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Laguna Estigia
(R13)
Por Parvati
Escrita el Domingo 1 de Agosto de 2004, 17:38 Actualizada el Jueves 14 de Enero de 2010, 12:57 [ Más información ]
Capítulo 10 (Segunda Parte)
Cuarteles de la Orden del Fénix
29 de septiembre de 2004 Horario: seis y cuarto de la tarde Desde que había arribado a Inglaterra, Lucas de Santos no había dejado de cuestionarse si ésa había sido la decisión correcta. Más aún cuando conoció a los miembros más escalonados de la Orden del Fénix y sólo pudo decepcionarse ante los resultados. Casi había llegado a comprender porqué Harry Potter había decidido tomar otro camino. ¿Qué clase de vida era aquella? Ya había instruido dos clases sobre magia defensiva y había concluido que lo primero que haría, si alguna vez decidiese postularse como Ministro de Magia, sería asegurarse que la Academia de Aurores estuviera siguiendo su currículo al pie de la letra y que estuviese capacitando a esos inútiles para poder confiar en la eficacia de los defensores de la comunidad. Aunque no podía tampoco culpar a la Academia; no podía hallarse oro en una cueva de hierro de la misma forma en que no podían sacarse talentos increíbles de los ineptos magos que conformaban la comunidad. De Santos admitía que él tampoco era oro, pero podía llegar a presumir cierto nivel de bronce. El error no estaba en los reflejos, ni en las técnicas, siquiera en los conocimientos, sino en las actitudes que estos aurores tenían. No tenían ninguna noción de cautela, siquiera de estrategia. Podían trabajar muy bien en grupo hasta que alguno se desconcentraba o fallaba, y todos caían con él. Recordaba una parte del discurso que Filldeserp había pronunciado al ministro español, donde describía una expresión que había usado para definir la torpeza de los aurores ingleses. Gryffindorks. - Es un término despectivo que suelen usar los Slytherin hacia los Gryffindor. – Había dicho, con una sonrisa maliciosa en su rostro, cuando el ministro le había preguntado el significado de tal palabra. – Generalmente haciendo alusión a la política extremista que los gobierna; siempre por los riesgos, sin ningún concepto de supervivencia en su mente. Valientes, aunque impulsivos. Y ese temperamento tan explosivo... - ¿Acaso no eres tú también un ex-Gryffindor? – Le había indagado el ministro, con vaga curiosidad. Filldeserp había sonreído de modo peligroso. - Hubo un tiempo en el que no habría encontrado mejor ejemplo de un Gryffindor que yo, señor ministro. Pero las cosas han cambiado. Se han acomodado de tal forma que todo resultó ser como debía... Ahora soy el Slytherin que el sombrero seleccionar sugirió que sería. - Eso no quita que hayas estado en Gryffindor. – Contradijo De Santos. – No podemos negar de dónde venimos. - Pero podemos evitar que nos afecte. – Completó Filldeserp con astucia. – De la misma forma que no importa la sangre que corra por mis venas o las habilidades que posea, soy yo el que decide quién soy día a día. Decisiones. Eso define lo que somos. - Sabias palabras, Lord Filldeserp. – Elogió el ministro. Una sonrisa retorcida se formó en el rostro del inglés. - Oh, no son mías, señor ministro, sino que pertenecen a un viejo mentor... que no está disfrutando el modo en que las he interpretado. – Rió entre dientes con inmensa frialdad. De Santos sospechaba que ese mentor había sido ni más ni menos que Albus Dumbledore, y le concedió un punto al comentario de Filldeserp. El anciano no estaba para nada satisfecho con el camino que su muchacho dorado había emprendido. Por supuesto que no. Aliarse con el asesino de sus padres, convirtiéndose en su hijo, ignorando todo legado de nobleza y justicia que corría por sus venas y transformándolo en una herencia de maldad, destrucción y odio. Harry Potter había elegido ese día cambiar de dónde provenía limpiamente; cambiar toda profecía, todo destino, todo futuro, que hubiese sido pensado para él. Y por supuesto, condenarlo a él, Lucas De Santos, a hacerse cargo de un patético grupo de aurores... Y a la pérdida de toda esperanza. Respiró hondo, ahuyentando aquellos pensamientos pesimistas de su mente. - Lucas. – Saludó Longbottom al pasar. Inclinó la cabeza, devolviendo el saludo. - ¿Cómo va tu investigación? – Preguntó, casi sarcástico. Filldeserp había olvidado mencionar la confianza excesiva que exhibían hacia aquellos que formaban su manada. - Preferiría esperar un poco más hasta darte mi informe, Longbottom. – Respondió. Conocía a Neville y le había caído bien en aquel tiempo que habían compartido en España. Pero muchas cosas habían cambiado desde entonces. Ninguno de los dos era quién solía ser. Ambos habían sacrificado demasiadas cosas, vivido demasiadas experiencias morbosas, y presenciado demasiadas injusticias como para que siguieran siendo aquellos jóvenes carismáticos e ilustrativos. - Pierdes tu tiempo. – Murmuró Neville. – Hermione no está infectada en ningún sentido. Si la conocieses, lo sabrías. - Tengo la fortuna de no hacerlo. – Replicó. – Puedo juzgar los hechos con objetividad. O por lo menos, puedo conocer a esta nueva Hermione. - No hay ninguna nueva Hermione. – Dijo Ronald Weasley, saliendo de la nada y metiéndose en la conversación sin dar el menor indicio de modales. – Es la misma Hermione de siempre. - Eso no podrás saberlo hasta que el tiempo no pase. – Murmuró Lucas. Luego se detuvo a escudriñar a ambos aurores. - ¿No deberían estar en el Ministerio, trabajando sobre los ataques? - A eso vamos. – Dijo Neville. Jaló del brazo de Ron, que parecía dispuesto a seguir discutiendo con el español. – Nos veremos más tarde, Lucas. Suerte con el entrenamiento. – Y tras dedicarle una sonrisa burlona, salieron de la sala tan repentinamente como habían entrado. Miró el reloj. Faltaban diez minutos para que el grupo de incompetentes a los que tenía que entrenar llegasen. Suspiró, lamentando que su vida se hubiese depravado tanto. - ¿Te molestaría si presencio este entrenamiento? Se volteó sobresaltado y al ver quién era, maldijo nuevamente aquella costumbre Gryffindor de entrar sin llamar. Aunque aquella interrupción no era tan mal recibida como las dos anteriores. De hecho, Hermione Granger acababa de brindarle la perfecta oportunidad para evaluarla y empezar a investigar. La joven no recalcaba por su belleza. Al criterio de Lucas, no parecía tener ningún rasgo llamativo; cabello castaño, que ante un mes sin cuidados se había vuelto enmarañado y poco favorable para el rostro pálido y delgado de la muchacha. Sus ojos tenían cierto matiz que amagaba a demostrar algo más, pero nada que se comparase a los ojos que Lucas tanto extrañaba contemplar. Lo que sí llamó su atención fue la delicadeza de sus gestos y la inteligencia detrás de su semblante inocente, además de la perseverancia y la fuerza que su postura atestiguaba. La señorita Granger era fuerte, como Dumbledore tanto le había subrayado. Se preguntó si quizás había hallado al único espécimen digno de ser entrenado de toda la Orden... Lo que sólo aumentó sus sospechas sobre una posible trampa. - Claro que no. – Dijo Lucas. Se permitió un instante de irresolución para mantener la fachada y prosiguió. - ¿Eres Hermione Granger? - Ajá. – Respondió ella. Sus ojos le inspeccionaron con reserva. – Supongo que no debería sorprenderme de que se me conozca... ¿puedo indagar por tu nombre? - Lucas De Santos. – Sonrió. Cuánto disfrutaba de los buenos desafíos. - Uhm... no eres inglés, ¿verdad? – Dedujo con rapidez la joven. Luego sonrió, divertida. – Español, ¿no? - ¿Tan evidente es mi acento? – Realmente se sorprendió de haber sido descifrado en menos de diez palabras. La joven, no obstante, sólo le sonrió misteriosamente. - ¿Y qué vas a enseñarles hoy? – Preguntó con curiosidad. – Neville me ha comentado que estos entrenamientos están haciendo mucho bien al espíritu de la Orden. Lo necesitábamos. Merlín sabe cuántas veces le he dicho a Albus que necesitábamos refinar un poco más nuestras habilidades... - He probado con magia defensiva, pero... – Negó con la cabeza en un gesto resignado. – Creo que daré un poco de teoría mágica; de ésta forma manejarán técnicas muy útiles en el campo de batalla... – Hermione asintió, manifestando su acuerdo. – ¿Qué tanto sabes sobre teoría de la magia? - Considero que la magia es voluntad. – Respondió Hermione. – Si bien necesito mucho poder e intención detrás del intento, puedo realizar ciertas cosas que no necesitan encantamientos. – Lucas alzó las cejas, incrédulo. - ¿Tienes genes elementales? - No lo sé. – Lucas inspeccionó con detalle la expresión de su rostro, buscando por alguna señal de engaño. No encontró ninguna. – Supongo que un poco, porque sino no podría familiarizarme tanto con la magia... - Así que puedes hacer magia sin varita. Y encantamientos no verbales. – Concluyó el español. Hermione asintió. Hubo unos instantes de incómodo silencio. - Uhm... – La muchacha pareció dudar, pero finalmente resolvió continuar. - ¿Crees que la magia pueda tenerle aprecio a personas como Voldemort o Filldeserp? Más allá de lo extraño de la pregunta, lo que sorprendió a Lucas fue la valentía que afianzó la muchacha al pronunciar el nombre de las dos personas que la habían torturado durante un mes entero. Conocía mucha gente que no podía ni nombrarlos, y ni siquiera eran cercanos a sus actos de malevolencia. Granger se merecía su respecto por haberse enfrentado a la realidad con tanta firmeza, y con una recuperación tan vertiginosa. Si era que existía tal recuperación. - La magia es algo tan abstracto... – Susurró, casi con cariño. – Si nos guiamos por los hechos, la respuesta es afirmativa. Si pensásemos en nuestros principios... – Suspiró. - Nos indignaríamos de que algo tan puro pudiese seguir estando vivo en ellos... – Dijo Hermione, como si leyese sus pensamientos. Sus ojos castaños se desviaron, casi en un indicio de culpabilidad. - ¿Qué sucedería si...? ¿Si la magia no los haya esterilizado de sí porque aún cree que tienen valía? - ¿A qué te refieres? – Preguntó, turbado ante semejante teoría. - Quizás la magia les esté concediendo oportunidades de cambiar... o simplemente, no le importe lo que hacen. La magia oscura, el sacrificio de sangre... todo eso, después de todo, forma parte de lo que es la Magia en sí. ¿Acaso, por los Antiguos, no se han sacrificado vidas inocentes en tiempos de paz y prosperidad? ¿Y Ellos... acaso, no han aceptado esos sacrificios? - ¿Estás intentando justificarlos...? - ¡No! ¡De ninguna manera! – Exclamó la muchacha. Algo en su postura hizo que los sentidos de Lucas se pusieran alerta. No estaba siendo del todo sincera. – Pero uno se pregunta si... si ellos también no estarán defendiendo una forma de vida propia, un modo de ver la magia distinto al nuestro... - Sea lo que sea que estén defendiendo, no justifica la matanza de gente. – Musitó Lucas, cuyas mejillas habían cobrado color, producto de su furia e indignación. – Son unos asesinos... - ¿Pero nosotros no hemos asesinado también? – Refutó ella. – ¿Existen en verdad los bandos de la Luz y la Oscuridad? ¿No será todo, en cambio, una infinita variedad de luces? Lucas se detuvo a verla. Al contrario de su antigua calma, ahora sus rasgos estaban pronunciados en desesperación; como si necesitase que Lucas afirmara o desmintiera sus teorías de un talante tan extremo que su vida dependiese de ello. Si fuera posible, el indicador mental de riesgo del auror habría superado su tope. - No existe la Luz ni la Oscuridad. Ni las luces, Granger. – Susurró. – No existe nada tan poético. Lo único que tenemos es poder... no sólo en el sentido de poder mágico, sino poder como capacidad. Aquellos sin poder, sin oportunidades, sin esperanzas, son dominados. Tal como los pueblos rudimentarios son reemplazados por civilizaciones superiores... porque tienen más potencial, más abarcamiento. Más posibilidad de sobrevivir. - A veces siquiera depende de poder. La suerte también tiene su protagonismo... ¿Qué fue lo que hizo que el sacrificio de Lily Potter fuera mayor al del resto de las madres? Lily Potter no fue ni la primera ni la última en convocar esa magia antigua... y sin embargo, nadie más pudo sobrevivir el Avada Kedavra, ¿por qué? – Continuó Lucas, ocultando su propia cólera ante aquella injusticia tras un discurso apasionado. La expresión de Granger se ensombreció. Bajó la mirada y Lucas casi pudo distinguir las lágrimas en sus ojos. ¿Por qué lloraba? - Dudo alguna vez creer en los sacrificios que se basan en la libertad o la vida de las personas. – Murmuró ella. – Reconozco que existen y que en algunas ocasiones son necesarios, pero... siempre existe otra forma de salvar gente. Son tan relativos, tan sujetos a las ideologías con las que se juzguen... - En parte concuerdo. – Dijo Lucas, sintiendo como un nudo se formaba en su garganta. – Pero a veces no existe el tiempo para buscar una salida lógica. Sólo... se ve la posibilidad de salvar a alguien, especialmente si es un ser querido, y se toma. – Granger elevó sus ojos. - Y si se decide por un sacrificio teniendo el tiempo... ¿es correcto o incorrecto? - Tú misma lo has dicho: depende de la circunstancia, del sujeto... de tantas cosas... – Se mordió el labio inferior. A la lista de defectos de los Gryffindor tendría que agregar abordar temas prohibidos. - Si existiese una mínima posibilidad de menguar la cantidad de muertos, de crear un mundo mejor... pero tuvieses que sacrificar todo lo que es tuyo, material y espiritualmente... ¿lo harías? “Ya lo he hecho” - Depende las circunstancias. – Reiteró. Hermione frunció los labios, pero asintió con un gesto determinado. - Gracias, De Santos. Necesitaba hablar de eso con alguien. – Sonrió la joven. - ¿Por alguna razón en especial? – Preguntó, volviendo a concentrarse en su misión. - A veces es tan difícil vislumbrar lo que es correcto de lo incorrecto... – Granger agrandó su sonrisa. – Pero sé que me conservaré fiel a mí misma, aunque sea el camino más difícil, aunque tenga que sacrificarlo todo... lo haré, como en parte ya he hecho, porque moriría condenada si no diese todo de mí. Aún aquello que no pertenece... – Sus ojos parecían estar contemplando una realidad paralela que Lucas no podía alcanzar. Fue entonces cuando los aurores que estaban bajo la tutela de Lucas ingresaron a la sala, listos para otro entrenamiento, sin haberse enterado de lo que estaban interrumpiendo. El español maldijo su suerte por decimoquinta vez en el día, aunque también sonrió ante la prueba que se le presentaba. Analizaría la conversación que acababa de tener con Granger diez mil veces en un Pensador de ser ineludible hasta encontrar la Raíz. La muchacha no se le escaparía, aunque fuese tan taimada como para presentar temas que emocionalmente lo habían desequilibrado. Sí, Hermione Granger probaría ser interesante; tan compleja, sagaz y fuerte como Albus le había comentado. Si bien en ese momento no pudiese quitar de su mente la imagen de Sara y su sacrificio... *** Cuarteles de la Orden del Fénix 2 de octubre de 2004 Horario: diez y cuarenta y tres de la noche Llamó a la puerta con suavidad. Un torrente de emociones viajaba por su cuerpo, todas ellas contradictorias; preocupación, nervios, impotencia, miedo, y a la vez sentía una alegría que arrollaba con todas ellas, y le hacía sentir tan despreocupado, tan libre y valiente. Una semana había pasado ya desde que Hermione había sido recuperada. Debido a los ataques que continuamente tenían lugar, Ronald se había visto impedido de visitar a su amiga hasta entonces. Sólo una vez la había visto desde que había recobrado el conocimiento, pero había sido muy entrada la noche y la muchacha había estado durmiendo tan plácidamente que Ron no tuvo el corazón para despertarla. Ingresó en la habitación y la examinó con una rápida mirada. Bajo la luz de una pequeña lámpara, Hermione se hallaba sentada, leyendo un libro que destacaba por su longitud y su material especificado. Ron sonrió con melancolía. Por lo menos, había algo de Hermione que no había cambiado, tortura o no en el medio. La joven elevó su mirada al escuchar el crujir de la puerta y al verlo, sonrió con cierta debilidad, dejando su libro de lado y poniéndose de pie para recibir el abrazo caluroso que Ron le brindó segundos después. Él permaneció hundido en el abrazo, percibiendo el aroma tan característico de su amiga y disfrutando de la sensación de tenerla allí, junto a él; su tacto cálido, su sonrisa reconfortante, sus ojos almendrados brillando tan inocentemente... - Lamento no haber podido venir a verte antes, Hermione... – Murmuró Ron, separándose al fin de su amiga. - Neville me ha hablado de los ataques. No hay problema, Ron. – Dijo Hermione. Instantes después, le sonrió, burlona. – Quién lo hubiese creído... Ronald Weasley, jefe de Departamento y líder de las defensas... – Él fingió herirse ante su comentario y le golpeó juguetonamente el hombro. - ¡Ey! – Su rostro se serenó y sus ojos expresaron su preocupación. - ¿Cómo estás, Herm? - Mejor. – Respondió ella secamente. – Dudo volver a ser lo que era antes de todo esto... pero por lo menos, no permitiré que esto me impida seguir con mi vida. - Me alegro de escuchar eso. – Tomó sus manos entre las suyas y le sonrió. – Cuentas con todo mi apoyo, Herm... cualquier cosa que necesites... - Gracias, Ron. – Por un momento, la voz de la muchacha se quebró y desvió los ojos para fijarlos en la ventana, donde sólo una noche sin estrellas podía ser contemplada. Ron aprovechó esos minutos para observarla con mayor detenimiento. Algunas cicatrices estropeaban su rostro y estaba seguro que una gran cantidad permanecían ocultas debajo de la ropa. Apretó los puños y un color rojizo adornó sus mejillas pecosas. ¿Cómo se había atrevido Filldeserp a hacerle esto a Hermione? Los ojos almendrados estaban tan puros como siempre, pero había algo que corrompía su usual energía; una tristeza, un sufrimiento, tan profundo... En sus movimientos había un gesto diferente, aunque no estaba del todo certero de que fuera cautela o miedo. También había un cambio distintivo en su aura, pero Ron no pudo identificar exactamente qué. - Hubo momentos en los que deseé unirme a mis padres... – Susurró ella y volteó a verlo. En sus ojos ardía una emoción que Ron no pudo clasificar esta vez. – En los que no le hallaba sentido a todo el dolor... ¿valía la pena pelear por eso? ¿Valía la pena seguir creyendo? – Emitió una mueca amarga. – Y era entonces cuando los recordaba a ustedes... a mis amigos... no importaba que jamás los volviese a ver de nuevo, pero no me rendiría. Aunque tuviese que soportar esa tortura por cien años más, no iba a traicionarlos... Ron se mantuvo estático en su lugar. Algo en las palabras de Hermione lo había desestabilizado de tal forma que no supo cómo reaccionar. ¿Qué consuelo podía dar? ¿Qué podía decir? ¿Y por qué tenía la sensación que había algo más detrás de todo el discurso de su amiga? - ¿Qué dices, Ron? ¿Harías lo mismo por mí? – Preguntó la joven, sin percatarse de su aturdimiento; su postura remarcaba su esperanza y expectativa. Ron dejó que su mirada se extraviase por la habitación mientras intentaba poner bajo control sus emociones. No sabía porqué, pero todas aquellas preguntas, todas aquellas palabras, habían alterado algo que yacía en las profundidades de su alma, en la mismísima base de sus ideales. El aire de la habitación parecía haberse condensado porque poco a poco comenzó a costarle respirar, y un frío sobrenatural recorrió su cuerpo por un segundo. Se sobresaltó de sobre manera cuando Hermione caminó hacia él y le colocó una mano en el hombro. - ¿Qué sucede, Ron? Sus ojos se irritaron y repentinamente una lágrima comenzó a descender por su rostro. Bajó los ojos al suelo y respiró hondo. Luego, titubeante, se aferró al brazo de Hermione y levantó la mirada hasta fijarla en esos ojos almendrados. En un impulso, la abrazó y dio rienda suelta a su lamento. - Perdóname, Hermione... perdóname... La joven sonrió, pero el pelirrojo no tenía manera de saberlo. - Pero qué dices, Ron... – Se separó de él y reunió sus miradas. – No hay nada que perdonar. Weasley devolvió la sonrisa, aunque no supo poner en palabras su alivio. No sabía si había sido perdonado en verdad, pero había algo en los ojos de Hermione, esos ojos que eran semejantes a las ventanas de su alma, que no pudo poner en duda las palabras de su amiga ni halló las fuerzas para hacerlo. Simplemente supo que aquella vez sí había hecho lo correcto, después de años y años de estar negando realidades, delegando culpas y no alcanzando nunca el arrepentimiento; después de años y años de reiterar una y otra vez decisiones incorrectas y no percatarse de su error ni intentar corregirlo. Luego de años y años, había un peso sobre sus hombros que se había desvanecido... *** Cuarteles de la Orden del Fénix 5 de octubre de 2004 Horario: Ocho y cuarenta y seis de la mañana Una semana y media había acontecido ya desde su reincorporación no-oficial a la Comunidad Mágica. Sin embargo, tenía la sensación de haber vivido al menos un mes encerrada en los Cuarteles. No era idiota y se había percatado al instante de las miradas cautelosas que la mayoría de la Orden le dirigía al verla. Cada vez que salía de su habitación, en un horario fuera de lo común (es decir, comidas o alguna reunión) insólitamente alguien aparecía para interrumpirla. Se cuestionó porqué no estaba furiosa respecto a aquella subestimación. Después de todo, ella era Hermione Granger, lista, inteligente y sincera. ¿Acaso no se habían dado cuenta que estaban siendo demasiado obvios con la manera en que la investigaban? No necesitaba ser demasiado lista para detectar los signos. Y ella era una aurora profesional, destacada sobre todo en casos de investigación y no tanto de acción. Quizás no existían las autocríticas porque no tenían la capacidad de divisar el error. Al haber pasado un mes fuera de aquel entorno, estudiando sobre técnicas muy adversas a las que frecuentaba y con dos personas que aún no podía determinar qué sentía sobre ellas, ahora pudiese ver. En su tiempo, tal vez ella también hubiese sido tan obvia. Posiblemente ahora mismo lo era. La diferencia residía en que ella estaba intentando cambiar mientras que ellos continuaban en su rutina, con sus técnicas tan deplorables... Suspiró, frotándose los ojos y resignándose con que hoy no podría concentrarse en la lectura del Profeta. Había estado once días eludiendo pensar en su realidad, en sus decisiones, sólo abordando el tema parcialmente. Si ciertamente quería mantener su promesa de cambiar y progresar, crecer y ser fuerte, sólo conociendo la verdad sobre sí misma, debía afrontar aquellas cosas que había guardado en lo recóndito de su mente. Filldeserp le había dicho que no la presionaría a elegir; que no había tiempo límite. Aún así, a penas se había hecho pública la noticia de su rescate, diferentes ataques a familias que apoyaban a Dumbledore acaecieron. Incluso se realizó un pequeño ataque a una sede secundaria del Ministerio, donde habían asesinado a uno de los consejeros más experimentados del ministro y habían secuestrado al nieto de un miembro de la Orden del Fénix, entre otras calamidades. Probablemente fuera para no perder cierto prestigio que la noticia del rescate pudiese efectuar; para idear la actitud de furia que era esperada ante semejante fallo en la Fortaleza. Además que se habían ejercido ciertos movimientos que daban a entender la confección de una búsqueda intensiva sobre la identidad del traidor. Nada que la forzara directamente a decidirse y, no obstante, se sentía horrorosamente culpable. Todos esos ataques, asesinatos, movimientos espías, se estaban realizando para que ella pudiera sostener su cuartada inocente, para desviar la atención de aquellos que pudiesen sospechar que todo fuese una mentira. Todo aquello sería innecesario sino estuviese oscilando entre los bandos, sino se le hubiese brindado aquella posibilidad de elegir. ¿Por qué a ella? ¿Por qué entre tantos, sólo ella tenía esa libertad? Era injusto. Sino fuera porque estaba obligada a hacerlo, quizás la rechazaría. Hubiese permanecido en la Fortaleza, sin saber si era prisionera o no, si lo que sentía por Filldeserp era fehaciente o no... Nada le otorgaba ese derecho sobre los demás. Tantos habían sido secuestrados, y todos ellos habían muerto sin más... sin poder conservar su honor, sin poder defender aquello que tanto querían... Nada le otorgaba ese derecho... salvo el privilegio de ser la amada por Filldeserp. Situó las manos sobre su rostro, intentando ocultar las lágrimas que corrían por ellas. Se sentía como una bendición y una maldición simultáneamente. Todo cuánto ella hubiese querido se hallaba en él, y a la vez todo lo que odiaba también. Su destino estaba ligado al de él, pero se le había ofrecido la posibilidad de huir... ¿No había ella expresado en aquellos pergaminos sueltos que todo lo que estaba sucediendo ahora era producto del deseo de escapar que cada uno de los integrantes del trío dorado había profesado? Escapar de las responsabilidades, de las expectativas. Escapar de las sombras, de los celos. Escapar de la realidad, de la culpabilidad y del arrepentimiento. Escapar de lo que los hacía personas. Escapar de lo que les convertía en animales. Escapar... sin mirar atrás, sin preocuparse qué podría suceder con los que estaban a su alrededor. ¿Iba ella a escapar de nuevo? No. Una sonrisa amarga se curvó en su rostro. Por lo menos ya había descartado una de las vías: la que ya de por sí sabía que no elegiría, porque era una elección vacía y yerma. ¿La Orden del Fénix o la Orden Oscura? ¿Mis amigos o el hombre al que detesto y amo al mismo tiempo? ¿Muerte o muerte? ¿Esperanza o esperanza? Cada bando le ofrecía cosas particulares, pero había circunstancias que se repetían. En ambos podía morir o causar muerte a otras personas. En ambos podía seguir encadenando esperanza, aunque en distintas formas... Variaban ciertos ideales. Variaba la función que cumpliría en la estructura. Variaba el porqué lucharía. Variaba quién lucharía a su lado. Sin embargo, no estaba tan segura que su destino variase. Alguien tocó la puerta. Sintiéndose entre aliviada y decepcionada que el tiempo que había pensado emplear para meditar fuese perturbado, vociferó su conformidad con la visita y su permiso para que la persona ingresase. Cuál fue su sorpresa al divisar a Albus Dumbledore en el marco de la puerta, con su semblante sereno y comprensivo, sus ojos zafiro destellando con su típica picardía. Se había cruzado con él en un par de ocasiones durante su tiempo en los Cuarteles, pero sólo una vez había hablado con él a fondo: el día que había recobrado el conocimiento. Desde entonces no había vuelto a saber de él. Y hubiese deseado no volver a saber hasta una semana más, por lo menos. - Espero no estar interrumpiendo nada importante, Hermione. – Dijo, echando un vistazo a la ordenada y uniforme habitación. - Claro que no, Albus. Por favor, toma asiento. – Le señaló la silla frente a ella, destinada para sus visitantes. En cambio, Hermione estaba ubicada en un cómodo sillón, con el Profeta en su regazo. – ¿A qué se debe tu visita, Albus? - ¡No tan rápido, muchacha! – Rió Albus, en un pobre intento de relajar el ambiente desde el punto de vista de Hermione. O quizás estaba muy acostumbrada al modo directo y conciso con el cual solía comunicarse con Voldemort y Filldeserp. - ¿Qué te parece si pido unas tazas de té para que disfrutemos mientras charlamos? - Por supuesto. – Cedió con una sonrisa divertida. Los vicios de un anciano. Dumbledore chasqueó los dedos, solicitando los servicios de un elfo doméstico al cual le pidió amigablemente las susodichas bebidas. Unos instantes después, las tazas aparecieron, husmeando un agradable aroma que ineludiblemente tranquilizó a Hermione; un efecto muy adverso al del café de la Fortaleza, que Filldeserp solía requerir para sus sesiones. Mentalmente sonrió ante aquellas dos situaciones. Quizás no sólo distasen en ideales o en el modo de ejercerlos, sino también en la gastronomía y la forma en la cual tratar a los huéspedes. Por más que lo intentó, no pudo contener una risita tras tomar un primer sorbo del té. Dumbledore la contempló con las cejas enarcadas, aunque compartiendo su sonrisa. Debería estar acostumbrado a que la gente se riera de su vicio. Hermione dejó la taza en la mesa enana que había entre ella y el profesor, siendo conciente de la extraña sensación que ardía en su garganta y que no podía ubicar. Fijó su mirada en el té y percibió como literalmente un puñal se le clavaba en el estómago. Veritaserum. Dumbledore desconfiaba lo suficiente de ella como para engañarla, aún sabiendo que si él lo hubiese solicitado, ella hubiese tomado la pócima sin dudarlo, confiando en sus buenas intenciones... Pero algo que no toleraba era aquello. El engaño, la traición que se había ceñido sobre ella... estar tan indefensa y expuesta, bajo un acto de manipulación tan indigno, tan humillante, como haber caído en una trampa. Cerró los ojos con pesar. ¿Qué diría Filldeserp de ella si pudiese verla? ¿Qué diría, al ver que había arruinado toda libertad que se le había concedido? ¿Qué había desperdiciado el regalo que él le había hecho, sacrificando incluso la decepción de su padre, lo que le habría comprado un ticket directo a la sala de tortura? Mas lo importante ahora era cómo sobreviviría a aquello. Dumbledore podría preguntarle todo lo que quisiese que ella respondería sin más, traicionando incluso la información que aún si hubiese elegido a la Orden del Fénix no hubiese revelado sobre Filldeserp; traicionando la confianza y la esperanza que había compartido por un instante con él... Sus pensamientos empezaron a disolverse, perdiendo gran parte de su sentido y quedando a disposición del interrogador. Centró sus ojos castaños en los azules, sintiendo como el abismo se abría bajo sus pies y sin entender porqué. - ¿Quién eres? - Hermione Jane Granger. Era una pregunta entendible. Perfectamente ella podría ser una impostora, aunque Neville, Ron y compañía hubiesen notado cualquier comportamiento extraño; incluso cuando los sanadores habían chequeado por hechizos glamour o pociones, sin encontrar nada. Aunque en verdad sí hubiese. - ¿A qué te dedicas? - Aurora en el Ministerio de la Magia y miembro de la Orden del Fénix. Y amante de Filldeserp. - ¿Qué sucedió durante tu estadía en la Fortaleza? Nerviosismo inconsciente revolvió sus entrañas. - Fui torturada, sojuzgada... – Vaciló. “Tranquila, todo está bajo control”, dijo una voz en su mente. De repente lo vio todo mucho más claro y pudo retomar la coordinación de sus pensamientos. “Ahora te toca a ti luchar contra los efectos del Veritaserum”, indicó de nuevo la Voz, esta vez con un tinte de regodeo. Mentalmente Hermione sonrió. Recordaría aquella voz aunque borrasen todo registro de ella en su memoria. “¿Acaso preveías que Dumbledore haría algo así?” “Me hubiera extrañado en demasía si no lo hubiese hecho. De hecho, me decepciona que haya esperado tanto. De haber estado bajo mi poder, te aseguro que a la segunda noche ya hubieras hecho lo que fuese que tuviese pensado para ti y la Orden.” “¿Y cómo es que ahora estás en mi mente?” Escuchó una fría risa resonar en las profundidades. “No estoy en tu mente. Simplemente nos estamos comunicando a través del medallón. Ingenioso, ¿no?”, casi podía leer el sarcasmo en sus palabras. “¿Y por qué no has intentado comunicarte antes?” “No quería perturbar tu elección. Sólo intervine en las ocasiones que, de haber dado una respuesta incorrecta, hubieses firmado tu sentencia.” - ¿Tuviste algún contacto con Voldemort o Filldeserp, fuera de esas sesiones? “Si el vejete supiera”, rió Filldeserp. “¿Dónde estás ahora?”, preguntó, curiosa. “En la Fortaleza, organizando otro de esos ataques de simulacro.” “¿Cómo reaccionó Voldemort?”, no era necesario esclarecer sobre qué. “Como ya te dije, pude manejarlo”, dijo con suficiencia. “No has contestado mi pregunta.” “Yo no ando curioseando en tus actividades con la Orden, ¿verdad?” - No. - ¿Sabes si se han colocado sobre ti alguna clase de encantamiento o poción que pueda llegar a controlarte? Cuando Hermione abrió la boca para responder negativamente de nuevo, Filldeserp le murmuró: “dile que sí” “¿Estás loco?” “Sí, pero no viene al caso. Dile que sí, sé lo que te digo.” “Aún no entiendo porqué confío en ti”, respondió, resignada. - Sí. – Con la expectativa brillando en sus ojos, Dumbledore se inclinó en su asiento, centrando su mirada en Hermione, como si toda la verdad se le fuese revelada en esa acción. - ¿Qué encantamientos o pociones? “Ahora dile que ninguno”, comandó Filldeserp. “¿Qué? ¡Te estás contradiciendo!” “Créeme, Hermione, no me estoy contradiciendo para nada. Extraño que no me sigas el juego, pero... supongo que se debe al entumecimiento que te ha provocado el Veritaserum”, aludió con una sorna delicada. - Ninguno. – Dijo Hermione, aún sin creer del todo que esa fuera el mejor modo de llevar el interrogatorio. Dumbledore la observó confundido hasta que segundos después, finalmente, un brillo de entendimiento pasó por sus ojos, detectando el desliz en sus preguntas. Hermione casi pudo ver cómo chasqueaba su lengua en una señal clara de irritación hacia sí mismo. “Uno pensaría que después de tantos años de experiencia, el vejete sabría cómo preguntar a alguien bajo Veritaserum,” dijo Filldeserp desdeñosamente. “Sigo sin entender cuál fue tu técnica” “Muy simple, mi estimada Hermione”, apuntó con tono burlón. “Se trata de tomar ventaja del juego de palabras. La primera pregunta era sobre si sabías o no. La segunda qué sabías. Según tu reciente declaración, estás segura que no ingeriste nada dañino. Dumbledore ya no tiene razones para sospechar de ti. Estas respuestas también incluyen tu subconsciente mágico, por lo tanto, de tener algo, deberías haber contestado que desconocías el hechizo pero sabías que existía.” Sonrió interiormente ante la astucia de Filldeserp. Por algo él era el Dark Lord y no ella. “Creo que debo agradecerte esta ronda.” “¿Algo en mente?”, indagó él, insinuante. “Ya quisieras”, murmuró crispada, aunque no pudo ignorar la sensación cálida que aquella conversación hizo nacer en ella. “Estimo que deberías hacerle saber el vejete que has recobrado la conciencia. Ya ha pasado el tiempo promedio de sometimiento para una persona que es conciente del Veritaserum”, le sugirió con lentitud. “También es tiempo de que reanude los planes de ataque.” “Gracias por la ayuda.” “Algún día ya podrás devolverme el favor.” En el mundo exterior, pestañó varias veces y se reacomodó en la silla, con una expresión sobreactuada de desconcierto. - ¿Has averiguado todo lo que necesitabas, Albus? – Dijo, sin mostrar ninguna clase de antagonismo o sumisión, sino un mero interés. “Una pregunta antes de que te vayas... ¿cuánto tiempo me queda?”, hubo tal silencio del otro lado de la comunicación que Hermione pensó que Filldeserp ya habría cerrado su mente. No obstante, la respuesta llegó tras cierta duda inicial. “Sabes que lo más probable es que la coartada te dure hasta no más de Noviembre. Para entonces un mortífago que te haya reconocido en la Fortaleza ya habrá abierto la boca en un estado de borrachera.” “¿Confías que tenga hasta entonces? ¿Ningún mortífago se embriagará antes?”, cuestionó sarcásticamente. “Ninguno se arriesgará a ello antes del Congreso, te lo aseguro”, Hermione no se animó a indagar sobre qué era eso del Congreso o siquiera si Filldeserp le estaría compartiendo la auténtica verdad. “Entonces tendrás la muestra del lugar de mi lealtad antes de Noviembre.” “Hecho.” Emitió una mueca amarga ante la sensación de vacío que la ruptura de la comunicación le produjo. - Debo disculparme por la forma en la que he comenzado nuestro diálogo, Hermione, pero debes de saber cuán necesario era que estuviésemos plenamente seguros... - Lo entiendo perfectamente, Albus. - Mintió, casi con profesionalismo. – Todo por la seguridad de la Orden, por el bienestar de nuestra comunidad. – Asintió fervientemente al discurso que llevaba impreso en su mente desde la Academia de aurores. – No me lo perdonaría a mí misma si en un acto de egoísmo u orgullo pusiera en riesgo la vida de mis compañeros. – Albus sonrió, complacido. - Me alegro que estés nuevamente con nosotros, Hermione. - Yo también. – Retornó la sonrisa, ignorando el sabor recio instalado en su garganta. Ya no era cuestión de elegir entre sus amigos o el hombre que amaba. Era cuestión de elegir entre aquellos que respetaban su intelecto y aquellos que lo subestimaban, hiriendo sin pena su orgullo. Voldemort y Filldeserp no utilizaban métodos menos deshonrosos que Dumbledore, pero aún así siempre lo hacían de tal forma que Hermione no pudiese sentirse de esa forma; tan decepcionada, tan traicionada, tan usada. Habían analizado cada una de sus memorias, no obstante, ¿qué otro tratamiento había esperado de los Dark Lords? En cambio, Dumbledore era el líder de la Luz. ¿Dónde estaba su fe en sus aliados, dónde estaba su tan conocida manía por las segundas oportunidades? El bando oscuro había manipulado su corazón, pero aún así... sólo había acelerado un proceso que tarde o temprano se daría. Porque allí, prácticamente sola en una habitación en los remotos Cuarteles de la Orden del Fénix, sabía que ninguno de sus reencuentros con Neville o Ronald la habían hecho sentir ni distantemente cerca a lo que la corta conversación mental con Filldeserp había inducido en ella... Había decidido perdonar a Ron, no sólo porque si Filldeserp se había merecido una segunda oportunidad, el pelirrojo también, sino también porque jamás podría permanecer hostil con alguien a quien siempre había tenido en la mayor estima. Su naturaleza inocente y benévola no se lo permitiría. Aunque fuese el asesino de sus padres, un mentiroso, un traidor... Todos ellos lo eran. Podía entender a Ron. Podía entender a Harry. Podía entenderse a ella misma. Aunque no hubiese justificación plausible para ninguno de sus actos. “Perdóname, Hermione, perdóname...” Por lo menos, Ronald había admitido su error y se había disculpado. Quizás sin saber exactamente porqué, o ni siquiera haciendo alusión a ese hecho o en un impulso de la desestabilización emocional... pero lo había hecho. Suspiró. Supuso que tendría que aguardar una eternidad hasta que Harry se aproximara vagamente a esa realidad. Creía poder esperar hasta entonces. *** Cuarteles de la Orden del Fénix 8 de octubre de 2004 Horario: once y cuarto de la noche Tras asegurarse que nadie la estuviese espiando, ingresó a la sala situada en el altillo de los Cuarteles, con los encantamientos de invisibilidad y silencio correspondientes. Para alguien que no supiera dónde buscar, dar con ese sitio resultaría imposible. Era por eso que lo habían elegido como centro de sus operaciones clandestinas. Sentado altivamente en una silla de madera en el centro, estaba Austen, el mortífago salvador, quien se limitó a dirigir una sonrisa al ente invisible, sin alterarse en lo más mínimo. Incluso sus ojos estaban fijados en un punto intrascendente de la sala, posiblemente en un agujero de ratas. - Creí que no vendrías. – Murmuró al vacío. - Me crucé con unos miembros de la Orden... de haber sido descortés, hubiesen indagado por la causa de mi actitud... y ya no me entretiene tanto que estén descomponiendo cada palabra que pronuncio. – Se justificó, adoptando al instante una actitud defensiva. – Por cierto... Auribus teneo lupus. - Lupus in fabula. – Respondió él con tono aburrido. Ante la contestación correcta, la muchacha hizo derribar los encantamientos de invisibilidad y adoptó forma ante el mortífago. Vestida con una túnica púrpura que en parte ocultaba su rostro cubierto de cicatrices realizadas naturalmente por el encantamiento glamour, Hermione se situó en el asiento frente a él. Intercambiaron miradas cómplices y asintieron en forma de saludo. Parecían viejos camaradas con una misma causa en común. - Más vale que tengas una buena razón para pedirme que haga esto... sabes cuánto nos estamos arriesgando en este momento, ¿verdad? – Dijo displicentemente Austen. - Estoy segura que el Lord te recompensará. – Sonrió, burlona. Austen se inclinó en su asiento, de repente interesado en su oferta. ¿Sería posible que todos los mortífagos saltaran ante la más exigua posibilidad de captar la atención de sus Lords? - ¿Te has decidido ya? - Así es. – Ensanchó su sonrisa ante la inquietud latente en los ojos del mortífago. – Mi elección de bando, ¿influye en la tuya? Cailean la evaluó con frialdad antes de alegar: - El Dark Lord siempre ha respetado mis habilidades para el espionaje. Lo más probable es que luego de esta misión, ya no pueda cumplir ningún rol en la Orden del Fénix, así que se me enviará a algún otro país... – Sus ojos inexpresivos se dotaron de vida, aunque el tinte maniático asustó a Hermione. – Vivo para servir. Así que, elijas lo que elijas, permaneceré donde siempre he estado. - Bien. – Consintió la ex-Gryffindor. – ¿Sugieres alguna fecha para mi reintegración triunfal? - Oh. – Cailean sonrió peligrosamente, ladeándose aún más hacia ella de tal forma que terminó susurrándole en el oído: - Lord Filldeserp estará muy satisfecho si luces tu belleza en la noche de Halloween. - ¿A qué te refieres? – Cuestionó, sorprendida. Durante su estadía en la Fortaleza, jamás había escuchado de ninguna conmemoración especial ese día. De hecho, sospechaba que era un día de luto para la Orden Oscura. - Es el día que da comienzo el Congreso. – Explicó el mortífago con cierta ansiedad. – Todas las criaturas oscuras y aliados del Dark Lord se harán presentes. Y para celebrarlo, se consumará un baile. Es una de las tradiciones que aún se mantienen. - ¿Cuál es tu sugerencia entonces? - Vendrás conmigo, invitada como mi pareja, vestida como merece la ocasión (yo me encargo de eso), y bueno... una vez allí, ya tendrás que seguir tu propia estrategia. Mi misión es estrictamente asegurarme de que llegues sana y salva a la Fortaleza. Para eso, intenta que los veintitrés días que te restan con la Orden no sean demasiado... - ¿Reveladores? – Completó Hermione. Austen asintió. - En caso que creas que tu coartada ya ha sido destapada, inmediatamente acciona el Traslador de tu medallón. No te expongas. No pienses sólo en ti esta vez, sino también que mi vida depende de tu bienestar, por mucho que me pese. - No te preocupes. Deseo seguir viviendo tanto como tú. – Se puso de pie, sabiendo que más tiempo desaparecida de los ojos vigilantes de la Orden resultaría ser comprometedor. – Cualquier cambio en el plan... o cuando ya tengas tu estrategia para sacarme de aquí, notifícame. - Un placer hacer negocios contigo, Granger. – Se mofó Cailean, levantándose y estrechándole la mano con desaire. Tan cautelosamente como había entrado y reinstalando los encantamientos que la salvaguardarían de cualquier sospecha superflua, Hermione se retiró del recóndito ático, sin saber hasta minutos más tarde que unos ojos azules la habían estado contemplando todo el tiempo. Descendió las escaleras y en la base de ellas, se encontró con Luna Lovegood esperando aparentemente por ella. Con un mal presentimiento en el fondo de su mente, le sonrió con nerviosismo. - ¡Hola, Luna! ¡Tanto tiempo sin verte! – Exclamó con falsa alegría. - Te irás con él, ¿verdad? – Le cortó la ex-Ravenclaw, sin ninguna clase de emoción en la voz. Hermione la miró, totalmente tomada de sorpresa, y sintió como el miedo se apoderaba de ella. ¿Acaso era tan evidente? ¿Ya se lo habría comunicado a Dumbledore o a De Santos? ¿Cómo lograría escapar de los Cuarteles? Y en caso de que fuese aprehendida... dudaba que Filldeserp se quedara con los brazos cruzados. Habría una emboscada que resultaría mortal y... Aún no estaba lista para afrontar la situación. Necesitaba una semana más para mentalizarse sobre lo que iba a hacer... La traición, los rencores... Aquello no podía concluir así, no podía... - Los demás no se han dado cuenta aún. Desconfían de la versión oficial, pero sus hipótesis no se acercan a la realidad. Ninguno de ellos cree que, por ejemplo, estés actuando por tu propia voluntad, o creen que te han corrompido y si te unes a ellos, es por la ambición de conocimiento y prestigio... – Una sonrisa triste cruzó el rostro de Luna. – Nadie conoce lo que somos en verdad. Todos juzgan y pretenden conocernos, pero... cuando le hablamos sobre nuestra realidad, pocas veces nos prestan atención. Entiendo tu decisión, Hermione. Si bien soy una Ravenclaw y en tu lugar nunca obraría así... - Creo que por fin he descubierto la respuesta a porqué el sombrero no me consideró para Ravenclaw, ¿eh? – Bromeó ácidamente. Luna rió a carcajadas, dejando a Hermione aturdida ante su franqueza. - Tu secreto está a salvo conmigo, Hermione. – Aseguró Luna, con su semblante sereno. – Espero que adonde te dirijas, encuentres la felicidad que buscas... y que tanto mereces. Aunque quizás no sea el mejor camino... es el camino que has elegido. Y eso es lo que importa. Sin decir nada más, se volteó y se perdió en la oscuridad del pasillo tan rápido como había aparecido. Hermione permaneció estática, con la vista fija en el lugar donde había estado la muchacha segundos antes, y una pequeña sonrisa fue embozada. Nunca había sido muy cercana a Luna, sin embargo en aquel momento toda diferencia fue olvidada para ser convertida en analogía. Nuestras decisiones son las que determinan quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser. Y mientras sean nuestras, estaremos siendo francos con lo que somos, sin máscaras, sin pretensiones, sin limitaciones... Sólo Nosotros.
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