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Laguna Estigia » Capítulo 12 - Tercera Parte
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Laguna Estigia (R13)
Por Parvati
Escrita el Domingo 1 de Agosto de 2004, 17:38
Actualizada el Martes 29 de Junio de 2010, 10:54
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Capítulo 12 - Tercera Parte

***


En aquella infinita red de tinieblas, las criaturas se deslizaban y vagaban sin rumbo. Bajo tales restricciones, se confundían colores que simulaban sangre y sólo más angustia. El aroma dulce que estaba siempre impregnado en aquellos tejidos hablaba de muerte, de sacrificios, de oportunidades perdidas.

Armas filosas abstractas que rajaban y causaban heridas hondas en una carne poco material. Ninguna sustancia rojiza brotaba de ella, sino simplemente más oscuridad. Los rasgos se deformaban y se perdía noción de los límites; dónde empezaba y dónde terminaba el territorio, y quién era quién. Las esencias se mezclaban con un frenesí inalcanzable para los mortales, y que tampoco podían llegar a idear en sus mentes.

Nadar en un mar de sombras era la vida de aquellas criaturas. Era una vida tediosa, pero que ellos adoraban de todas maneras. Allí la magia nacía y perdía sentido. Allí la magia moría y adquiría dimensión…

Luces que ayudaban a propagar las tinieblas. Luces que se teñían de matices cerrados y grises. Luces que ya no tenían dueño ni destino. Luces que se camuflaban en las profundidades de aquel océano eterno, perdidas, absorbidas por un enemigo que era invencible, mucho más fuerte que todas aquellas luces juntas.

La Muerte, donde ya no había tiempo, donde ya no había destinos, donde ya no había nada… más que almas rotas por heridas incurables.

Ella sabía reconocer a cada uno de sus Niños. Cuidaba de ellos y los mimaba. A algunos más que a otros. No obstante, siempre sus Niños estaban contentos con ella y acataban cada uno de sus mandatos. No había envidia ni rencores. Sólo la reconocían a ella, porque en el abismo perdían identidad.

Por eso le extrañó cuando detectó en una de las orillas intangibles a uno de sus Niños con una conciencia, con una magia y un alma inmaculada. Todo eso le daba una identidad, un destino, un sentido. Y ninguno de sus Niños poseía eso. Le pertenecían a ella y a nadie más. Eso les tenía que alcanzar para sentirse satisfecho con ellos mismos. ¿Quién no querría ser sirviente de la Muerte? ¿Quién deseaba presentarse ante ella como un individuo independiente? ¿Acaso anhelaba rebelarse contra ella y quitarle sus Niños?

Furiosa con aquel Niño desobediente, se dirigió velozmente hasta aquella orilla. Al llegar, se percató que el Niño la había estado esperando, paciente, sin miedo. Eso empeoró el humor de la Muerte, ya que nunca antes nadie había osado desafiarla. ¡Cuánto le dolía que uno de sus Niños fuera el primero!

Extendió su mano viscosa para arrancarle el alma, sin embargo el Niño se resistió y mantuvo la calma, no permitiéndole ni siquiera saborear su esencia en la superficie. ¡Nadie había resistido nunca su encanto! ¡Mucho menos uno de sus Niños!

Indignada, se lanzó contra el Niño, quien la atajó y la mantuvo firme en sus brazos. Sus rostros nublosos se hallaron frente a frente, y entonces fue cuando la Muerte contempló por primera vez dos ojos de un verde esmeralda inoxidable. Ninguno de sus Niños tenía ojos, mucho menos tan preciosos. Deseó fervientemente poseerlos, sustraerlos de aquella carne y guardarlos en alguna cajita en lo recóndito de su Reino, para maravillarse con ellos cuando quisiera. Aquel Niño no tenía derecho a tenerlos. No valía aquellos ojos. Tenían que ser de Ella.


- Las estrellas me guiaron hasta aquí, mi Señora


No le prestó atención. Había quedado absorta con aquellas Esmeraldas. Quizás podría combinarlas con los hilos dorados que sustraía de algunas almas bondadosas o podría situarlas en una placa de plata forjada por sus Niños, con aquellas luces que danzaban en su océano…


- Me gustaría entablar un diálogo con Usted. O por lo menos, alguno de sus súbditos…


¡El Portador de sus Esmeraldas se había atrevido a nombrar a sus Niños! Estaba segura: quería separarlos de Ella, quería secuestrarlos. Pero maldita sería ella si accediese a que sus protegidos fuesen maltratos de tal forma. Maldita sería ella si perdía a sus Niños…


- No te acercarás a ninguno de ellos, Portador de mis Esmeraldas. Si lo haces, me encargaré personalmente que nada quede de tus Ojos, aún aunque me pese.
- No me arrimaré a ellos, entonces. ¿Está dispuesta a platicar conmigo?
- Por supuesto. Pero nada es gratis, aún en vida.
- ¿Qué desea, mi Señora, a cambio de sus palabras?
- ¿Qué estás inclinado a darme, Portador de mis Esmeraldas?
- No hay carne, no hay magia, no hay alma que vaya a saciar su sed. Nada que yo posea en mi cuerpo mortal puede resultar de gran valor para Usted, mi Señora. Y sin embargo, aquí me presento, aceptando el precio que quiera colocar a sus palabras. Incluso aunque no lo pueda acatar en mi vida mortal.
- Mi precio no es tan alto, Portador. Tus Esmeraldas.
- ¿Cuándo mi vida mortal culmine?
- Correcto. Ten en cuenta que eso puede ser en cualquier momento a partir de este Pacto… cuando mi deseo de tenerlas sea mayor que mi preocupación por tu sentido.
- Si las estrellas me guiaron hasta aquí… es porque quieren que este Pacto sea sellado. Lo acepto, mi Señora.


El Portador dejó de sostenerla y ella pudo retirarse unos pasos. No obstante, volvió a aproximarse; su mano acariciando el rostro del Portador casi con estima. Una mancha negra cobró forma en aquella piel, una marca imborrable del contacto con la Muerte. En un futuro, se trataría de carne muerta. Por el momento, era sólo un signo de posesión, un signo de aquel Pacto.


- Ansío el momento en que te conviertas en uno de mis Niños. – Susurró, casi inconscientemente. – Cuidaré de ti como uno de mis más valiosos Niños…
- ¿Cree que los Jueces le consentirán la posesión de mi alma? – Murmuró el Portador, con un toque sincero de aprensión. Nadie podía resistirse a su encanto, lo sabía. Todos terminaban deseando ser parte de su gran Familia.
- Si no me la otorgan, me encargaré de derribar cada una de las paredes de su reino. Oh, tanto tiempo llevo deseando tener una excusa para ampliar mi reino sobre las Lagunas… - Sostuvo entre sus dedos los cabellos negruzcos del Portador mientras volvía a admirar aquellas esmeraldas. - ¿Qué es aquello que deseabas tan vehementemente hablar conmigo, futuro Niño mío?


Las esmeraldas destellaron especialmente en aquel momento, y la Muerte se enamoró de ellas de nuevo. Deseó poder repetir la pregunta para volver a observar su brillo rejuvenecido. ¡No era justo que aquellos mortales pudieran admirar aquellas esmeraldas cotidianamente y Ella no! Estaba destinado a ser uno de los suyos, lo sabía. Los Jueces lo habían creado como un regalo a Ella, sí…

Maldita sería ella si lo rechazaba.


***


Cuarteles de la Orden del Fénix
17 de noviembre de 2004
Horario: Seis y veinte de la tarde



Desesperanza.

Eso era lo que inundaba el aire que se respiraba en las habitaciones de los Cuarteles. Caras caídas y cuerpos cansados. Aurores que llegaban de sus deberes en el Ministerio cinco horas después de lo debido. Medimagos cuyos tiempos no alcanzaban para salvar todas las vidas que quisieran. Políticos, que no lograban alcanzar el poder para orientar mejor al Ministerio. Contactos en el exterior que se desvanecían. Personas que traicionaban o desaparecían…

No era nada fuera de lo común, y aún así Ginny sentía que de repente, el mundo se les estaba cayendo encima. Cada rostro ojeroso era testigo del sacrificio inhumano que estaban realizando por saldar una cuenta de carácter infinito.

Los ataques no habían cesado. Pero lo peor no era eso, sino el conocimiento de que para los Dark Lords, sólo significaban un entretenimiento para sus tropas hasta el golpe final. Como si se tratase de un juego, el número de víctimas de aquella guerra iba en aumento día a día, y a un paso descarriado.

Aquella madrugada ella misma había recibido bajo su tutela a una beba no mayor de dos años. Aquellas bestias humanas que se hacían llamar Mortífagos le habían amputado una pierna y un brazo, además de haber lesionado sin recuperación posible sus ojos. Había muerto pocos minutos después en sus brazos, por la enorme pérdida de sangre y el sufrimiento desalmado que había destrozado las células neuronales de la pequeña. Nada había podido hacer para ayudarla.

Impotencia.

Había aprendido a aceptar las injusticias de la vida a través de su profesión. Le había costado años mentalizarse, y aún así su humanidad lloraba por cada ser que perdía la vida, la oportunidad de ser, de manera tan brutal. Había visto cosas horripilantes; toda clase de mutilaciones, venenos, enfermedades letales. Sin embargo, nunca había perdido la fe en la vida y en su hermosura. Cada vez que uno de sus pacientes fallecía, sollozaba con auténtico pesar, por todos esos momentos perdidos. Incluso lo hacía para que aquella alma que había abandonado el plano mortal pudiera encontrar consuelo, y que por lo menos hubiera un alma que le acompañara en su dolor.

Familias destrozadas.

Así la había hallado Neville aquella tarde, acurrucada en un sillón en un rincón de una sala, llorando desde lo hondo de su pecho. Su amigo no había dudado en acercarse y abrazarla, para luego permanecer a su lado, meciéndola y murmurando palabras reconfortantes en su oído.

Se aferró a él, a su pureza, a su alma tan noble. De aquel hombre se había enamorado, y estaba satisfecha con la elección de su corazón. Hubiera deseado que aquella beba hubiese vivido lo suficiente como para conocer a ese hombre y descubrir que en la vida, también existían cosas buenas. No sólo sangre. No sólo dolor.

No sólo soledad.

Ahora el auror acariciaba su mejilla, retirando las lágrimas. La observaba con cariño, con aquel brillo distintivo en sus ojos marrones, y le prestaba toda su atención, todo su cuidado. Casi se sentía niña de nuevo, inocente y feliz, en los brazos de su madre. Pudo imaginarse lejos de allí, en un país soñado, donde todo fuese de colores pasteles y estuviese rodeada de las personas que más quería en el mundo. Podía visualizar el día soleado, el parque donde solía jugar de infante, aquellos rostros y aquellas sonrisas hacía tanto perdidas… casi podía escuchar sus voces, llamándola, y aquellos aromas dulces…

Pero su madre estaba muerta, al igual que la mayoría de sus hermanos. Aquel país soñado se quebró y recordó que vivía en una ciudad lúgubre, donde casi todos los días las nubes grises ocultaban el sol y donde ya no se oían más voces. Sólo gritos de angustia y muerte. El aroma predominante era la sangre y las sonrisas eran gestos desconocidos, aunque no tanto como la piedad y la compasión.

No obstante, la vida era bella. Estaba segura de ello.


- Nev… la vida es bella, ¿verdad? – Susurró, ensimismada.


El joven la miró tan perplejo que se sintió culpable de haberle preguntado tal cosa. Había sido un momento erróneo para formular su pregunta y se apresuró a disculparse. Pero Neville no aceptó sus disculpas y, en cambio, la tomó del mentón y elevó su rostro para que sus ojos se encontrasen.

Porque no quería que ella dudase de su sinceridad.


- Sí que lo es. Tiene cosas tan maravillosas… amistad, amor, familia… los sentimientos. Sí que son preciosos. – Murmuró. A Ginny le tembló el labio inferior.
- Entonces, ¿por qué ahora lo veo tan triste? – Los ojos de Neville sólo reflejaban ese abatimiento.
- Porque no es perfecto. Pero… es bella, por más que se esmeren en destruirla… la vida persistirá.


Ginny bajó los ojos, ahogada en emociones frustrantes. Hubiese deseado que belleza fuese sinónimo de perfección. De esa forma, la beba no hubiera muerto.


- ¿Crees ser capaz de abrazar a la vida? – Le preguntó, aunque era más una pregunta para ella misma que para él.
- ¿No lo estoy haciendo ya? – Neville le sonrió débilmente y aumentó la fuerza de su agarre, mientras Ginny se dejaba animar por aquellos brazos.
- ¿Y crees ser capaz de besar a la vida? – La Weasley centró sus ojos en los de Neville y le sonrió con esperanza vibrante en su corazón.
- ¿No lo estoy haciendo ya? – Murmuró él al mismo tiempo que se inclinaba y juntaba por primera vez sus labios con los de ella.


Fue un beso suave y franco, espejo de aquellos sueños que estaban sepultando y de aquella vida que estaban envolviendo. Las manos de Neville viajaron dóciles por su rostro y Ginny sintió que una nueva calidez atiborraba su cuerpo. Le devolvió el espíritu y el brillo a sus ojos.

Le devolvió las fuerzas para comprender que la beba se había ido, pero que ella aún estaba allí. Ella aún podía vivir en su honor. Ella aún podía contemplar la belleza del mundo y dedicársela. Ella aún podía compartir su amor y podía infundir sonrisas en los rostros de los que más quería… por más limitado que fuese el número.

Podía ser origen de nuevas esperanzas, de nuevas vidas, de nuevos mundos. Y quizás, algún día, podría relatárselo todo a aquella beba sin nombre cuando la visitara en aquel país soñado, que ya no creía tan inalcanzable.

Londres ya no parecía tan sombrío.


***


Fortaleza de la Orden Oscura
22 de noviembre de 2004
Horario: cinco y cuarto de la tarde



Habían sido semanas complicadas para Hermione, si bien no se quejaba porque hacían de sus días toda una aventura; lo había extrañado en el mes bajo la tutela de Filldeserp y el mes de “recuperación” con la Orden… su alma entendía los riesgos sobre todo por su autodeterminación a convertirse en aurora, aunque ahora le sirviera de poco entre tanta diplomacia.

Había formado parte de dos reuniones elementales, que habían revivido su curiosidad. Eran una cultura aparte. Filldeserp los había acomodado en una inmensa mesa redonda, como si fuesen los caballeros de rey Arturo. Luego, tras preguntarle la razón de tal organización, Filldeserp le había indicado que era algo obligatorio entre elementales. Hablaba de igualdad, de la capacidad de expresarse por uno mismo y a quien quisiese dirigirse, y no sólo al anfitrión de la mesa.

De un lado, habían quedado los ya aliados del Filldeserp y del otro, a los que convencerían eventualmente.

Su sorpresa había sido enorme cuando se encontró con Alice, aquella despreciable mujer, en su lado izquierdo. No tardó demasiado en descubrir sus dotes de elemental de agua. A su derecha tenía a Filldeserp, que a su vez estaba al lado de un hombre de aspecto tosco, pero hacía tiempo Hermione había comprendido cómo leer aquellas máscaras, y reveló un hombre amable y extremadamente cariñoso con su hija, quien estaba sentada a su lado, balanceando sus piernas y mirando todo con los ojos abiertos de par en par.

Era un extraño círculo de cuatro personas, pero a excepción de Alice, llegó a entablar un vínculo amistoso con los otros dos. Sheila era una niña simplemente adorable, que a su vez le hacía pensar en alguien, mas no podía identificar en quién. Su excelente capacidad como elemental y su voluntad para aprender a ejercerla eran sin duda admirables, especialmente dada su edad.

Dymtrus, por su parte, la había estado estudiando gran parte de la reunión sin intercambiar palabra alguna con ella, y al finalizar su examen y la reunión, se había acercado y le había dicho, con la voz franca y orgullosa:


- Lord Filldeserp ha realizado una excelente elección. Bienvenida, milady. – Se había inclinado en una reverencia de lealtad típica entre elementales.


Hermione se había sonrojado, no obstante pudo responderle con el gesto correcto de mutuo respeto y prosiguió a conversar con el ucraniano, de quien aprendió datos bastante interesantes.

Respecto a los otros elementales, las reuniones habían sido duras y largas. La mayoría eran adversos a la alianza por el mismo Filldeserp. El fuego era considerado el elemento más peligroso y volátil, y los elementales creían no requerir ni querer un líder así. Dymtrus había sido conciso al indicarles que se estaban perdiendo una gran oportunidad sólo por prejuicios. Había relatado su propia reticencia al principio, pero que con el tiempo se convirtió en una completa seguridad y confianza.


- Lord Filldeserp se ha encargado de otorgarme todo lo que en cierta medida yo le he dado. No se trata de una devolución, sino más bien de un intercambio, garantizado por la igualdad, la gratitud y el respeto.


Filldeserp le había explicado que eran originarios de África, la única comunidad de elementales que había aceptado la invitación al Congreso. Su vacilación para concretar cualquier tipo de unión era entendible, teniendo en cuenta toda una historia, que remontaba a siglos, de engaños y traiciones, de subestimación y sometimiento. Era inédito que viajaran a Europa para semejante conferencia, ya que habían jurado neutralidad absoluta en la primera guerra de Voldemort. Nada de lo sucedido desde entonces les había dado evidencia de que no serían tratados como sus antepasados, y sin embargo, allí estaban por voluntad propia, escuchando lo que Filldeserp tenía para ofrecerles y reclamando concesiones cuando consideraban injusto algún punto.

En su mayoría eran elementales de vegetación y de viento. El más anciano de ellos, y por lo tanto su líder ateniendo a sus costumbres, ostentaba más de cien años de edad. Era sumamente increíble, ya que los magos poderosos en África a penas superaban los ochenta años. No obstante, era un hombre completamente lúcido e inteligente, de expresión enigmática y a su vez, de ademanes sencillos. De estar en otra clase de mundo, Hermione hubiera deseado presenciar un encuentro entre aquel hombre y Dumbledore. Ambos poseían la sabiduría de sus años.

Pero al mirar de reojo a Filldeserp, una certeza cobró vida en su mente. La sabiduría no lo era todo. También se tenía que tener fuerza, voluntad y sobre todo, espíritu, algo que menguaba en aquellos hombres por mucho que intentasen mantenerse jóvenes por dentro.


Sin embargo, lo más controvertido de aquel mes había sido el aspecto emocional de su vida. Desde aquella extraña noche que había compartido con Filldeserp, se había vuelto costumbre poco a poco habitar su habitación. Cada vez se sentía más a gusto, aún más segura, en los brazos de aquel hombre. Había noches en las que se mostraba cariñoso y pasaban horas sólo besándose, y había otras en las que se acostaba directamente, a penas dirigiéndole alguna palabra. Era desconcertante y, no obstante, Hermione había aprendido a amarlo bajo los dos estados de ánimo.

Le tenía una paciencia infinita, aceptando los límites que Hermione le imponía. Había noches en los que la joven se despertaba durante la madrugada y casi siempre se hallaba con aquellos ojos esmeraldas observándola. Había llegado a preocuparle el insomnio de Filldeserp. Había intentado convencerle de que tomara pociones para descansar bien, pero las había rechazado aludiendo a la posibilidad de adicción. Por lo tanto, Hermione se esforzaba para permanecer despierta algunas noches y conversar con él. Sabía que el hombre le agradecía la compañía porque le ayudaba a despejar sus fantasmas.

Fantasmas que había desconocido que perseguían a Filldeserp.

En ningún momento volvió a surgir el rol que Hermione tenía asignado, pero había momentos donde la tensión entre ellos demostraba que ninguno de los dos lo había olvidado. Apreciaba que Filldeserp no la presionara. De hecho, dudaba que le hubiera hecho ocupar tal puesto tan temprano en su vida si no fuera por las insistencias de Lord Voldemort, a quien prácticamente Hermione no había visto en aquel mes. Las reuniones de la elite, las conferencias con posibles aliados, los planes para un ataque mayor que Hermione sabía que se avecinaba… Lo había divisado en una cena, pero se había retirado tras informarle a Filldeserp que requería su presencia.

La joven Gryffindor se sentía aliviada ante aquellos desencuentros. Había ocasiones en las que almorzaba sola, pero Filldeserp siempre le acompañaba en las cenas, lo cual les brindaba una sensación de intimidad y libertad. No solían hablar en su transcurso, pero Hermione sentía que no era necesario.

Sin embargo, por muy radiante que fuese en los brazos de su hombre, sabía que tarde o temprano la burbuja se rompería y, entonces, ya no le quedaría más opción que aceptar su papel en aquella obra. Por eso intentaba esforzarse para que ese tiempo no la tomara desprevenida y, que incluso, ella pudiera elegirlo antes de ser forzada a ello.

Odiaría ser madre sólo por obligación. Deseaba ser madre por el gesto de amor que simbolizaba, por la oportunidad de compartir de una vida y guiarla; no porque un Dark Lord se lo hubiese ordenado. Deseaba que su hijo fuese fruto de algo más que una guerra, algo más que un designo de los Jueces…

Quería decírselo a Filldeserp, aunque sabía que él ya conocía su anhelo. Incluso le gustaba imaginar que lo acompañaba, que aún consideraba sagrada a la familia. En cierta forma, necesitaba su promesa de que le permitirían a aquel niño crecer con normalidad; toda la normalidad que ser nieto e hijo de Dark Lords podía ofrecer.


- Un Sickle por sus pensamientos, milady.


Hermione alzó la vista del libro en su regazo, el cual llevaba abierto en la misma página más de media hora, para mirar a la persona que había osado interrumpir su ensimismamiento. Cailean Austen permanecía de pie a su lado, con una ceja enarcada y una sonrisa burlona en su rostro. A su lado se encontraba un inquieto elfo doméstico, que parecía perturbado, como si aquella situación no hubiese sido anticipada y temiera una reprimenda.


- Austen. – Saludó Hermione, abandonando su libro sobre el sillón y poniéndose de pie para estar al mismo nivel que el mortífago. - ¿Qué sucede?
- Siempre tan tajante. ¿No puede acaso un viejo amigo saludar a su compañera? Aunque debería modificar eso… después de todo, ahora eres mi… superior. – Dijo Cailean, entornando los ojos, como si no creyera en la crueldad del destino.
- Está claro que el Lord no te permitiría verme si no fuera por una buena razón. Ya sabes, esta es mi habitación y está aislada del mundo, no sé si para mi protección o la del mundo. – Contestó Hermione con el mismo grado de sarcasmo.
- Yo quería que esta reunión fuese agradable, pero ya veo que estás empecinada en arruinar mis intentos. Lord Filldeserp me envió para notificarle, milady, que esta noche no podrá cenar con usted, pero que se reunirá con su persona más tarde. – Recitó el mortífago, exagerando sus palabras al ubicar sus ojos en el techo de la sala, como si no le importara el protocolo. Luego la miró fijamente y sonrió con altanería. – Le has ganado a Alice, felicidades. La pobre echa humo por las orejas, algo que es digno de ver. Deberíamos agradecerte.
- Como si me importara esa arpía. – Murmuró Hermione entre dientes, sentándose nuevamente en el sillón. Sin necesidad de ser invitado, Cailean la imitó.
- Pero sí que te importa. Es la ex de Lord Filldeserp. – El mortífago sonrió misteriosamente y se inclinó en su dirección. – Cuéntame, Hermione, ¿cómo lograste seducir al imperturbable Filldeserp, que odia todo lo relativo a Dumbledore?
- Dudo que sea de tu interés, Cailean. – Farfulló la joven, concentrando sus ojos en un cuadro para no reconocer su sonrojo.
- Se rumorea por la Fortaleza que ya tienes dentro de ti la semilla del Lord. – Musitó Austen con una mirada significativa. Hermione apostaba que lo había dicho sólo para aumentar su rubor más que para confirmar una teoría.
- Cailean, por favor, retírate. Ya has cumplido con tu deber.
- ¿Sabes, Hermione? – Continuó el mortífago como si no la hubiese escuchado. Para engendrar un efecto más dramático, bajó el tono de voz. – Lord Filldeserp en verdad te ama. Sólo hay que observar cómo reacciona ante tu nombre para percibirlo, cómo busca tener siempre un tiempo libre para dedicarte…
- ¿Y cómo puede ser que sepas eso? No eres tan cercano al Círculo Interno como para estar al tanto de la rutina de tu Lord… mucho menos sus sentimientos.
- Oh, ahí te equivocas, Hermione. Desde que participé en tu retorno, Lord Filldeserp me ha otorgado más atención. Estoy seguro de que si sigo satisfaciéndolo, lograré llegar a su círculo…
- ¿A su círculo? – Cailean frunció el entrecejo, extrañado por su ignorancia.
- ¿Acaso no sabes que Lord Filldeserp cuenta con su propio séquito?
- Creí que él y Voldemort compartían…
- No. Son dos líderes distintos, aunque compartan una misión. Hay mortífagos del círculo de Voldemort en los que Filldeserp no confía, y viceversa. No obstante, intentan mantenerse unidos.
- Sigo pensando que sabes demasiado sobre las internas del lado oscuro. – El mortífago sonrió orgulloso ante su comentario.
- Por algo soy un Inefable. – Se puso de pie e hizo una reverencia burlona. – Milady, lamento tener que suspender nuestra amena conversación, pero tengo un Lord al cual serle fiel. – Sin esperar respuesta, se dirigió hasta la puerta, la cual el elfo se había encargado de abrirle. – Ah, milady, espero que reevalúe su decisión; los pequeños pasitos de un infante son necesarios en la Fortaleza. Todos velaremos por su seguridad… y será consentido. En caso de que tema por su bienestar o por su corazón, ceda su tutela a la serpiente del Lord. Nadie ni nada se aventurará a desafiarla.


Hermione sólo osó coincidir con Cailean mentalmente, pues haberlo admitido verbalmente le hubiera provocado la gran congoja de saber que estaba dispuesta a confiar su hijo en una serpiente.

No sería tan raro como enamorarse de un Dark Lord o ser la Señora de sus antiguos enemigos. Pero estaba lo suficientemente cerca.


***


Horario: Once y media de la noche


Los planes del ataque marchaban a la perfección.

Pronto Gringotts estaría bajo el poder de la Orden Oscura, y Dumbledore no podría hacer nada para impedirlo. No podría ofrecerles nada de valor. No podría darles a los goblins el puesto que Filldeserp tenía reservado para ellos en aquel futuro tan cercano. Sólo faltaría controlar militarmente el Ministerio y el poder mágico-político de Inglaterra estaría bajo su mando.

El final de aquella guerra parecía tan próximo.

Aquel día se había visto obligado a acompañar al Conde Phinehas para actuar de mediador con otro vampiro, con el cual remontaban años –siglos– de enemistad. Obviamente, había sido una misión inútil y había estado a punto de proclamarle tal cosa al Conde, pero se mordió la lengua justo a tiempo. Posiblemente había sido otro test para averiguar su calidad diplomática.

Apretó los puños de sus manos. El conde no había dejado de fastidiarlo desde el inicio del Congreso. La mayoría de los aliados concretados se habían retirado, ya fuese a su ubicación natal o a otro lugar más seguro. El vampiro, no obstante, había optado por permanecer en la Fortaleza. Su argumento había sido que requería ver en acción a los Lords durante un proceso de organización y estrés, e incluso deseaba participar en el ataque. Por supuesto, Voldemort y su heredero sabían que su objetivo era otro.

Aún no se había recuperado de su experiencia en las mazmorras. Durante las noches continuaba teniendo insomnio, lo cual no lo beneficiaba para nada durante el día, y había momentos donde una corriente intensa de emociones lo inundaba sin previo aviso. Especialmente la sed. Pero no cedería. Pronto el efecto se diluiría. Después de todo, días para un vampiro podían significar meses para un mortal, mas resistiría.

Ingresó en sus aposentos. Las luces estaban apagadas y no había signo de vida allí. Agitando su mano, una llama le permitió inspeccionar la sala, en caso de que Hermione se hubiera quedado dormida allí esperándolo. No había sido la circunstancia. No pudo evitar sentirse un poco decepcionado. Las anteriores noches que había llegado tarde ella había estado sentada en aquel sillón, leyendo algún libro sobre elementales. A ese paso, Filldeserp había pensado que ya no le quedarían libros para otorgarle sobre el tema para fin de mes.

Se infiltró por la puerta de la derecha, su habitación. Las luces permanecían apagadas allí también. Las encendió; conteniendo un suspiro, retiró su capa, apoyándola contra una de las sillas, y se recostó sobre la cama, avecinando la noche de insomnio y soledad que se arrimaba. Si tres meses atrás le hubieran siquiera sugerido la idea de estar extrañando la compañía en vez de la presencia femenina por sí misma en su cama hubiera aplicado un par de cruciatus antes de enviar a la persona a San Mungo. Si la misma persona le hubiera dicho que esa presencia femenina sería Hermione Granger, el Avada Kedavra no habría tardado en culminar con sus palabras. Era inconcebible.

Y allí estaba, sintiéndose vacío.


- Pensé que me esperarías antes de dormir. – Murmuró una voz en su oído.


Filldeserp se sobresaltó y estuvo a punto de atacar, cuando al girar la cabeza divisó a Hermione, inclinada en la cama y sonriéndole con dulzura. ¿Tan abstraído había estado que no la había notado?

Estaba preciosa en su sencillez y naturalidad. Su cabello estaba ligeramente enmarañado por la duración del día, pero sus ojos estaban vivos, como si acabara de despertarse. Vestía un elegante pijama rosa claro, que destacaba el suave color de su piel.


- ¿Acaso estoy dormido y lo que veo es un ángel? – Le susurró, con una sonrisa socarrona. Ella apretó los labios, fingiendo aún estar molesta con él. Pero sus ojos brillaban.
- ¿Y si lo soy? ¿Qué harás conmigo? – Dijo, juguetona. Filldeserp la rodeó por los hombros y la obligó a recostarse en la cama, debajo de él.
- Beberé tu pureza, tu eterna inocencia. – Contestó él al tiempo que se inclinaba y la besaba. – Entonces Dios dirá que sucumbiste a los encantos carnales y te quitará tu inmortalidad. Y tu inocencia ya no será eterna.
- ¿No te sentirás culpable de haber hecho caer a un ángel? – Le reprendió Hermione, sonriendo.
- No, porque a mis ojos siempre seguirá siendo un ángel. – Le acarició el rostro y besó su frente, antes de dejarse caer al lado de Hermione. Cerró los ojos, inspeccionando su anterior vacío.
- Harry… - Abrió los ojos y volteó el rostro para mirarla a la cara. El tono con el cual había pronunciado su nombre estaba cargado de ansiedad y preocupación.
- ¿Qué sucede, Hermione? – La muchacha se mordió el labio inferior antes de obtener el valor.
- Hazme caer.
- ¿Qué? – Aquello carecía de sentido. Salvo que…
- Quiero…
- No, Hermione. – Filldeserp se sentó y su rostro adquirió seriedad. Incluso un grado de enfado. – No permitiré que lo hagas simplemente porque crees que es tu obligación. No lo es.
- ¡Pero yo…!
- No. Sé detectar cuando una persona quiere esto, y cuando cree que la otra persona quiere y por eso lo hace. – La miró directamente a los ojos. – Los elementales tienen la característica de no poder copular hasta no estar completamente listos. Magos poderosos también tienen esa característica. Por eso es tan inusual la violación para sujetos mágicos…
- Pero en verdad quiero hacer esto, Harry.
- Corregiremos eso: tu cuerpo quiere, pero tu mente no. no quieres. Te aseguro que cuando quieras…


Hermione reaccionó rápido, sujetándolo por los brazos, y besándolo con una pasión que Harry no pudo detectar de dónde surgía. Lo obligó a apoyarse sobre la cama nuevamente mientras ella descendía de sus labios a su cuello, con sus tímidas manos recorriendo su pecho.

Harry estuvo a punto de repetirle a Hermione que no forzara la situación cuando sintió una de sus barreras mentales romperse, a causa conjunta de su elemento rebelándose y los efectos de lo hecho por Phinehas volviendo a germinar. Hermione aprovechó el instante de desconcierto para reiterar el beso en los labios.

Sólo que esta vez, la muchacha se apartó con un quejido, con la mano derecha sobre los labios, que ahora le sangraban. Harry la contempló con tristeza antes de extender su mano y tocar la herida para sanarla.


- Te dije que no lo forzaras. – Hermione lo miró con una emoción a la cual Filldeserp no pudo ponerle nombre.
- Bésame.
- ¿Qué? Hermione…
- ¡Hazlo!


Harry suspiró, sabiendo que otra sesión de dolor y sangre le esperaba a Hermione. Sin embargo, la muchacha era testaruda. Si no le besaba él, ella lo haría, y eso sería peor.

Esta vez el beso fue largo e intenso. Hermione lo abrazaba con fuerza, y Harry sabía que estaba canalizando el sufrimiento en aquella presión. Podía saborear su sangre en sus labios al mismo tiempo que aplicaba magia sobre ellos. Sangre. Phinehas latió fuerte en su cuerpo, pero Harry contuvo la sed, convenciéndose que era algo que no requería. Porque aún era mortal.

Entonces el elemento de Hermione se animó. Por un instante, Filldeserp temió que sucedería lo mismo que con Alice y que el elemento le prohibiera tocar a su portadora, además de azotarlo. Pero no fue así. Lo rodeó y recibió como en las ocasiones anteriores, y él le ofreció su fuego.

Al separarse, Hermione sonreía.


- Ahora puedes hacerme caer.
- ¿Por qué estás tan…?
- ¿Ansiosa? Porque quiero sentir tu amor… porque quiero que compartamos este destino. – Su sonrisa tierna se ensanchó. – Porque sé que cuidarás de nuestro niño tanto como has cuidado de mí. Porque esto es algo que yo quiero.


Harry permaneció unos segundos contemplándola, su rostro impasible. Luego se levantó y se dirigió a su pequeño bar en un rincón de la habitación. Hermione se asustó, pensando que aquello significaba un rechazo. Se levantó de la cama y fue hasta él. Estaba mezclando el contenido de unos vasos minuciosamente, murmurando unas palabras extrañas, concentrado.


- ¿Estás segura que esto es lo que quieres? – Preguntó Harry, volviendo a conectar sus miradas. – Una vez pasada esta noche, no habrá vuelta atrás. – Hermione tomó sus manos y le sonrió.
- En tus ojos puedo ver el futuro. Y es un futuro conmigo allí. No me importa si Dios me destierra… si él no lo hiciera, lo haría yo. – Dijo la Gryffindor, riéndose. Harry le sonrió y le entregó un vaso con un contenido blancuzco.
- Es una pócima para asegurar tu fertilidad en las próximas cincuenta horas.
- ¿Pueden alterar así el sistema reproductivo? – Le cuestionó, escéptica. – De todas formas, verifiqué la fecha.
- Somos magos. Podemos alterar lo que queramos… salvo la muerte. – La desafió el Dark Lord burlonamente, mientras él mismo bebía su propio vaso.
- ¿Y lo tuyo para qué es?
- La supervivencia de las celulares sexuales por más de cincuenta horas.
- Lo tenías todo planeado. – Murmuró Hermione, apoyando su vaso vacío en la superficie del pequeño bar.
- Lo tenía todo preparado para el momento que estuvieses lista. Te hubiera esperado todo el tiempo que fuese necesario. – Murmuró él mientras jugaba con su cabello castaño. Volvió a besarla en los labios y ambos elementos reaccionaron positivamente al contacto. - ¿Estás segura?


Hermione se aseguró de preservar aquella imagen en su mente por el resto de su vida. Los ojos de Harry destellaban con aquel verde esmeralda que adoraba y se lo estaba dedicando a ella. Todo miedo quedó atrás, olvidado en aquel beso sangrante minutos atrás.

Esas esmeraldas serían suyas para siempre.

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