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Por adictaapotter
Escrita el Jueves 12 de Febrero de 2009, 09:26 Actualizada el Sábado 5 de Noviembre de 2011, 02:20 [ Más información ] Tweet
Invadiendo mentes
Capítulo 37: Invadiendo mentes Aparecieron en la ladera de una montaña de vegetación abundante. El viento soplaba con deliberada fuerza, y Harry se acercó con dificultad a una roca, y se dejó caer allí. Las manos le temblaron cuando las alzó y desgarró la parte de la camiseta que se encontraba manchada de sangre. La herida debía tener unos seis centímetros de largo, pero no parecía muy profunda. Alzó la vista; Ron se había dejado caer a su lado, y se había quitado el zapato con una mueca de dolor. Hermione, que tenía varios raspones pero parecía ilesa, abrió su pequeño bolsito y le pasó el frasco con esencia de díctamo a Harry, que le agradeció con la mirada. Mientras Hermione murmuraba por lo bajo, moviendo rítmicamente la varita por encima del pie de Ron -que estaba doblado en una posición extraña-, Harry intentó verter unas gotas de díctamo en su brazo herido, luchando por no desvanecerse. Pequeños puntos negros comenzaban a nublar su visión; dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la roca, pestañando débilmente. ―Harry ―llamó la voz de Hermione, y Harry sintió unas manos zarandearlo. Gimió suavemente, y tomó aire entrecortadamente. Hermione le quitó la botellita antes de que resbalara por su mano inerte, y comenzó a impregnar con ella la herida. Oyó a Hermione decir algo que no entendió, porque sentía que las orejas se le habían llenado de algodón. Harry, sabiendo que estaba a punto de colapsar, despegó los labios. Pese a que su cerebro ordenó agradecerle a Hermione, su voz funcionó por cuenta propia. ―Era inocente ―alcanzó a balbucear. Volteó los ojos, y se desmayó. Resultó ser que el hechizo que Harry había recibido en el hombro era más siniestro que una simple maldición cortante, porque había resultado imposible curarlo con díctamo. Hermione había atado unas vendas firmemente alrededor de la herida, mientras leía con rapidez y frenesí los libros de maldiciones oscuras. La situación empeoró gravemente, aún después de que Hermione sentenciara que la herida estaba destinada a sanar lenta y dolorosamente por su cuenta, porque la cicatriz de Harry logró que su hombro se convirtiera en la menor de sus preocupaciones. Mientras Ron y Hermione luchaban por bajarle la fiebre mientras el moreno se retorcía en la cama, empapado en sudor, balbuceando palabras inentendibles, las visiones centellaban detrás de sus paspados, y la furia de Voldemort le arrancaba de los labios alaridos de dolor, que desesperaban a Ron y a Hermione. ―Te he llamado, Severus ―siseaba la fría y serpentina voz de Voldemort―, porque mucho me temo que han entrado por segunda vez ―remarcó y miró con atención a su vasallo, arrodilladlo frente a él―, a mi bóveda. Snape palideció. ―Se llevaron un antiguo medallón, Severus ―prosiguió Voldemort. Pese a que hablaba con calma, el odio inundó el cuerpo de Harry―, el mismo que yo te pedí que dejaras allí. Y… ¿sabés qué es lo curioso, Severus? ―N-no, mi señor. ―Estaba roto, aún cuando yo te lo di en perfectas condiciones. ¿Puedes explicar eso, Severus? Snape le sostuvo la mirada a los ojos rojos. ―No, mi lord. Voldemort guardó silencio, con la furia formándose dentro de él como un volcán a punto de estallar, escudriñando los ojos de el hombre frente a él. ―Bien ―habló entonces, y Snape no bajó la mirada―, asegúrate que cuando te pida algo, lo hagas con todo el esmero del que seas capaz. ¡Qué no vuelva a suceder, Severus! ―el señor de las tinieblas alzó la voz, y su mano empuñó la varita. Snape cayó de espaldas, retorciéndose de dolor. Voldemort levantó la varita, y con una última mirada de desprecio a su aliado, salió de la habitación, para encerrarse en otra más pequeña y más oscura. Cerró la puerta de un portazo, haciendo resonar claro y retumbante el mensaje de que no quería ser interrumpido. Agitó la varita y los vidrios estallaron. Las paredes vibraron y lord Voldemort dejó escapar un gruñido de furia. ¿Cómo era posible que Potter lo hubiera descubierto? ¿cómo era posible que supiera de eso si nunca se lo había dicho a nadie? Con otro movimiento de la varita, la pared crujió y se desprendió un trozo de revoque, impregnándolo todo de humo blanco. Ese viejo decrepito tenía la culpa. Dumblendore, quien había muerto porque él lo había ordenado, se había encargado de que aún muerto siguiera resultando tan molesto como en vida. Pero si Dumblendore había muerto solo por su orden, el depreciable muchacho encontraría el fin con su propia varita, solo por haber hecho fracasar sus planes. Una pequeña y molesta mosca que aplastaría dolorosamente contra la pared apenas tuviera oportunidad. Voldemort volvió a agitar su varita con rabia, y los cuadros que adornaban las paredes se desprendieron con un siniestro tintineo y cayeron al suelo con estrépito. Debía hablar con el Weasley, el repugnante traidor a la sangre, para saber si era cierto, si Potter había sido más audaz de lo que hubiera creído, y había destruido otros Horrocrux antes. Pero no, eso era imposible… Ya era hora de cambiar de lugar los restantes Horrocrux, pensó Voldemort con una perversa sonrisa curvando los finos labios, y agitando la varita sin tregua. Las cortinas de seda gris se desgarraron y cayeron al suelo. —Mi señor… —¡Avada kedavra! —espetó Voldemort con un movimiento casi perezoso del brazo, y el Mortífago que había osado interrumpirlo, cayó al suelo muerto. Harry abrió los ojos. La repentina y tenue luz lo sorprendió, y se llevó una mano al rostro para protegerse los ojos. —Tranquilo —lo calmó una voz y unas manos lo empujaron contra las almohadas. Harry pestañó. —¿Ron? —balbuceó, presionando la mano contra la cicatriz, intentando enfocar la vista. —Sí, toma —su mejor amigo le dio los anteojos, y Harry se los colocó con manos temblorosas. Se secó el sudor de la frente. Ron estaba sentado a su lado, en la cama inferior de la cucheta—. ¿Te sientes bien? Luces horrible. Hermione fue en busca de más pociones para bajarte la fiebre… —Ron —urgió Harry, apartando las sábanas—. ¿Dónde está mi varita? —gruñó, atropelladamente, poniéndose de pie—. El innombrable cambiará el destino del Horrocrux, Ron, reforzará las defensas y… —¿Qué? Pero… pero qué demonios… ¿Sabes que es el Horrocrux? —urgió su amigo, poniéndose también de pie y observándolo. —¡Es Nagini, Ron, pero cambiará el lugar y la forma! —¿Puede hacer eso? —preguntó Ron asombrado, abriendo mucho los ojos. Harry se puso de pie, revolviendo los cajones en busca de u varita. Llevaba solo unos pantalones, y tenía el torso y los pies desnudos. Una pequeña venda le rodeaba el brazo, pero apenas sentía el escozor. —¡Harry! —el moreno acababa de encontrar su varita, y giró para ver como Hermione entraba en la carpa—. ¿Qué haces fuera de la cama? ¿Estás loco? —le recriminó, empujándolo contra la cama. Había dejado sobre la mesa un montón de objetos que Harry supuso que eran ingredientes para realizar pociones—. Llevamos dos días intentando bajarte la fiebre y tú… —¡Hermione! —la interrumpió Harry, sentándose en la cama. Parecía al borde del colapso nervios—. Cambiará la forma, el lugar y la protección del último Horrocrux, Hermione. La castaña se quedó helada, observando cómo Harry, jadeante, se pasaba la mano por el cabello. Ron y Hermione se miraron. —Pero… ¿estás seguro? Quiero decir… —Cállate, Ron —pidió en voz baja Hermione, sin dejar de mirar a Harry—. Cuanta qué viste —ordenó con firmeza. Harry relató atropelladamente cómo había visto a Voldemort enterarse y sus decisiones. —Ya sé qué debo hacer —afirmó Harry, luego de que su relato dejara tras si un profundo silencio—. Tengo que entrar en la mente del Innombrable y… —Es una locura —lo contradijo Hermione exasperada—. ¡Piensa un poco, Harry! Estás muy alterado como para entrar voluntariamente a la mente del innombrable. Además, me juego cualquier cosa a que él tendrá más cuidado con sus emociones ahora… Se quedaron en silencio. —Harry —dijo Ron repentinamente, y su amigo alzó la cabeza—. ¿Y si usamos Legeremancia? —Claro, Ron, si fuera un experto oclumático entraría sin dudarlo a la mente de… —¡No a su mente, Harry, sino a la tuya! —¿Qué? —saltaron Harry y Hermione al mismo tiempo, mirando al pelirrojo como si hubiera enloquecido. —¡No me miren así! —se exasperó Ron—, cuando Snape invadía tu mente, te quedabas más débil y podías entrar a la mente del innombrable sin problemas… —expuso Ron mirando con ansiedad a su amigo. El silencio se impuso tras sus palabras. —¿Tú…? —Harry tragó saliva—. ¿Tú sabes hacer eso, Hermione? —preguntó suavemente. —Sé la teoría —contestó con un hilo de voz Hermione—. Pero no sé si pueda… —se mordió el labio, nerviosa. —Inténtalo. Por favor, Herms, tenemos que saber dónde va a dejar el Horrocrux. Si lo transforma en otra cosa... —Bien —aceptó Hermione con voz temblorosa. Ron se acercó a Harry con cautela y le sacó la varita. —¡Hey! ¿Qué haces? —Para que no puedas defenderte —se disculpó su amigo con voz seria. Harry asintió, y miró a Hermione. —Cuando tú quieras, Herms —forzó su voz a sonar despreocupada. Hermione asintió con la cabeza y alzó la varita. —A la cuenta de tres, ¿sí? Unos, dos… ¡Legeremens! El hechizo golpeó a Harry, y este sintió una sensación que en otro tiempo había sido horriblemente familiar. Las imágenes centellaron delate de sus ojos. Pero, contrario a lo que sucedía en las clases de Snape, Harry oía lo que decía, y las imágenes tardaban más en desaparecer. Luego de lo que le pareció una eternidad, las imágenes seguían sucediéndose frente a sus ojos. Una escena se detuvo frente a él, y Harry sintió que se le detenía el corazón; La figura de Snape había aparecido frente a sus ojos, y la voz de Dumblendore pronunciaba con claridad: "Tienes que enseñarle ese hechizo, pero no le mientas, dile de verdad sobre qué puede pasar si lo logra hacer. Dile que acabará con la vida de su más poderoso enemigo… y con su vida también…" La imagen se desvaneció con rapidez, y Harry se encontró despatarrado a los pies de la cama, jadeando. Aterrado, con el pánico obstruyendo su garganta, alzó la cabeza. Hermione lo observaba petrificada. —Dime que es mentira —exigió en un hilo de voz—. Dime que no es verdad —ordenó; le temblaban los labios—. ¡Idiota! ¡No puedo creerlo! ¡Harry Potter, eres un imbécil! —Hermione se lanzó hacia el moreno, y comenzó a pegarle. Harry no opuso la menor resistencia. Las lágrimas se desprendían de los ojos de Hermione sin control—. ¡No vas a hacerlo! ¿Me oíste? ¡NO LO HARÁS! ¡Imbécil! ¿Tan poco significamos para ti? ¿Tan poco nos valoras? ¡Te odio, Harry Potter, te odio! Ron, desconcertado, agarró a Hermione entre sus brazos y la alejó de Harry. —¡Suéltame, Ronald, suéltame! ¡Voy a matarte, Harry! —Hermione estaba completamente histérica. Sollozaba sin control, y Ro la sujetaba con fuerza. —¿Qué sucede? ¡HERMIONE! ¿Qué demonios sucede? —cuestionó con dureza. Harry bajó la mirada, incapaz e ver las lágrimas de Hermione. Un nudo en la garganta comenzaba a cortarle la respiración. —¡Va a matarse! —chilló Hermione, luchando contra el agarre de Ron—. ¡Piensa matar al innombrable y matarse a si mismo! —¡Es la única forma, Hermione! —explotó Harry, poniéndose de pie. La súplica en su voz era palpable. —¡No lo es! ¡No puede serlo! —gritó Hermione, y, soltándose de Ron, que estaba muy pálido y había dejado de ejercer fuerza en el agarre de su novia, se acercó a Harry, blandiendo un dedo demasiado tembloroso como para parecer amenazador—. No te me vuelvas a acercar nunca, Potter. ¡Te detesto! —volvió a romper en llanto, y salió de la carpa corriendo… Harry miró a Ron, que se había quedado pasmado con una mueca de horror en el rostro. —Ya… ya vengo —masculló, y salió corriendo detrás de Hermione. Llovía. Las gruesas gotas caían en la tierra humedeciéndola. Hermione estaba sentada a la sombra de un árbol, con la cabeza hundida entre los brazos. Harry se acercó cauteloso, y se sentó a su lado. —Vete —gimió ella, sin levantar la cabeza. Harry guardo silencio. —Hermione… por favor escuchame… —Vete. —Vas a escucharme así tenga que hablar solo —susurró Harry, y dirigió su vista al frente, viendo como las gotas resbalaban por sobre las hojas del árbol—. Cuando era pequeño —comenzó con suavidad, mirando como la gota se desprendía y caía en el cabello de Hermione—, los Dursley, lejos de tratarme como un hijo, me trataban como si no fuera más que una carga. Había muchas noches en las que me dormía pensando en qué había hecho yo de malo para merecer su odio —hizo una pausa y torció una sonrisa—. Y entonces llegué a Hogwarts. Me enteré de que era mago y los conocí a ustedes. Me cambiaron la vida, Hermione. Así que no puedes estar más equivocada cuando dices que yo no los quiero. Los adoro más que a mi propia vida, Herms. —Lo cual no es mucho —gruñó Hermione con la voz ahogada. Harry no puedo evitar una sonrisa. —Y creo que sí lo es —afirmó—. Los que tenemos complejo de héroe también tenemos sueños —volvió a sonreír—. Y yo sueño con… —se le ahogó la voz. Tragó saliva y tomó aire profundamente—, con crecer. Formar una familia, tener hijos y muchos nietos… Ser feliz —se encogió de hombros, profundamente ruborizado—. Pero me contento sabiendo que gracias a mí otros sí podrán cumplir sus sueños. Porque los amo —se le apagó la voz, y el color de su rostro brilló en medio de la lluvia—, y lo daría todo por ustedes. —Eres la persona —Hermione levantó el rostro y se secó las lágrimas que caían una tras otra por sus mejillas—, más tonta, desinteresada y noble que conocí en mi vida —volvió a limpiarse las lágrimas. Harry rodeó a Hermione con los brazos, y ella se aferró a su abrazo con deliberada fuerza. Apretando los labios para no dejar escapar las lágrimas, murmuró palabras de consuelo al oído de Hermione cuando su amiga apoyó su cabeza en su hombro. —Es un hechizo de magia antigua —dijo de pronto la castaña, separándose y mirándolo—. E incluye a tu núcleo mágico, ¿no? Sí sueltas el hechizo antes de que toque el núcleo hay posibilidades de que no sufra daño, pero sino… —tragó saliva—. Una vez que toqué el núcleo nada podrá detenerlo. Promete que no… que detendrás el hechizo cuando… —Prometo hacer todo lo que pueda —sonrió tristemente Harry. Pero la sonrisa se congeló en sus labios segundos después, porque una punzada en la frente lo atravesó por completo. Los ojos se le pusieron en blanco, y se sumió en la inconsciencia. ¡Hola a todos! Guarden esos palos, por favor. Sí, las varitas también. ¡Abajo todo! Sé que no publico hace una eternidad, y realmente no tengo excusa. Podría decir que tuve un montón de preocupaciones todas juntas, pero aún así eso no acabaría por justificar. Puedo decir, en mi defensa, que este capítulo costó un montón, porque es esencial en la trama. Nos acercamos al final, y se me hace un nudito en la garganta (?). Efectivamente, en el próximo capítulo estalla la guerra… ¡Qué nervios! Espero que nos veamos pronto, o al menos que la espera no se alargue tanto como esta vez. ¡Un abrazo a todos! Espero reviews, que son tan hermosos y tan gratificantes… jajaj. Cam
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