lo más ansiosamente que uno podía imaginarse a un Harry Potter calculador, sereno e inteligente.

- Así es. – Respondió Harry, elevando sus ojos al nivel de los de Ron para lanzarle una mirada glacial.

Se incomodó de sobremanera ante eso y esquivó por largos minutos los ojos de Harry, fingiendo que contemplaba por la ventana el deslucido paisaje que les circundaba. En realidad, estaba tratando de prepararse para la alargada conversación que sabía que tendría con su ex mejor amigo; preparando excusas y mentiras, coartadas creíbles... Porque sospechaba que Potter había deducido quién era el ve

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