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Laguna Estigia
(R13)
Por Parvati
Escrita el Domingo 1 de Agosto de 2004, 17:38 Actualizada el Jueves 14 de Enero de 2010, 12:57 [ Más información ]
Capítulo 14
Gracias, gracias, por confiar en mí, por confiar en LE. La
vergüenza que sentía por no poder salir de mi frustración por el bloqueo me
impidió contestarles, pero les agradezco cada review, cada mail, que recibí,
tanto amenazante, como suplicante, como paciente. Por ustedes no me rendí, y el
argumento continuó vivo en mi mente, especialmente en las noches de insomnio. Hace un año, este capi estaba escrito por la mitad. En diciembre pasado, lo completé hasta que sólo quedó pendiente una escena para la cual no encontraba expresión correcta. Hoy a la mañana, cepillándome los dientes, la musa volvió y fui feliz… estaba exuberante, como quizás lo estén ustedes ahora por este milagro jajaja. Es cruel de mí publicar este capítulo y decirles que no sé cuándo volveré a actualizar. Pero tengan esta certeza: no me rendiré. Y mientras puedan, les estaré agradecida de que ustedes no se rindan de mí, y no se cansen de preguntarme, de pedirme, porque eso me mantiene alerta y en vida. Faltan alrededor de cuatro capítulos no es tanto cuando hemos llegado tan lejos. Para aquel que le interese, he empezado la universidad: estoy cursando mi primer año de Letras (filología). Feliz
lectura. Espero que nos volvamos a encontrar pronto. Capítulo 14
Cuarteles de la Orden del Fénix 4 de febrero de 2005 Horario: cuatro y cuarto de la tarde
- Podría ser una trampa. - Sugirió Neville.
Francisco apoyó una mano en el hombro de Lucas para retener su evidente respuesta. Se habían reunido, como había sido planificado anteriormente, los miembros de la Orden que componía el círculo interno para recibir el nuevo informe del Contacto. Los españoles habían decidido adelantarles el mensaje que les había dejado el día anterior, a costa de exponer una de las herramientas secretas del INC, y sus conjeturas. La incredulidad era el más destacado de los rasgos, sobre todo porque casi todos ellos habían desconocido el pasado oscuro de la familia de Lucas.
- Lo sabemos. Pero estamos dispuestos a escuchar lo que el Contacto tenga para decir. Si acaso hay una mínima posibilidad de que sea verdad, estamos dispuestos a arriesgarnos. - ¿Y con qué medios emprenderán tal intento, Francisco? - Cuestionó Dumbledore. - Por eso estamos aquí presentes. - Interceptó Javier. - Necesitaremos el apoyo de la Orden, al menos tácticamente.
Los españoles sabían que aún si la Orden no brindaba recursos, ellos irían igual a la Fortaleza. Era una decisión inevitable, sobre todo al contemplar la expresión rígida en el rostro de Lucas. Pero necesitaban aumentar las probabilidades de triunfo de la misión, y eso sólo era posible, aunque les pesase, con la Orden.
- Si lo que Contacto nos ha indicado hasta el momento demuestra ser real, este podría ser un momento idóneo. - Propuso Ron. - Filldeserp se encuentra débil y los mortífagos están alterados, sin un líder específico. - Pero las defensas de la Fortaleza continúan sólidas. - Musitó Neville. - Un trabajo de infiltración… no es fácil. No hemos logrado hacerlo en años. - Todo depende de la información del Contacto. - Dijo Dumbledore. - Aunque estoy de acuerdo con Ronald. Este podría ser nuestra oportunidad.
En contraste con los anteriores informes del Contacto, éste sería presencialmente. El riesgo de tal procedimiento era alto, pero era posible que el Contacto quisiera sostener la fidelidad y vigencia de su indagación y participar de la organización de la operación. El Contacto parecía estar dispuesto a dar su último golpe. Esto preocupaba a la Orden, indudablemente, porque para ellos era más preciosa la información corriente en el tiempo que una bomba instantánea, dado que se hallaban desacostumbrados a esos eventos. Los españoles, en cambio, estaban preparados para sacrificar al Contacto por esta misión; de hecho, por cualquier misión que significara una acometida importante para diluir el poder de la Orden Oscura en aquella interminable guerra. Las puertas de la sala se abrieron entonces y una figura ingresó con marcha imperiosa. Dumbledore se puso de pie y el Contacto se detuvo en la cabeza opuesta de la mesa. Su rostro estaba oculto tras la máscara de mortífago y una capa ocultaba su cabello e intentaba disimular una característica predominante: se trataba de una mujer.
- ¿Estás listo para cumplir plenamente con tu parte del trato, Dumbledore? - Preguntó la mujer con voz firme y desafiante. - Así es. - Este es el momento que has estado esperando, entonces. - Concluyó ella, sentándose en aquella ubicación de la mesa. - ¿Podrías quitarte esa estúpida máscara? Es repugnante. - Comentó Ron. - Imagino que entenderás, Weasley, la necesidad de que mi identidad permanezca oculta aún. - Susurró el Contacto, su voz impregnada de veneno. - Entendemos que eres parte del círculo allegado a los Lords. - Terció Neville. - Correcto. Aunque claramente en estos momentos el círculo se está dividiendo. - Tú… ¿de qué lado dices estar? - Preguntó Shacklebolt. - Eso no es de su incumbencia. - Contestó secamente el Contacto. - El hecho es que el Dark Lord ha iniciado un viaje a Alemania para investigar los rumores de una nueva profecía que conciernen a su heredero. Las defensas de la Fortaleza dependen de la magia de ambos Lords; si uno de ellos no está en el edificio, se debilita ligeramente. No es una gran ventaja en general, pero sí cuando la propia magia de Filldeserp se encuentra volátil. - Los cretinos deben saber eso. Puede ser un anzuelo. - Interrumpió Ron. - Sí, pero… - el cuerpo del Contacto se inclinó levemente en dirección a Lucas. - ¿Estás dispuesto a abandonar a tu hija allí cuando está esta pequeña posibilidad? No la volverás a tener. Filldeserp ha decretado que la niña debe mudarse a fines de mes…
Lucas se incorporó de su asiento, pálido y temblante. Sus ojos negros no se movían del Contacto.
- Cecilia está muerta.
La risa cruel de la mujer provocó estremecimientos en los aurores.
- Yo misma participé en la planificación de la captura de la niña, De Santos. Yo estuve allí cuando Filldeserp asesinó a tu esposa. - Su voz insinuaba una sonrisa burlona. - Mujer tonta. Filldeserp no tuvo ni que buscarla en el caos del ataque al ministerio; ella misma se entregó. No tuvo respiración suficiente para emitir ninguna última palabra heroica. Murió asustada. Murió sola. ¿Dónde estabas entonces tú, Lucas? Ah, por supuesto. Estabas reunido con los miembros de la INC, creyendo que habían podido predecir los movimientos de Filldeserp.
Rápidamente Lucas estuvo frente a ella y la abofeteó. La mujer volvió a reír, sin que la máscara se desplazara de sitio, y le dispuso la otra mejilla, mirándolo directamente a los ojos.
- Tu hija está viva, De Santos. Y lo peor de todo, es que lo está gracias a la intromisión de Filldeserp. A él se lo debes. - Hizo una pausa dramática. - Cecilia lo adora.
Antes de que pudiera volver a golpearla, Neville lo atajó. Intentó calmarlo, avivarlo de la mofa del Contacto, pero el español se hallaba fuera de sí.
- No te estoy revelando nada más que la realidad. - Dijo el Contacto. - Lo verás con tus propios ojos y entonces entenderás cuán astuto es en verdad Filldeserp. No puedes escapar de él, nunca. - Entonces, ¿qué haces aquí, sucia traidora? - Le escupió el español. - No creas que estoy de tu lado. No estoy de su lado. - Anunció abiertamente a los miembros de la Orden, dirigiendo su atención a todos ellos. - Sólo anhelo sobrevivir. Lamentablemente, a pesar de que mis ideales estén con ellos, sucesos del pasado amenazan mi posición. - Volvió a moverse hacia Lucas. - El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Recuerda eso cuando tu propia hija te traicione. Será la luz de la oscuridad.
***
Fortaleza de la Orden Oscura 6 de febrero de 2005 Horario: seis en punto de la tarde
¿Qué sería capaz de hacer un padre por una hija? Pocos serían capaces de no actuar cuando una esperanza ilumina el horizonte, aún los cobardes. Lucas no era cobarde, y no había escrúpulos posibles para alguien que se arriesgaba al todo o nada. Una fortaleza no iba a frenarlo. Dos Dark Lords tampoco, mucho menos uno. ¿Qué importaba si el medio para alcanzar a Cecilia era un arcaico encantamiento de magia negra, suministrado por el Contacto? Bajo cualquier otra situación, sería amoral. Esto trascendía la dimensión ética. Por una hija, sólo le preocupaba su efectividad. Francisco y Javier se mostraban más cautelosos por las repercusiones y los peligros, pero de todas maneras lo apoyaban, y Lucas sabía que cuando retornara a su sano juicio, apreciaría ese incondicional gesto de amistad. Ellos aumentaban la oportunidad de sobrevivir de Cecilia. La presencia de Ron, Ginevra, Luna y Neville le era, no obstante, sumamente indiferente. No estaban a su lado por Cecilia, pues no la habían conocido ni tampoco su muerte les afectaría directamente; no estaban a su lado para cooperar en su rescate, sino para posibilitar una maniobra ofensiva de la Orden y el Ministerio inglés. Una vez Cecilia estuviera en sus brazos, para Lucas la Luz podía fracasar o triunfar; nada de eso ostentaba ya la menor importancia. Estaba realmente cegado entre el ínfimo abismo que dividía la incertidumbre de la certeza, la desesperación de la templanza. Habían recorrido millas a pie, dados los riesgos de ser detectado en caso de apariciones muy cercanas a las barreras, hasta arribar al límite de las defensas de la Fortaleza. Ahora se avecinaba lo más arduo: el encantamiento y la infiltración sigilosa. Supuestamente el grupo de Neville funcionaría como distracción y Filldeserp no se interpondría en el camino de los españoles, pero nada se lo garantizaba. Tenían que estar preparado para cualquier escenario, especialmente para el peor. Se ubicaron como el Contacto se los había indicado y se concentraron, recitando con asiduidad las palabras en latín. Como usuarios cotidianos de magia blanca, el encantamiento absorbería una mayor cantidad de energía que la que ellos estaban acostumbrados a sacrificar, pero confiaban que, al ser una cantidad considerable de magos, podrían sobreponerse prontamente a la pérdida. Era otro gran riesgo difuso en aquella oscuridad. Podía ser una trampa, pero era todo o nada. Vida o muerte. El encantamiento surtió efecto momentáneamente; el momento que necesitaban siete personas para ingresar y la barrera en volverse a integrar. Fue un momento demasiado largo para el instante que Lucas en verdad requería. Con el fin tan cerca, la adrenalina aceleró su marcha y en menos de quince minutos estuvieron bajo la escalofriante sombra de las amenazantes puertas físicas de la fortaleza. Hacía tiempo que no se sentían tan vivos. Por primera vez en lo que potencialmente había sido una década, estaban tomando la iniciativa; las riendas de aquella noche estaban bajo su control. Se separaron en dos grupos, cada uno con sus trasportadores especiales… cada uno con una misión, cada uno con un futuro. Las cartas estaban ya barajadas.
***
Horario: seis y media de la tarde
Filldeserp suspiró, masajeándose las sienes. Luego de la partida de Lord Voldemort tres días atrás, lograr conservar a la Orden Tenebrosa íntegra había sido todo un desafío. Su propio séquito había empezado a instigarlo para que activara el plan que hacía tanto tiempo venían formulando, mas el heredero estaba convencido que aún no era el momento. Los mortífagos veteranos que eran más que nada fieles a Voldemort no habían pisado la Fortaleza desde su marcha, demostrando ser auténticamente Slytherin en su deseo de supervivencia. Aquellos días Filldeserp había estado muy corto de paciencia y un solo comentario sobre la pureza de sangre de su esposa le hubiera bastado como excusa para prender en llamas hasta el último mortífago. Aún no comprendía cómo la Orden Tenebrosa se había desquebrajado de aquella manera tan precipitosamente. Desde siempre había habido sectores más adeptos a un Lord que a otro, pero se unificaban bajo una misma Causa. Posiblemente su declaración durante su casamiento sobre la errónea tesis de la pureza de la sangre y la verdadera pureza, aquella relacionada con la magia, había fracturado la Causa en cierta medida, sobre todo frente a los aristócratas conservadores. Sumado a eso, el enfrentamiento entre Hermione y Voldemort había puesto en evidencia a cuál de los dos protegería, y muchos ahora lo consideraban un traidor. Algunos escasos mortífagos se habían negado a acatar sus órdenes y había tenido que recurrir a una larga sesión de tortura, su especialidad, para recordarles a quién estaban impugnando. Mientras tanto, otros sectores aliados a la Orden Tenebrosa, como ciertos clanes de vampiros y licántropos, habían vuelto a proclamar que su coalición estaba sellada con Filldeserp, lo cual había despertado sospechas en los mortífagos conservadores. En caso de una separación, la fracción afiliada a Voldemort se hallaría con poco respaldo más allá de las fronteras de Inglaterra, ya que Filldeserp había manejado la política "exterior" de la Causa desde su unión al bando de la oscuridad, y ahora los mortífagos empezaban a vislumbrar aquel esquema superior que el traidor había confeccionado. Incluso peculiares rumores habían empezado a correr por los pasillos de la Fortaleza; algunos decían que nunca había abandonado a Dumbledore y que todo el esquema había sido parte de un plan superior para debilitar el poder del Lord. Otros, que todo había sido ideado por el Ministerio de la Magia, y algunos pocos consideraban que desde la oferta de Phinehas, había obrado para desertar al Lord. Curiosamente, nadie pensaba que lo había hecho por sí mismo. Se recostó en su asiento, acariciando abstraídamente la cabeza de Nagini, que se encontraba en su regazo. Cerró los ojos con cansancio, por un instante deseando nunca haber ingresado a aquel juego político y envidiando a la gente que tenía la posibilidad de desaparecer de Gran Bretaña sin dejar rastro, sin ser perturbada otra vez. Pero amaba demasiado sus ideales y era demasiado leal a sus aliados como para renunciar. Escondiéndose no aderezaría nada, y él tenía el poder, y por lo tanto la obligación, de cambiar la realidad.
- Harry… la chimenea se ha encendido. - Siseó Nagini, atrayéndolo nuevamente al presente.
Extrañado por tal suceso, depositó a Nagini en el suelo y se dirigió a la chimenea de su despacho. Sólo ciertas personas tenían acceso a su red flú, y cualquiera de ellas sólo se contactaría de aquel modo ante inminentes malas noticias. Respiró hondo, intentando fortalecerse, y se arrodilló frente al hogar. Entre las cenizas distinguió el rostro de Megan Jones.
- ¡Mi Lord! - Exclamó la mujer, alterada y respirando con dificultad. - Megan, ¿qué sucede? ¿Desde dónde me estás contactando? - Desde mi oficina en el Ministerio, mi Lord. - Ante las facciones alarmadas de Filldeserp, Megan se apresuró a continuar. - Es urgente, Dumbledore acaba de informarme… ¡atacarán la Fortaleza! - Megan, respira hondo. - Comandó, su rostro tornándose impávido. - ¿Cuándo? - Ahora mismo, mi Lord… han notificado a toda la Orden, a todos los aliados que estén disponibles… no sé cómo, pero han adquirido las coordenadas y una manera de traspasar la barrera con facilidad. - ¿Con qué objetivo, Megan? - Asesinarlo a usted, mi Lord. - La voz de la mortífaga tembló. Sin poder reprimirlo, Filldeserp apreció su pequeño gesto de preocupación. - Megan, escucha atentamente. Tus servicios ya no son requeridos, no te arriesgues más. Ve a Gringotts y solicita acceso a la cuenta 1697. Es tuya… - No lo abandonaré, mi Lord. - Le interrumpió con insolencia. - Por supuesto que ya no puedo ser espía, el Ministerio detectará esta comunicación y le informará a Dumbledore. Pero aún estoy en su servicio. Eliminaré a todo miembro de la Orden que se acerque a usted, mi Lord.
Filldeserp calló, sorprendido por aquella promesa. Jones era una de las mortífagas que nunca se había mostrado adepta a ninguno de los Lords en especial, y siempre accionaba en función de su ascenso político en el Ministerio. Por supuesto, bajo tal ámbito, aquella confesión de suma lealtad podría estar vacía, pero la vehemencia en su voz parecía indicar otro rumbo.
- Te estaré esperando entonces, Megan.
Cerró la comunicación y se puso de pie. Chasqueó los dedos y la elfa Zeeky se materializó lista para cumplir con las órdenes de su amo. Por fin alguien a quien no le importaría si sus intereses estaban o no con Voldemort.
- Notifícale a tu ama que debe permanecer en sus aposentos. No importa qué escuche o vea.
Zeeky asintió y desapareció. Filldeserp suspiró de nuevo, odiando las circunstancias. La Orden del Fénix no podría haber elegido un momento más idóneo para atacar. ¿Casualidad?
- Nag, necesito tu veneno.
La serpiente se deslizó hasta él, exhibiendo con orgullo sus inmaculados colmillos. Filldeserp extendió su mano y mágicamente hizo un corte en el dedo índice de su mano izquierda, donde Nagini se inclinó y suavemente incrustó su veneno. Filldeserp apretó con fuerza sus labios, cohibiendo el gemido de dolor, y con su sangre, ahora mezclada con el veneno de la serpiente de la familia Slytherin, trazó una runa en el suelo, reforzando las barreras contra los trasladores, tanto internos como externos, y apariciones de aquellos sin la Marca Tenebrosa. Aguardó unos instantes para recobrar la entereza y delineó otra runa, esta vez activando las marcas tenebrosas en los brazos de cada mortífago en Inglaterra. Si bien no era el método convencional de convocación, era el más eficiente para su cumplimiento. Aquellos que se negaran a responder, se encontrarían sujetos a una especie de cruciatus hasta que lo hicieran.
- Nag, ordena la inspección de los terrenos. Se avecina una batalla.
Sin esperar respuesta, se dirigió al escritorio para agarrar sus guantes y varita. Sin embargo, la serpiente se arrimó a él y con una rapidez sobrecogedora, consiguió enredarse en su cuello, para así depositar unos "besos" con su lengua viborezna en su mejilla.
- Pequeño… cuídate.
***
Horario: seis cuarenta de la tarde
Lucas, Javier y Francisco se desplazaron con agilidad por los pasillos de la Fortaleza, guiándose con eficacia gracias a la memorización detallada del mapa y las indicaciones. Sus botas estaban encantadas para no emitir ruido y se aseguraban en cada esquina de no toparse con algún mortífago. La falta de oposición los perturbaba profundamente. Estaban ingresando a una de las zonas más importantes, y por lo tanto se suponía más vigiladas y seguras, de la Fortaleza, y no habían encontrado ni a un solo guardia. Aún cuando el Contacto les había advertido que haría todo lo posible para que fuera así, no habían creído en el alcance de su poder. Finalmente arribaron al sector de los Lukyan. Tras intercambiar una mirada, el trío elevó sus varitas e hizo derribar la puerta, y con ella todas las protecciones de la habitación. No habían empleado cualquier encantamiento, sino una de las especialidades de la INC en el campo. Así, accedieron a la sala, donde un hombre y una mujer se encontraban acomodados en unos sillones, jugando con una niña de unos seis años de edad. Lucas sintió que toda la sangre se le desvanecía del cuerpo; sólo necesitó un vistazo para confirmar que aquella criatura era suya. Sintió cómo su corazón se quebraba ante la imagen de su hija, viva luego de poco más de un año de pensarla muerta. La imagen de su cadáver había vagado en sus peores pesadillas, como el mayor fracaso de su existencia. A su lado, Francisco y Javier también palidecieron. Después de todo, aquellos ojos verdes sólo habían podido pertenecerle a fantasmas hasta hacía unos días atrás.
Dymtrus y Maryska se incorporaron, sorprendidos por la intrusión de los españoles. Inmediatamente la mujer agarró a Cecilia entre sus brazos e intentó escabullirse a una de las habitaciones. Sin embargo, el trío de aurores se puso en acción, recordando su misión, y le obstruyeron la salida.
- ¡Maryska! - Exclamó Dymtrus, colocándose enfrente de ella para evitar un ataque directo.
Con violencia, el hombre se desprendió de la cadena de su cuello y se la tendió a su esposa. Conversaron urgentemente en ucraniano y ninguno de los españoles pudo entender el idioma de las indicaciones que intercambiaban, pero eran evidentes. La mujer no quería irse sin su marido, y él insistía que se marchara. Ninguno de los dos sabía que el traslador no funcionaría, por la propia disposición de su líder. Al parecer deseando hacer valer su voluntad, el ucraniano se arremangó sus mangas y desplegó sus brazos. Inmediatamente una especie de terremoto los sacudió y tuvieron que aferrarse a la pared para no caer. Javier, el más ligero de los tres, respondió con sus maldiciones, contando con la ventaja de que la atención del elemental estaba dividida entre su esposa, que seguía negándose a accionar el traslador, y el duelo. Francisco se reincorporó para unirse al duelo y le hizo un gesto a De Santos, quien enseguida interpretó el propósito. Lucas esgrimió su varita con firmeza y avanzó hacia Maryska, que sollozaba con Cecilia apoyada contra su pecho. Una oleada de odio lo sacudió. Su Sara debería estar sosteniendo a Cecilia, no aquella mujer desconocida, secuestradora de niños; la odió por el año que le habían robado junto a su niña. Lanzó una maldición contra la mujer, que por la intensidad excesiva, se estrelló contra la pared opuesta, soltando a Cecilia en el trayecto, a quien Lucas levitó con cuidado hasta el suelo. El español caminó hacia su pequeña, que yacía temblando, y se arrodilló frente a ella.
- Ceci… - Murmuró, repleto de emoción. Sin poder contenerse, abrazó a la niña contra su pecho y empezó a llorar descontroladamente.
No obstante, Cecilia gritó aterrorizada. Una potente magia lo separó de ella, tumbándolo con dureza contra el suelo. La niña extendió su mano instintivamente y de ella emanó una energía de calor que creó rayos de intensos colores que impactaron contra él, causándole pequeñas quemaduras. Lucas gimió, contemplando la escena, atónito. Cecilia era una elemental; una elemental de luz.
- Aléjese. - Susurró Cecilia en un inglés reluctante. - Ceci… ¿no me reconoces? - Preguntó Lucas, completamente quebrado. - Soy tu papá. - ¡No! - Gritó la niña, furiosa; de su piel emanaba magia pura. - Mi papá es Dy.
"Ha revivido del olvido…" Fuera de sí, se levantó y se encauzó hacia Dymtrus quien batallaba con honor contra sus dos compañeros. Todo sucedió tan rápido que el ucraniano no tuvo tiempo a reaccionar. Un puñetazo lo derribó al suelo y segundos después nuevos golpes distorsionaron su nariz y rostro. Francisco tuvo que sujetar a Lucas para frenarlo, pues tenía la seguridad que su amigo estaba dispuesto a asesinarlo a garrotazos.
- ¡Cómo se atreven! ¡Cómo se atreven! - Gritó Lucas, enloquecido. Dymtrus lo contemplaba en silencio. - No me reconoce… ¿qué le hicieron? ¿qué le hicieron a mi niña? - ¡Lucas! - Exclamó Javier, señalando a Maryska.
La mujer se había levantado y había corrido hacia Cecilia, accionando el traslador. No obstante, como los españoles habían predicho, nada sucedió.
- Su preciado Lord los ha encerrado en la Fortaleza, sin escape. - Escupió Lucas, deshaciéndose del agarre de su amigo. - En este momento debe estar muy preocupado salvando su propio pellejo. - Pateó el estómago del ucraniano. - Ahora, contéstame. ¿Qué le hicieron a Cecilia?
El ucraniano permaneció impávido. Maryska gimoteó, reteniendo a Cecilia contra sí, habiendo reconocido las tácticas de su esposo. Por supuesto, Lucas también lo entendió. Los Lukyan eran una familia basada en honor y tradición. No traicionarían a su Lord, por lo que no revelarían información. Llevaría el secreto hasta la muerte.
- Entonces tendré que persuadirte. - Susurró Lucas, apuntándole a los ojos con la varita. Dymtrus no se inmutó y continuó desafiándolo con la mirada. - Lucas… - Murmuró Javier a su lado, ligeramente vacilante. - Recuerda que Cecilia está presente. - Los ojos de Lucas se suavizaron, pero una retorcida mueca vacía cobró vida en su rostro. - Lo recordaré, compañero.
Podrían argumentar que él no era mejor que Filldeserp ni que Voldemort. Después de todo, estaba dispuesto a torturar para obtener la información que necesitaba desesperadamente. No obstante, la diferencia radicaba en el auténtico objeto de la acción: él no lo estaba haciendo por poder o dominación, lo hacía por recuperar a su hija. Enfrente de sí tenía al hombre que lo había distanciado y lo había suplido en la vida de su pequeña… Le había robado el amor de su hija, sustrayéndole sus recuerdos. Agitó su varita para efectuar la maldición, pero Dymtrus extendió su brazo y lo apoyó en el suelo, volviendo a ocasionar una especie de terremoto. Estaba claro que él también era un elemental. Por supuesto, Filldeserp los había unificado con un propósito. Aquel hombre seguramente habría estado entrenando a su pequeña Cecilia hasta la extenuación, exprimiendo cada uno de sus talentos, privándola de su infancia… Lucas sintió tanto odio que estuvo a punto de pronunciar una maldición imperdonable a penas recobró el equilibrio. En cambio se contuvo y en ese segundo de fluctuación, Dymtrus se incorporó y con esfuerzo llegó a situarse junto a su esposa. Respiraba con dificultad, pero aún así elevó un muro de tierra de casi dos metros frente a su familia. Lucas tuvo que admirar su potencial y su fuerza de voluntad. Escuchó murmullos en ucraniano y supuso que estaban replanteando su situación. Lástima que no les serviría, dado que ninguno de los dos saldría vivo de allí mientras estuviera en la disposición de Lucas.
- Lukyan, no seas cobarde. ¿Esconderse detrás de un muro? ¿Cuánto tiempo crees que eso podrá retenernos? - Lo suficiente para que quedes hecho ceniza. - Gritó el ucraniano. Los españoles compartieron una mirada divertida. - Ni Filldeserp ni su elemento vendrán a salvarlos, Lukyan. - Dijo Francisco. - Entréganos a la niña y puede ser que tu existencia sea un poco menos miserable. - Sheila es nuestra. El Lord nos encargó su cuidado y no lo defraudaré. - Musitó entre dientes Dymtrus. - Pero resulta que yo soy el padre. Lord o no de por medio, ¡Cecilia es mi hija! - Exclamó Lucas. Otra vez debió de sujetarlo Javier antes de que se lanzara contra los ucranianos. - Calma, Lucas. No debes perder el control. - Le susurró su amigo en el oído. - Nuestra prioridad es el bienestar de Cecilia. - ¡No eres mi papá! - Chilló la niña, indignada.
Dymtrus acarició el cabello de Cecilia, susurrándole unas palabras al oído, y la levantó en brazos para abrazarla, y así tranquilizarla. Aquella imagen, tan íntima y perfecta de una relación entre padre e hija, provocó una nueva herida en el alma de Lucas. Hacía un año que Cecilia no le regalaba su cariño… y él la había creído muerta. No había luchado, no había buscado. La había abandonado a manos de aquellos psicópatas, que les interesaba sólo su potencial, y no aquella pequeña persona que crecía detrás de aquellos ojos verdes… El ucraniano le cedió a Maryska la posesión de Cecilia, quien retrocedió para no quedar en la zona inmediata de batalla, y se colocó nuevamente en posición de duelo, haciendo descender el muro.
- Supongo que no nos queda otro camino que definir esto como auténticos magos. - Murmuró Dymtrus.
Los españoles asintieron, otorgándole el primer movimiento al ucraniano. Efectuó una serie compleja de movimientos de varita, susurrando palabras ininteligibles, y unas raíces robustas surgieron del suelo debajo de los aurores. Lucas logró correrse justo a tiempo, mas Francisco y Javier quedaron atrapados en la vegetación.
- Me parece más correcta la igualdad numérica, ¿no le parece? - Sonrió con burla Dymtrus.
Lucas apretó los dientes y lanzó un hechizo ofensivo, que fue absorbido por el escudo del ucraniano. Avanzó unos pasos y experimentó con un conjunto de maldiciones, obligando a Dymtrus a movilizarse rápidamente para eludirlos. El hombre jadeaba, sufriendo aún por los golpes que el español le había propinado en el suelo. No duraría mucho tiempo si Lucas continuaba exigiéndole agilidad. Volvió a conjurar otra serie de hechizos, que esta vez le abrieron una herida profunda en el brazo izquierdo, además de destruir algunos muebles más en el trayecto. La esposa gritó, espantada frente a la cantidad de sangre, y Cecilia forcejeó contra sus brazos, llorando continuamente por su padre. La mujer tuvo que arrodillarse para depositarla en el suelo, pero no logró retenerla, por lo cual la niña empezó a correr hacia Dymtrus, quien se encontraba sumamente concentrado y no se percató de su presencia… Una brutal explosión destrozó la pared a la izquierda del elemental y éste empleó su varita para levitar algunos de los escombros y arrojarlos contra Lucas. Sin embargo, dada su extenuación y su poca energía mágica reservada, la dirección de las piedras no fue tan precisa y una de ellas se dirigió hacia Cecilia. Lucas contempló aquello en cámara lenta; cómo la piedra derribaría a su hija y probablemente la mataría ante el peso y la fuerza del impacto. Podía visualizar su sangre, sus ojos verdes opacos y la gran desilusión de sus ojos frente a su fracaso. Estaba demasiado lejos para interponerse entre el material y su hija, y no llegaría a elevar un escudo lo suficientemente fuerte como para protegerla… Todo estaba perdido. Cecilia chilló y cayó de espaldas al suelo. Cerró los ojos antes de que la piedra se desplomara sobre ella y en ese instante una extraordinaria luz blanca la rodeó, resguardándola. Ni Dymtrus ni Lucas podían ver si algo le había sucedido o no. Lívido por el horror, Lucas perdió el control. Se arrojó sobre Dymtrus y no le importó nada más. La vida de su hija podía estar pendiendo de un hilo por la culpa de aquel hombre. Ya no le afectaba si había audiencia o no; ya no le interesaba que en teoría él era un auror, uno de los "buenos". Aquel hombre había intentado asesinar a su hija. Los gritos del ucraniano nunca arribaron a sus oídos. En su mente, todo era silencio; sólo podía ver el rostro inocente de Cecilia. Su túnica se empapó de sangre y el aroma a muerte y dolor inundó la habitación. Su varita se agitó una y otra vez sin misericordia, desgarrando la existencia de aquel hombre… de aquel monstruo… de la manera más dolorosa que su mente podía idear en aquel estado. Cuando la vida del monstruo desapareció, Francisco y Javier fueron liberados de las raíces. La habitación permaneció un instante en silencio, examinando aterrada la escena. Francisco caminó lentamente hacia su amigo, casi con temor, y le quitó la varita de las manos con cuidado. Los dos españoles se miraron a los ojos, pero los de Lucas se hallaban inmersos en una oscuridad inalcanzable.
- ¡Lucas! ¡Lucas! - Lo llamó Francisco con preocupación. En esos ojos sólo había locura.
Javier, mientras tanto, se aproximó adonde se hallaba Cecilia. La luz disminuía poco a poco, y el español observó la arena acumulada alrededor de la niña. Parecía que los escombros se habían disuelto gracias a aquella barrera. Era sorprendente. La luz cesó. Cecilia yacía en el suelo, desmayada probablemente por el esfuerzo. Javier respiró hondo, aliviado. Si algo le hubiera sucedido…
- Lucas, Cecilia está viva. Está bien. - Exclamó, tomando a la niña entre sus brazos. Miró de reojo a Maryska, pero la mujer parecía petrificada contra la pared, con los ojos perdidos.
Lucas se volteó a mirarlo y el sentido volvió a él en cuanto vio a Cecilia. Corrió hasta él y Javier le entregó a la niña. Se aferró a ella con desesperación pero con absoluto cariño. Y las lágrimas empezaron a fluir por su rostro, una mezcla de alegría, culpabilidad y nostalgia. Con cada segundo que pasaba parecía desmoronarse más y más.
- Vamos, Lucas. Es hora de volver a los cuarteles. - Murmuró Francisco.
Aquel reencuentro había sido forjado en sangre.
***
Horario: siete y diez de la tarde
Corrió a toda velocidad por los pasillos, intentando mantenerse entre atajos para llegar más rápido a su destino. No había duda en su ser de dónde encontraría uno de los focos de infiltración. Si Lucas se había enterado, como suponía, de la existencia de su hija, nada lo detendría hasta recuperarla. Salvo que él arribara antes. Cuando llegó frente a la puerta que comunicaba con los aposentos asignados a los ucranianos, el distintivo olor a sangre le previno de lo que podría encontrar dentro. Cerró los ojos por un instante, permitiéndose sentir la culpa. Si algo les había sucedido a Dymtrus y a Maryska, justo bajo sus narices, en el lugar donde les había prometido toda su protección… Abrió la puerta. Un huracán parecía haber arrasado la sala. Casi ningún mueble permanecía intacto; más bien, estaban destrozados. Una de las paredes había sido destruida y algunos pedazos de escombros yacían alrededor del lugar. Madera, vidrios y ruinas. Un sollozo sofocado resonó en la sala, que había creído vacía. Avanzó unos pasos en aquella dirección y reconoció a Maryska, temblando por las convulsiones, acurrucada en un rincón. Parecía haber enloquecido por sus movimientos poco coordinados. Con cautela continuó hasta arrodillarse a su lado y tomó su rostro entre sus manos. Aquellos ojos no se enfocaban en ningún sitio, pero se dirigían inconscientemente con más frecuencia al otro extremo de la sala. La ropa de la mujer estaba manchada de sangre, pero no era propia. Por su apariencia, había sido originada al sostener un cuerpo herido.
- Muerto… destrozado… - Susurraba en ucraniano. - Inútil…
Se largó a llorar histéricamente. Un nudo se formó en la garganta de Filldeserp, adivinando qué había sucedido antes de siquiera levantarse y dirigirse hacia el otro extremo de la sala. Desparramado se encontraba el cuerpo de Dymtrus. El gesto de infinito dolor permanecía inmaculado en las facciones reconocibles de su rostro. Les había fallado. El nudo se expandió hacia su estómago y contuvo las arcadas. Irónicamente había sido partícipe de escenas mucho más morbosas, pero nunca nada le había afectado como aquello. Dymtrus no sólo era un aliado, sino que había sido también un amigo. Más allá de su utilidad, había apreciado su compañía, su sabiduría y su personalidad. Y él le había fallado, en lo único que había jurado jamás hacer. Se encaminó nuevamente hacia Maryska. Ahora, lo único que podía hacer en su memoria sería proteger a su querida esposa y vengar su muerte. Chasqueó los dedos y le ordenó al elfo, que apareció a su lado, traerle un fuerte sedante. Cuando regresó, se lo aplicó a Maryska, quien perdió la conciencia al instante. Filldeserp suspiró y le pidió al elfo que la llevara a destino. Se puso en pie y contempló la desolada habitación. No tenía tiempo para lidiar con el cadáver de Dymtrus, pero juró que regresaría luego de la batalla y le daría el sepulcro que merecía. Por el momento, tuvo que contentarse con utilizar encantamientos de conservación sobre el cuerpo y algunos hechizos de protección, para que nadie profanara aquel sitio. Iba a salir de allí cuando otro elfo se apareció a su lado.
- ¡Amo! ¡Amo! - Exclamó la elfa con su voz particularmente escandalosa. - ¡La Ama ha desobedecido, señor! ¡Zeeky le ha fallado, señor! ¡Zeeky no pudo retenerla en sus aposentos!
Parecía que todo iba de mal en peor aquel día. ¿Por qué Hermione había decidido desobedecerle justo hoy? Apretó con fuerza los dientes y los puños, intentando no descargar toda su furia en la elfa, que ahora lloraba y proponía autocastigos cada vez más letales. Quizás debiera aceptar alguno…
***
Horario: siete de la tarde
Cuando Zeeky apareció a su lado y le transmitió la petición de Harry, Hermione estuvo dispuesta a acatarlo. Sin embargo, la elfa continuó hablando y le comunicó la preocupación que todos los elfos poseían por el bienestar de su amo, dado que la Fortaleza se encontraba bajo ataque. Aquello hizo que Hermione revaluara su decisión, sobre todo cuando Zeeky mencionó que varios aurores habían logrado infiltrarse en el edificio, con objetivos desconocidos. No obstante, sabiendo que Voldemort no estaba presente, supuso que el plan de la Orden sería asesinar a Filldeserp, aprovechando la superioridad numérica que les brindaba un ataque sorpresa. No lo iba a permitir. Zeeky le suplicó una y otra vez que no lo hiciera, pero ella le ordenó que abriera la puerta de la habitación. La elfa no pudo desobedecer la orden, aún cuando indirectamente contradecía la de su otro amo, y la congoja de a quién responder pareció matarla. Apresuró el paso una vez en el pasillo. No tenía ningún indicio del paradero de Filldeserp ni sabía exactamente hasta qué nivel de la Fortaleza la Orden había logrado infiltrarse. Pero estaba segura de que debía estar allí, al lado de su esposo y soportando todo aquello que aquella decisión acarreaba en su vida. No estaba dispuesta a que Harry la guardara en una habitación mientras él debía no sólo protegerla a ella, sino también a la Fortaleza y sus aliados, y a sí mismo. Había llegado el momento de demostrar dónde estaba su lealtad, por más que supiera que el dolor que ocasionaría en sus antiguos compañeros la desgarraría. Había elegido estar con Harry, y debía afrontar hasta la última consecuencia. Ahora era parte del lado oscuro, aunque jamás se animaría a luchar contra sus amigos. Pero protegería a la persona que amaba más que a nada en el mundo. Protegería aquel futuro que había elegido, por más egoísta que pudiera ser. Continuó descendiendo. La forma más rápida hubiera sido preguntarle a un elfo la ubicación de Filldeserp, pero temía que éstos tuvieran nuevas órdenes de apresarla. Debía permitir que su instinto la guiara, aún sabiendo que la Fortaleza era enorme y que quizás incluso Harry no se hallara ni dentro de ella. Pero no pudo correr mucho más. Con la varita lista en su mano derecha, volteó a la derecha y tuvo que pararse en seco. A unos meros metros de distancia frente a ella se encontraban Ron, Neville, Ginny y Luna. Durante unos momentos perseveraron sosegados en su lugar. No hubo palabras, sólo miradas. Estaban en lados opuestos, eso explicaba todo.
- Hermione. - Saludó Luna. Su voz no endosaba ni calidez ni frialdad. - ¿Qué hacen aquí? - La pregunta era estúpida, pero fue lo primero que cruzó su mente. - ¿Qué te parece? - Contestó bruscamente Ron. - ¡Venimos a matar a Filldeserp y a rescatarte a ti!
Sintió un gran vacío en el estómago. Aquello ya no era posible.
- Aprecio el esfuerzo, pero no será necesario. - Dijo con toda la calma que pudo reunir. - ¿Alguien más mató a Filldeserp? - Preguntó Ron, sorprendido e indignado. Seguramente tenía grandes planes al respecto. - No, me refería al rescate. - Intentó contestar con indiferencia. - Es mi decisión permanecer aquí. - ¿Por qué, Hermione? - Preguntó Neville, con los ojos brillándole por la pena. - Porque es aquí donde debo estar. - Respondió con una sonrisa débil. - Porque es aquí donde me necesitan. - ¡Nosotros también te necesitamos! - Gritó Ron entre dientes. - ¡Y de una manera que no significa emplearte como un instrumento de guerra! - Nunca significó eso. No pueden entenderlo, pero…
Ginny avanzó unos pasos hacia ella, cortando su discurso. Hermione no se animó a dirigir su varita contra ella, pero no había peligro. La pelirroja la miraba con detenimiento, intentando descifrar algún gran misterio. Sus ojos chocolate parecían haberse nublado y murmuraba algunas palabras por lo bajo, pero sin emplear la varita. La dirección de su mirada se fijó en su vientre.
- Estás embarazada. - Decretó con voz lúgubre. Sus ojos regresaron a la normalidad. Cuatro rostros palidecieron ante la noticia, aunque Hermione no lo hizo de la sorpresa, sino de lo que aquello podía significar para ellos.
Estuvo en lo correcto.
- ¿Permitiste que… ese monstruo… te tocara? - Gritó Ron, con las orejas coloradas. Aquello exasperó a Hermione. - ¡Es mi esposo! ¿Qué pensabas? - ¡Creímos que te había obligado! ¿Acaso te amenazó, Hermione? - Empezó a especular Ron. - Los elementales no pueden copular sin que ambos estén de acuerdo, sin ningún factor de persuasión de por medio, y sin que sean compatibles. - Dijo Ginny, sin apartar sus ojos de Hermione. - Así que es verdad que ella lo eligió.
La estupefacción inmovilizó a sus amigos. Se habían convencido que ella había abandonado a la Orden bajo algún encantamiento o bajo amenaza. Pero no habían querido siquiera contemplar la posibilidad de que ella hubiera optado. El horror en sus rostros, la comprensión de toda la traición, cubrió sus rostros de un sufrimiento que ella había experimentado siete años atrás.
- No sabes lo que has hecho, Hermione. - Murmuró Neville, negando con la cabeza, incrédulo. - Pero aún estás a tiempo de rectificarte. Ven con nosotros. Te protegeremos a ti y a tu hijo… - Aún si tuviera el deseo de abandonarlo, sé que es imposible. Él investigará por cielo y tierra hasta encontrarnos. Y de todas formas, no pienso dejarlo. Esta es mi decisión.
Supo que no había marcha atrás. A partir de allí, era un potencial enemigo. En su vientre vivía el heredero de Filldeserp, la promesa de otro nuevo reino de oscuridad.
- Entonces… - Murmuró Ron con tono fatalista, pero con evidente dolor en su expresión. - Deberemos matarte a ti también.
Una cosa era pensarlo, entender que no había otra posibilidad, pero otra muy distinta era escucharlo de los labios de su amigo. La histeria estuvo a punto de invadirla, pero procuró conservar la serenidad. Era lo lógico. No iba a dejarse matar, tampoco.
- ¡No necesariamente tenemos que matarla, Ronald! - Gritó Ginny. - Podemos… llevarla con nosotros. - ¿Y qué? ¡A largo plazo será lo mismo! - ¡No permitiré que mates a Hermione, y mucho menos a una criatura inocente que ni siquiera ha nacido aún! - ¡Es el hijo de Filldeserp, Ginevra! ¡Es escoria! - ¡No lo es! El prejuicio te nubla el sentido. - Ron, Ginny tiene razón. - Murmuró Neville, pálido y tembloroso. - No podemos matar a Hermione… yo… yo no podría. No estoy dispuesto a quitarle la vida, por más que esté del lado de Filldeserp… debe… debe tener alguna razón para hacerlo… - Son ustedes los que no aceptan la realidad. - Masculló Ron. - Está claro que Filldeserp le ha lavado el cerebro. Hermione nunca haría esto. Y por más que me duela, es nuestra responsabilidad impedir que… la maldición del linaje se extienda… será otro Dark Lord. ¿Por qué no cortarlo de raíz? Será más difícil cuando haya crecido… - ¿No escuchas acaso lo que dices, Ron? ¡Estamos hablando de un ser que ni siquiera ha nacido aún! - Gritó Ginny. Ron avanzó amenazadoramente hacia ella. - ¡Cállate, Ginny! - ¡No me digas qué hacer! - Ron elevó el puño, probablemente para pegarle, pero Neville se interpuso, sosteniendo el golpe con ambas manos. - ¿Acaso no recuerdan? "Separados… somos como Nargles para nuestro propio muérdago" - Recitó Neville, dedicándole una sonrisa a Luna, quien asintió orgullosa. Ambos Weasley respiraron hondo y cruzaron los brazos, como suprimiendo el impulso de pegarle al otro. Luego Neville volteó hacia Hermione. - ¿Podrías… explicarnos, Hermione?
¿Qué podía decirles? Se había enamorado. Había creído en él, había visto aquello que yacía dormido en su interior. Había descubierto a Harry, oculto bajo montañas de cadáveres y recuerdos ahogados. Había visto cómo poco a poco surgía de nuevo a la luz y cómo sus ojos casi negros habían vuelto a ser esmeraldas para ella. Había sido partícipe de distintas reuniones y había aprendido que no todo era negro y blanco. Y sobre todo, había sido testigo de todo el amor que él tenía por ella, y por la criatura que juntos habían creado. ¿Acaso era suficiente para justificar su traición? No lo creía. A sus ojos, sería como una chiquilla, que en cuanto se le otorga lo que desea, no se desprende de ello, no importa qué haya dejado abandonado a un lado, aquello que anteriormente había significado un mundo para ella. Tan sólo sabía que ahora se sentía completa. No sólo ella había ayudado a cicatrizar las heridas de Filldeserp, sino que él también la había sostenido. Sabía que si alguna vez se separaba de él, se sentiría vacía, miserable, vulgar. Lo amaba. Esas dos palabras definían todo. Su pasado, su presente y su futuro. Y el futuro de la comunidad mágica.
- Lo siento, Neville. No hay nada que pueda explicar. - Sonrió con tristeza. - Lo amo. Y si su misión es matarle, pues… - Con toda su fuerza de voluntad y con los ojos bañados de lágrimas, levantó su varita y apuntó hacia ellos. - No puedo permitirlo. - ¿Ven qué tenía razón? - El rostro de Ron se distorsionó por el enojo. - La ha convertido en su arma perfecta. Su marioneta personal. Ya no es nuestra Hermione. - Nunca fui su Hermione. - Replicó ella. Ron respiró hondo. - Que así sea, entonces. - Y antes que alguno de los otros tres pudiera detenerlo, ya había lanzado el primer hechizo.
Hermione conjuró un protego y retrocedió unos pasos. Examinó el escenario de duelo, cerciorándose de todas las debilidades del lugar. El pasillo era amplio, pero no dejaba de ser un pasillo. También tenía el límite en el empleo de la magia, dado que últimamente el bebé parecía estarse alimentando demasiado de su magia y por lo tanto la había despojado de la mayoría de sus reservas. La única posibilidad restante era su elemento. Agradeció que Harry la hubiera entrenado tan eficientemente para esta ocasión. Se permitió un segundo, donde quiso transmitir todas sus disculpas y su pena a sus antiguos amigos. Pero ese ya no era el momento. Un abismo los separaba. Accionó su elemento. Éste le envolvió y luego se desprendió, avanzando hacia los aurores, que debieron deslizarse hasta las paredes para evitar el ataque directo. Ron fue el único que se movió hacia ella, lanzando hechizo tras hechizos y acercándose cada vez más. Con el viento, Hermione desvió cada uno de los ataques, con cuidado de no derribar las paredes. No se permitió retroceder y sostuvo su posición.
- Nunca creí que debería luchar contigo. - Dijo Ron, forzosamente sonriente.
Hermione asintió. Ella sí se lo había imaginado. Ron se aplicó un encantamiento, que provocó que muchos otros Ron aparecieran, casi rodeándola por completo. Ella chasqueó la lengua; era tan típico de Ron jugar con las ilusiones ópticas. Los siete Ron la apuntaron con la varita y conjuraron un expelliarmus. No hubo escapatoria, por más que intentó bloquear cada uno de los siete. Su elemento no la cubría trescientos sesenta grados. Su varita fue desprendida de su mano. Casi lamentó la pérdida.
- ¿Y ahora qué, Ron? - Preguntó Hermione, permitiéndose cierto tono petulante, exhibiendo su elemento.
Los Ronald apretaron los labios. Fue escalofriante ver la acción repetida tantas veces. Entonces, un brillo pícaro llegó a aquellos ojos azules. Alguna idea maravillosa, seguro. Hermione entornó los ojos. Los siete Ron corrieron simultáneamente hacia ella. Envió ráfagas cortantes hacia los siete, pero ninguno se detuvo, a pesar que una y otra vez sus brazos se rajaban y la sangre empezó a marcar su recorrido. Estaba claro que Ron había detectado su punto débil: el ataque físico, cuerpo a cuerpo. Puso mayor fuerza en el viento, intentando arrojar al pelirrojo lejos de ella, pero éste había elevado una poderosa barrera que le sirvió de escudo mientras avanzaba. En pocos segundos la tuvo a su alcance y la tiró de bruces al suelo, reteniéndola allí por la espalda. Sólo quedaba un Ron, jadeante y sangrante. Y Hermione moriría allí. Quizás Filldeserp había tenido razón. Debería haber permanecido en sus aposentos…
- Lo lamento en verdad, Hermione. - ¿Qué es lo que lamentas, Ron? - Escupió sin ser capaz de controlarse, a penas capaz de respirar. - ¿Haber matado a mi padre? ¿Haber provocado la muerte de mi madre? ¿O mi próxima muerte?
Todos se convirtieron en piedra ante aquella acusación.
- ¿De qué hablas? - Preguntó Ron. - No te hagas el inocente ahora, Ronald. Ya sé que fuiste tú. Cobarde, temiste por tu vida… casi como Colagusano… apreciaste más tu cuero que el de tus amigos. - Susurró, repleta de una cólera que no había sabido que tenía. - Y tienes el descaro de llamar a Harry traidor. - Hermione… ¿de qué hablas? - Preguntó Ginny, marchando paulatinamente hacia ellos.
No le creerían. Y Ron no estaba dispuesto a admitir nada. Qué desfachatez.
- Debe ser alguna mentira que le ha suministrado Filldeserp. - Dijo Ron, frunciendo el entrecejo.
Todo era culpa de Filldeserp a los ojos de Ron. Quizás también lo culpaba por haberse caído mientras intentaba aprender a caminar de infante.
- ¿Vas a matarla? - Preguntó Neville, manteniéndose lejos, como si eso lo librara de la responsabilidad. - Sí. - Respondió Ron con convicción, apoyando la punta de la varita en su cuello.
Extrañamente, Hermione no sintió miedo ante aquella declaración. Su mente estaba en blanco y ya no le quedaban fuerzas para luchar. Cerró los ojos, dispuesta a encontrarse con su final, lamentando no poder decirle a Harry cuánto lo sentía.
- No lo creo. - Murmuró una voz fría, que le pareció extremadamente cercana.
Entonces escuchó un golpe seco y la presión contra su cuerpo desapareció. Unos fuertes brazos la levantaron del suelo y la colocaron detrás, pero sin soltarle la mano, mientras alguien se quejaba. Abrió los ojos y se halló con el sombrío pero intenso rostro de Harry. A unos metros, descansaba Ron en el suelo, con una mano en la nariz. Una sonrisa macabra cobró forma en el rostro de Harry.
- No podrás decirme que no te lo merecías, Ronald. - Cretino. - ¿Quién era el que estaba dispuesto a asesinar a Hermione, Ron? - Dijo Harry de manera retórica. - Por temor… ¿a qué? A un ser que ni siquiera ha nacido… ¿o acaso te duele más la… traición? - Escupió la palabra. - No podías perdonarla, aún después de todo lo que ella sacrificó por la Luz… no podías concebir otro final que la muerte. ¿Debería yo considerar otro final para ti, Ronald? - Harry, por favor… - Susurró Hermione, apretando su mano.
Él se volteó a mirarla y ella intentó transmitirle lo que deseaba sin palabras. Pareció cabizbajo al interpretar su expresión, pero le sonrió débilmente. Los miembros de la Orden permanecieron en silencio, siendo testigos de un diálogo en un idioma lejos de su comprensión.
- Quizás sea hora, Ron, de que descubras la verdad sobre ti mismo. - Murmuró Harry, desprendiéndose de su mano y avanzando hacia el pelirrojo. - De que empieces a juzgarte, mejor, a ti mismo, antes que a los demás.
Ron no se pudo mover. Harry se inclinó frente a él y lo miró fijamente a los ojos.
- No puedes seguir escapando de ti mismo. ¡Legilimens!
Hermione contempló cómo Ronald se retorcía de dolor bajo la vehemente fuerza mental que Harry ejercía sobre él. Neville, Ginny y Luna estaban estáticos, sin saber qué hacer. Continuaron así unos segundos, compartiendo el sonido de los gritos de Ron. Harry no debía de estar siendo muy gentil en su trato con las diferentes capas de la mente de su antiguo amigo. Hermione tan sólo esperaba que tuviera el suficiente autocontrol como para no destrozar la mente de Ron en el proceso. Finalmente, Filldeserp se puso de pie y los gritos de Ron cesaron. Ahora sólo jadeaba y se agarraba la cabeza con ambas manos, meciéndose.
- Ronald Weasley asesinó al padre de Hermione aquel verano antes de nuestro séptimo año. Voldemort lo había engañado hasta tenerlo entre sus dedos. Le había ofrecido su vida a cambio de ese… favor. - Dijo Filldeserp, su mirada posada fríamente en el trío. - Él aceptó. Luego, me acusó a mí del asesinato, y empezó poco a poco a convencerse de que era la verdad. Las memorias de todo el suceso yacían en su inconsciente. - El tono de voz de Harry se había tornado cada vez más feroz mientras progresaba su discurso. - Por supuesto, mientras tanto toda la Orden comenzó a sospechar y a desertarme. ¿No fue un plan nítido, absolutamente propio de Lord Voldemort? - Harry soltó una carcajada, que resonó en el sigiloso corredor.
Todos, incluso Hermione, habían palidecido. En su risa había una vibrante consternación, que escondía culpa, dolor, soledad, ira. Ella quiso avanzar hasta él, pero algo la detuvo. El aura oscura que lo rodeaba le era ajena. Era la muestra de un sufrimiento crudo, que aún no había sido totalmente comprendido ni observado. Era… el dolor de un fracaso. Ginny temblaba, Neville había caído de rodillas al suelo, casi apoyando la cabeza en la superficie. Luna vacilaba, caminando hacia Ron lentamente. Hermione sentía que se había convertido en piedra, y Harry reía, vacío, desconsolado. Eran la imagen de una amistad destruida, y que sin embargo, en aquel instante, todos parecían estar unidos. Entre muerte, tortura y guerra… perteneciendo en bandos distintos, Hermione tuvo la sensación que ya no importaban los ideales. Allí, volvían a ser niños inexpertos, ingresando a Hogwarts, a un mundo de inmensas posibilidades… allí todos sentían la derrota, la desilusión de aquellos niños, de aquellas personas que habían sido. La risa concluyó. Ron abrió los ojos y dirigió su mirada hacia Hermione. Había tanto arrepentimiento, tanta culpa en sus ojos, que ella ya no pudo contemplarlo más. Desvió la mirada, huyendo de más dolor.
- Hermione… lo lamento. No sabes cuánto lo siento… - Susurró Ronald, un sollozo escapándose de sus labios.
Quiso taparse los oídos y dejar de escuchar. Retrocedió, llorando ella también, absolutamente quebrada ante la verdad. Ron se puso temblorosamente de pie y tambaleó hacia ella. Deseó poder tocarla, abrazarla, descargar todo lo que sentía. Pero Filldeserp se interpuso en su camino, su rostro repleto de desdén.
- Ella no quiere tener nada que ver contigo. ¿Acaso no te das cuenta? - ¡Córrete! - Gritó Ron, fuera de sí. - ¡Esto no te concierne! - ¿Ah, no? - De nuevo esa risa vacía. - Aún si no hubiera sido uno de los implicados, me concierne lo que le cause dolor a ella. - ¿Qué te importa a ti? ¡Si tan sólo la utilizas! - ¡Cómo te atreves! - Gritó Filldeserp, y Ron se estrelló contra una pared. Luna chilló y corrió hacia él. - Muévete, Lovegood. - ¡No! - Exclamó. - ¡Detén esta locura, Harry! - ¡MUÉVETE!
Una fuerza mágica la obligó a correrse. Pero su fuerza de voluntad venció y se deshizo del agarre, interponiéndose entre la maldición lanzada por Filldeserp y un Ronald aturdido. Una herida profunda se abrió en su pecho, donde había recibido el impacto. Cayó de rodillas al borde de la inconsciencia.
- ¡Luna! - Chilló Ginny, corriendo hacia ella, sosteniéndola y examinándola. - ¡Necesita atención médica urgente! - Harry, por favor… - Musitó Hermione, acercándose a ellos. - Permíteles salir de la Fortaleza. - Él la fulminó con la mirada, transmitiendo su frustración. - Por favor. - Él cerró los ojos y suspiró. - ¿Tienen trasladores? - Preguntó, hastiado por aquella muestra de misericordia inmerecida. Ginny asintió con desesperación. - Entonces a partir de ahora disponen un minuto para activarlos.
Ginny no dudó y desapareció junto con Luna. Neville agradeció y desapareció. Ron permaneció un instante, observando a la pareja. Hermione había rodeado la cintura de Filldeserp con sus brazos, agradeciéndole. Vio cómo los ojos de él brillaban frente a la sonrisa de ella, y cómo se inclinó para besarla en los labios.
- Lamento… todo lo que hice, Hermione… - Susurró Ron, sobrecogido por aquella imagen de amor y protección. - … Harry.
Ellos le miraron. Hermione le sonrió, expresando su perdón. Harry, en cambio, no alteró sus facciones.
- Vete ya, Weasley. Desgastas segundos. - ¿Qué sentido tiene ya? Desgasté una vida. - Contestó, pero de todas formas desapareció.
***
Horario: siete y media de la tarde
Remus hubiera preferido no tener que participar en el ataque, pero el compromiso frente a la causa se había impuesto. En gran medida, tenía miedo de no poder volver a su hogar, donde sabía que Tonks y la pequeña Hannah lo esperaban; lo necesitaban. Ahora, después de haber experimentado una vida de abandonos y decepciones, no estaba dispuesto a convertirse en una ausencia para Hannah. El mundo era demasiado hostil. Quizás no había suficiente inocencia allí como para poder ilusionarse. Pero su perspectiva cambió ante esta nueva oportunidad para apostar por la luz, por el bien. Por esa misma oportunidad, que debía defender y proteger, había accedido a acudir y ser parte de las filas de la Orden en el campo de batalla. Había sido un testigo tácito de la habilidad de los expertos en runas del Ministerio, a los cuales la Orden había podido reclutar para aquel insólito ataque, cuando habían desmontado las barreras que sostenían la ilusión de invisibilidad sobre la Fortaleza de la Orden Tenebrosa. Incluso había quedado rezagado al cederle el paso a los aurores que habían venido, no sólo del ministerio local, sino de los países aliados para desequilibrar la balanza de poder. Algunas criaturas mágicas, como los centauros, también estaban presentes. Era un gran despliegue de magia y apoyo, que Remus no había presenciado en muchos años. Era palpable la ansiedad, pero también la adrenalina, pues era la primera vez en aquella guerra que el bando de la luz tomaba la iniciativa en terreno enemigo. Cuando habían avanzado lo suficiente como para divisar con claridad las altas torres de aquella magnífica edificación, también se percataron de las sombras que se ceñían en ese inmediato horizonte. El elemento sorpresa había estado, pero la Orden Tenebrosa evidentemente había conseguido agruparse y armar un frente sólido. Allí estaban a la espera los mortífagos, los vampiros, los licántropos y demás aliados. Aún en la lejanía, Remus podía inhalar la esencia de magia negra que los rodeaba, vibrando con inusitada enjundia; aquella esencia que, aunque siempre había renegado, aún existía en él y lo convocaba a ser parte, sin importar la fase lunar. Entumecido, contempló la sucesión de hechos como espectador de una obra teatral. A una prudencial distancia de la Fortaleza, la Orden Tenebrosa no les permitió mayor recorrido. La figura de Filldeserp se había adelantado a sus aliados y les había anunciado, con voz firme y gélida, que no habría misericordia en aquella contienda; que se habían condenado al fracaso. El bando de la luz no retrocedió, pero la ansiedad aumentó. Quizás algunos habían fantaseado con los rumores de la debilidad de Filldeserp y habían creído que podrían vencer sin encontrar mayores desafíos. Pero, aunque humano, él era un Dark Lord. La debilidad no sería un rasgo evidente en su apariencia. Para Remus, no obstante, aquello constituía su primer encuentro con el cadáver viviente de lo que había sido Harry Potter. Su corazón latió con ímpetu, porque sabía que el pasado lo había alcanzado al fin. El inicio de la batalla fue confuso. Los bandos se mezclaron y la noche se iluminó por las maldiciones, los encantamientos, los maleficios. Ensordecido por el ruido arrollador de los gritos de dolor, los pedidos de ayuda, las exclamaciones perdidas entre duelo y duelo, se fue movilizando por inercia, hacia donde sus pies lo arrastraban. Sus pies respondían a una llamada de necesidad. Ignoró a varios contrincantes que fácilmente podría haber vencido y prescindió de precaución en los duelos en los que se vio forzado a formar parte. Sus sentidos estaban colapsados; aún la desesperación o la adrenalina no eran suficientes para quebrar su estupor. Hasta que finalmente se halló a pocos metros de Filldeserp. Sus recuerdos no explicaban la existencia de aquella persona, pero aún así, comprendió que precisaba comprobarlo. Durante minutos simplemente lo observó, como había hecho en su momento durante la batalla en Hogwarts, porque la transformación era sorprendente. La pasión en sus movimientos, la velocidad, la precisión, incluso la letalidad de sus ataques, demostraban los frutos de siete años de entrenamiento. Ya no era un estudiante sobrepasado por las circunstancias; era un hombre consciente de su elección y de la gente que dependía de él. Coordinaba a sus súbditos, en ocasiones, sin necesidad de palabras. Una mirada bastó para que Anthony se alejara de su lado y ayudara a una mortífaga que luchaba con otros tres autores. Allí estaba la fuerza de la magia oscura que había sentido antes. Podía entender cómo vampiros con centurias en la Tierra habían acudido para aliarse con él; incluso Remus, cuyo lobo se hallaba subyugado, sentía el deber de reverenciarlo, de aceptarlo como líder. Era increíble, inconcebible, que un hombre pudiera concentrar tanto poder, tanta intensidad. Habiendo vencido a otro auror, Filldeserp se volteó hacia su dirección y finalmente lo vio allí, estático. Su rostro no alteró expresión, pero su cuerpo no tomó inmediatamente una postura agresiva. Con irónica amargura, Remus quiso poder creer que el pasado también lo había conquistado a él, al gran heredero de Lord Voldemort; que en su rostro demacrado, quizás él pudiera ver también los fantasmas de sus padres desterrados, de su padrino y de tantas personas que habían muerto en la esperanza de su salvación. Pero querer no era suficiente; ya no podía creer en la redención.
- Lupin. - Saludó Filldeserp, alzando una ceja. - Profesor Lupin, qué extraordinario reencuentro. - Harry. - Replicó él, porque el seudónimo hubiera sido forzoso. - ¡Remus! - Exclamó una persona detrás de Filldeserp, que luego pudo distinguir que era Hermione.
Le sorprendió el gesto de resguardo que hizo entonces el mago oscuro, al extender su brazo e interponer su cuerpo entre el de ella y él, obviamente creyendo que su objetivo sería ella. Su varita, que hasta entonces había permanecido inanimada en su mano, le apuntó con determinación, pero Remus no se movió.
- No le hagas daño, Remus nunca te atacaría. - Escuchó que murmuraba Hermione. Sus ojos castaños lo indagaban, como buscando una reafirmación de lo dicho.
Lupin estaba perplejo: Filldeserp había vuelto a declinar la varita, aunque la desconfianza en sus ojos verdes estaba presente. Un recuerdo de Harry y Hermione en su tercer año en Hogwarts, donde ella siempre había procurado razonar con él, le hizo entender que siempre había creído, después de todo. El odio ya no predominaba allí; lo que le daba fuerza a la oscuridad en ese instante era un sentimiento totalmente opuesto. Era una extraña huella de fraternidad. Por eso aquellos hombres y mujeres estaban dispuestos a morir por él: porque él estaba dispuesto a morir por ellos; en especial, por ella. La respuesta era tan simple, tan cercana, tan ordinaria, que parecía incluso una parodia en aquel lugar, con aquella sangre derramada, con aquel futuro incierto. Pero sólo él podía verla, y por lo tanto, sólo él podría juzgar lo que posteriormente sucedió.
Filldeserp había retornado a los duelos, pero Hermione había permanecido un único instante más enfrente de él, intentando expresar algo redundante con su mirada. Segundos después, una exclamación de desconcierto y de urgencia dio alerta a una traición. La mortífaga a la cual Filldeserp había acudido a socorrer había cambiado la dirección de su varita y la había dirigido a su propio líder. El rostro de él se había crispado de desdén, pero no de incredulidad. De ella, sólo pudo diferenciar unos cabellos rubios antes de que un Avada Kedavra rompiera el orden establecido. En un instante, todo explotó. La maldición imperdonable letal, con destino a Filldeserp, fue interceptada por Hermione, quien cayó inerte en los brazos de su esposo. Remus juraría después que todo se detuvo hasta que un bramido desgarrador surgió del mismo Filldeserp, quien se dejó caer de rodillas al suelo. Su mejilla izquierda había cobrado súbitamente la apariencia de carne muerta, quemada. Un miedo muy peculiar provocó estremecimientos en Remus. Algunos miembros de la Orden se replegaron frente a la aparición de Dementores, incluso los mismos mortífagos parecían paralizados, sin comprender qué pasaba o de dónde habían manado. Él, no obstante, avanzó hacia Filldeserp. Con facilidad en ese momento podría haberlo asesinado y concluido con la guerra. Pero aquel cuerpo se convulsionaba, quizás por el sufrimiento que no se permitía expresar en llanto, rodeado en un fuego elemental que no agredía. Aquel cuerpo se había quedado sin respuesta, pero Remus no encontró el valor como para despojarlo de la pregunta. Un dementor se aproximó a ellos. El licántropo se predispuso a lanzar un patronus, pero sus pensamientos eran muy foscos y sólo obtuvo nubosidad.
- Remus… - se giró y vio a Filldeserp de cuclillas, con una mano en el cuello de Hermione. - ¿Podrías utilizar tu traslador y llevarla a tu sitio? Yo me encargaré de los dementores.
Quizás como garantía de su promesa implícita, se puso de pie, extendió la varita y exclamó el encantamiento que él mismo, Remus Lupin, le había enseñado hacía doce años. Pero, en contraste con aquellos tiempos, el patronus no resultó ser un ciervo, sino una nutria, que deshizo al dementor en una arremetida. Remus se inclinó entonces sobre el cuerpo de Hermione, tomó su mano fría y activó su traslador, con la memoria latente de aquello redundante que ella le había comunicado antes de sacrificarse. Un futuro imposible.
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